“Recibir con alegría el don que Jesucristo nos hace de Su Espíritu”

Homilía en la celebración del Sacramento de la Confirmación, en la S.I Catedral el 18 de mayo de 2021.

Queridos hijos:

Dejadme llamaros así puesto que a través del Sacramento de la Confirmación os voy a comunicar y voy a dar la vida de Dios, que es lo que significa el Espíritu Santo, el Espíritu del Hijo de Dios y del Padre, que los une a ellos y que quiere que nosotros participemos de esa unión y de esa vida divina que es la vida eterna.

El Evangelio de hoy nos decía el Señor: “Esta es la vida eterna: que Te conozcan a Ti, único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo”. La vida eterna es algo que está, seguramente no con esas palabras, pero que está en el corazón y en los anhelos de todos. Todos deseamos, no que esta vida se prolongue eternamente, porque –veréis- también esta vida tiene su parte de fatiga, de peso, de dolor, sino una vida que cumpla realmente todos los anhelos de nuestro corazón, todos los deseos buenos que hay en nuestro corazón y que son ya don del Señor, y es Él quien nos pone en ese corazón nuestro, es Él quien nos ha creado para Él. Y nada de lo que hay en esta vida nos dará una satisfacción plena y duradera, porque, como decía san Agustín, “nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en Ti”.

Ese descanso, que no es un descanso de inactividad, es un descanso de plenitud de vida, de plenitud de cumplimiento, de amor sobre todo, porque en Jesucristo y gracias a Jesucristo hemos conocido que Dios es Amor. Eso es lo que realmente anhela nuestro corazón. Detrás de todos nuestros deseos –más o menos pequeños-, desde el sacar una nota estupenda en ciencias sociales, o en matemáticas, en inglés, hasta sacar una carrera, fundar una familia; todos esos deseos que hay en nosotros, que puede haber en nosotros, y otros, son expresión de ese gran deseo de plenitud que nos constituye. De hecho, eso es lo que nos hace ser seres humanos. Y eso es lo que nos hace también decepcionarnos cuando vemos que la vida no cumple –por así decir- una especie de promesa que intuimos que debería cumplir, porque sólo Dios puede cumplir el anhelo profundo de nuestro corazón.

“Esta es la vida eterna, que Te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a Tu enviado, Jesucristo”. De hecho, Jesucristo –decía la última monición-, que es un bien seguir a Jesucristo, seguirle con alegría y con brío, claro que es un bien muy grande; pero es muy importante que sepáis que antes que nada de lo que vosotros podáis hacer por el Señor, es el Señor quien lo ha hecho todo por vosotros. Cuando también el Evangelio de hoy decía “Glorifícame Padre”, “glorifica a Tu hijo”, esta refiriéndose a la cruz. Y la cruz es el signo más grande del amor infinito de Dios por todos nosotros, por cada uno de nosotros. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a Su propio Hijo”, “no ha venido Jesús para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él, por el conocimiento y por la experiencia de Su amor” y “no hay amor más grande que el dar la vida por aquellos a los que uno ama”. El Señor ha entregado Su vida por nosotros. Es algo que sucedió hace dos mil años, pero el amor de Dios no es una cosa de un momento o de un tiempo, de una circunstancia particular. El amor de Dios, como la vida que Dios nos promete y que Dios nos ofrece es eterna. Eso quiere decir que el Señor os ama a cada uno de vosotros, os ha querido desde antes de la creación del mundo, desde toda la eternidad.

Y dices, bueno, ¿y por qué no vino al principio del mundo y nos salvó desde el principio? Porque era necesario educar a un pueblo; que los hombres entendiéramos algo de ese amor de Dios y cómo Dios no corre más que nuestra libertad, sino que respeta exquisitamente los pasos que nosotros vamos dando, como una madre enseña a su hijo a andar y no le pide que haga más de lo que puede hacer. Desde Abraham hasta la Virgen María, hasta la Madre de Jesús, han pasado 1800 años en los que se ha ido purificando la idea que los hombres se hacían de Dios: desde percibirlo simplemente como un poder extraordinario, hasta descubrir que Dios es amor y misericordia. Y poder entender, entonces, la Encarnación del Hijo de Dios, poder asomarnos –por lo menos- a ese gran don que es que el Hijo de Dios se haya hecho hombre y haya derramado Su sangre por nuestra vida. Para que nosotros podamos vivir en la libertad de los hijos de Dios.

En ese contexto se sitúan los Sacramentos de la Iglesia, todos ellos. Los Sacramentos no son cosas que nosotros hacemos por Dios. No son un rito que nosotros hacemos  para tener contento a Dios o para que esté más contento con nosotros o para, sencillamente, obedecer un mandato del Señor. Los Sacramentos son dones que Dios nos hace siempre de Su vida, porque Dios no nos da cosas, Dios Se nos da Él mismo, es Él quien Se nos da. Se nos ha dado a todos en la cruz. Pero nosotros empezamos a recibir ese don en el momento en que nos bautizamos. Y como hemos crecido en un país de Tradición cristiana, nos bautizamos normalmente de niños, y por lo tanto habéis recibido ese don del amor de Jesucristo y de la Alianza que suponía la Encarnación, la Pasión, y el Misterio Pascual de Cristo casi en el momento de nacer. Pero, en ese momento, no os dabais cuenta de lo que significaba y la Iglesia retrasa para un momento posterior la Confirmación en la que Jesucristo es quien confirma esa alianza de amistad y de amor con los hombres que hizo en la cruz. Es Jesucristo quien confirma. En la Confirmación es Jesucristo quien confirma esa Alianza de amor que hizo en la cruz y que se renueva hoy para vosotros a través de los gestos pequeños del Sacramento de la Confirmación.

Por lo tanto, todo el significado de esta tarde no es algo que vosotros hacéis por Dios, es algo que Dios hace por vosotros. Y lo que hace es darSe a vosotros. DarSe a vosotros como se dio en la cruz, y como se ha dado ya en el Bautismo, pero de una manera plena, y de una manera como Dios hace las cosas: incondicional. De tal manera que Dios sabe si a lo largo de vuestra vida vosotros conservaréis la certeza de que el Señor está con vosotros y en vosotros; de que os acompaña, de que Su amistad es una amistad fiel que Él no va a romper nunca. A lo mejor os olvidáis, a lo mejor mil cosas de la vida os pueden distraer y dais la espalda al Señor, pero yo os puedo jurar que nunca el Señor os dará la espalda a vosotros. Y eso es la fuente y el origen de una alegría que nada de este mundo puede empañar. Porque por muy lejos que os fuerais del Señor, bastaría un grito del corazón, bastaría una súplica desde el fondo de vuestra alma y volveríais a experimentar que el Señor os quiere y está con vosotros como el primer día de la Creación, como si nada hubiera sucedido. Porque Dios es Amor, no puede dejar de ser fiel a la Alianza que hoy vosotros acogéis libremente, a una edad en la que podéis daros cuenta lo que significa esa Alianza por parte de Dios. Significa que Dios quiere acompañaros en el camino de la vida, que no estáis solos. Os vais a sentir solos. A lo mejor os sentís ya solos a veces, ya sois pequeños adultos, ante el drama de la vida, ante el drama de nuestras relaciones humanas –que muchas veces no son sencillas y pueden ser muy conflictivas- y, sin embargo, lo que yo os prometo es que el Señor nunca dejará de estar a vuestro lado, de ser cómplice de vuestra felicidad. Nunca dejará de quereros.

Esa es la alegría de esta tarde, su significado, y eso es algo muy, muy grande. Y ojalá podáis experimentarlo, no sólo esta tarde como una emoción, sino que podáis experimentarlo verificándolo a lo largo del camino de vuestra vida. Yo os lo deseo con toda mi alma y quienes os acompañamos aquí os lo deseamos también, porque no hay tesoro más grande que haber conocido a Dios y a Jesucristo, Su Hijo. Y  vivir de esa vida de Jesucristo. De todo lo demás se puede prescindir. Fijaros, hasta la salud, un día tendremos que prescindir de la salud todos. Como dice un Salmo: “Tu Gracia vale más que la vida. Si te tengo a Ti Señor, lo tengo todo. Si me faltas Tú, aunque lo tenga todo, no vale nada”.

Hay una película clásica que, seguramente, los que os vais a confirmar no habréis visto, pero que es una de las grandes películas de la historia del cine. Muchas veces ha sido considerada la mejor película de la historia del cine, la más grande, de hace muchos años, en blanco y negro, que se llama “Ciudadano Kane”. Y aunque no aparece la palabra Dios en la película, hay un comentario precioso a un hombre que lo tuvo todo en este mundo y lo perdió todo. Es el mejor comentario que yo conozco a una frase de uno de los Evangelios: “¿De qué le sirve al hombre el mundo entero si pierde o malogra su alma, su vida?”. Charles Foster Kane lo tuvo todo y lo único que hubiera gustado conservar era una cierta alegría que tenía en su infancia y que no pudo conservar, porque todo lo demás lo perdió.

Vuelvo al comienzo. Esta es la vida eterna. El Señor nos ha prometido y yo puedo dar testimonio de que Dios es fiel, nos da la posibilidad de experimentar ya, aquí, el comienzo de esa vida eterna en medio de un mundo de pecado, miserable, mezquino, absurdo en tantas ocasiones y en tantas cosas. Y, sin embargo, cuando uno tiene experiencia del amor de Dios en Cristo; cuando uno tiene experiencia de la vida y de la novedad que Cristo significa en la vida, no falta nunca la alegría, no falta nunca la misericordia, el perdón, no falta nunca la esperanza. Eso que es la Gracia. Lo que decía el salmista: “Tu Gracia vale más que la vida”, porque la vida entera sin Ti no vale gran cosa. En cambio, si te tengo a Ti lo tengo todo, y lo tengo para siempre.

Vamos a vivir, pues, el momento del Sacramento de la Confirmación. Os recomiendo que alguna vez en vuestra vida veáis esa película y os acordéis un poco de su significado profundo en el misterio de una vida que lo consiguió todo y en el fondo nunca pudo ser feliz. Es el drama de nuestro mundo expresado en la vida de ese hombre. Es un precioso comentario al Evangelio y vamos a recibir con alegría el don que Jesucristo nos hace de Su Espíritu, de Su vida, para que podamos vivir en la libertad de los hijos de Dios.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada
18 de mayo de 2021
S.I Catedral de Granada

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