“Que el Señor nos conceda vivir de Cristo”

Homilía en la Misa del jueves de la IV semana del Tiempo Ordinario, el 4 de febrero de 2021.

Vamos a hacer lo que hemos dicho en el Salmo que hacíamos: meditar Tu Misericordia en medio de Tu templo.

Quienes estamos aquí, en el templo del Señor, y quienes se unen a nosotros desde la televisión, convirtiendo el lugar en donde están en un templo donde meditamos la misericordia del Señor.

De esa misericordia nos habla muy explícitamente la Carta a los Hebreos, que compara la Alianza del Sinaí con todos los signos grandes que le acompañaron, que, si os fijáis un poquito, son los signos de un volcán. El fuego tangible y encendido, los densos nubarrones en medio de la tormenta, el estruendo de las palabras. El Sinaí no es un volcán, pero los israelitas, que contaban la historia del Sinaí durante siglos, sí que estaban acostumbrados a ver volcanes al otro lado del Mar Rojo, en Arabia. Y describe aquella Alianza como una cosa terrible, un volcán tremendo. Sin embargo, el autor de la Carta a los Hebreos -que está siempre comparando la Antigua Alianza de la que sentían nostalgia aquel grupo de sacerdotes, probablemente de Jerusalén, que se habían hecho cristianos y comparaban el templo de Jerusalén con la pobreza de las Eucaristías, normalmente en una casa, en aquel momento- dice: “Vosotros, en cambio, os habéis acercado al Monte Sion (que, comparado con el Sinaí, es un monte muy chiquitito, una especie de colina casi imperceptible como montaña, porque está rodeado de dos arroyos; parece un monte pero no lo es siquiera, el monte del templo es más alto que el monte Sion y comparado con el Sinaí no es nada), ciudad del Dios vivo, Jerusalén del Cielo, miríadas de ángeles, a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el Cielo, a las almas de los justos que han llegado a la perfección y al mediador de una Alianza (Jesús) y a la aspersión purificadora de una sangre, la sangre de Jesús, que habla mejor que la de Abel”. La alusión aquí es que la sangre de Abel estaría gritándole a Dios por toda la eternidad, clamando justicia por su asesinato por obra de su hermano Caín. Pero, tomar conciencia de que a nosotros nos ha sido dado el pertenecer a esta nueva sociedad, que no es el pueblo nacido de la Antigua Alianza, sino que es el Pueblo nacido de la Sangre de Cristo, del costado abierto de Cristo, de donde brotó, con el agua y la sangre, los Sacramentos de la Iglesia y de donde ha nacido un pueblo nuevo hecho de todos los pueblos. Jerusalén del Cielo. Esa es nuestra patria, esa es nuestra nación, ese es nuestro hogar, nuestra familia.

Por supuesto que tenemos una familia en este mundo y tenemos un hogar en este mundo y, si queréis, una nación y una patria en este mundo. Digo “patria” y no “Estado”, porque el Estado es un concepto abstracto, típicamente moderno, que ha querido sustituir el sentido de patria pero que no tiene ningún contenido religioso ni puede aspirar más que a una obediencia formal, impuesta mediante sus leyes, mientras que la patria es algo amable porque es una comunidad humana. ¿Cuál es nuestra patria? La Iglesia. ¿Cuál es nuestra nación? La iglesia. ¿Cuál es nuestra familia? La Iglesia. ¿Recordáis a Jesús diciendo “el que hace la Voluntad de Dios ése es mi hermano”? Yo sé que esa ciudad resplandecerá brillante al final de los tiempos, pero ya pertenecemos a ella, ya estamos en ella, ya vivimos en ella, ya es el Señor quien verdaderamente enjuga las lágrimas de nuestros ojos. Si no conociéramos al Señor, las lágrimas humanas no tendrían fin, ni consuelo. Aunque sería absurdo también el llorar, porque si no esperamos nada, ¿qué sentido tiene sufrir?, ¿qué sentido tiene llorar? Ninguno. Pero como lloramos… Quienes hemos conocido al Señor sabemos que el Señor enjuga, alivia nuestros dolores, cura las heridas de nuestros pecados, que son las importantes, que son las que verdaderamente nos hacen daño, y alivia todas las heridas de este mundo, porque son pasajeras. Sencillamente, son pasajeras.

Que el Señor nos fortalezca en la fe y en la esperanza. Yo sé que necesitamos mucho esta fortaleza en este tiempo de dificultad, cada uno a su manera. Cada uno con sus circunstancias concretas y precisas. Pero necesitamos sentir más que nunca que el Señor nos conceda la gracia de multiplicar los signos de su presencia en medio de nosotros, para que no se debilite nuestra fe, para que no se debilite nuestra esperanza y para que no se debilite nuestro amor. Nuestro amor a Dios y a los hermanos, en un único movimiento. Porque no son dos amores entre los que está nuestro corazón dividido, sino el mismo amor.

Que el Señor nos conceda vivir de Cristo, en definitiva, que eso es de lo que estamos hablando.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

4 de febrero de 2021

Iglesia parroquial Sagrario-Catedral

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