“Que el Espíritu Santo nos permita verdaderamente confesar a Jesucristo”

Homilía en la Eucaristía del inicio del curso de la Facultad de Teología de Granada, el 22 de septiembre de 2021.

Muy querida Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo (reunidos aquí en una pequeña comunidad, hoy, para inaugurar el curo en la Facultad de Teología);

muy querido padre Gonzalo;

sacerdotes concelebrantes;

autoridades académicas de la Facultad y de la Universidad Loyola;

queridos hermanos y amigos:

Celebrar un comienzo de curso es siempre una ocasión de gozo. Y celebrarlo en este año, en estas circunstancias, después del año y medio o casi dos años que llevamos de una dificultad no pequeña y, además, que ha afectado al mundo entero, pues también es una singular ocasión de gozo y de acción de gracias. La verdad es que los cristianos, siempre que nos reunimos, al menos en lo que es el centro de nuestra vida cristiana, que es la Eucaristía, nos reunimos para dar gracias y lo decimos expresamente justo en el comienzo de la oración más importante de la Iglesia, que es la Plegaria eucarística: “Es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darTe gracias, siempre y en todo lugar”.

Y el motivo de esa acción de gracias al final es siempre Jesucristo. Jesucristo, que viene a nosotros, en cada Eucaristía; que acontece de nuevo en todo Su Misterio: Encarnación, Pasión, triunfo sobre la muerte. No tendría la Eucaristía ningún sentido si no se hubiera dado ese triunfo y donde el Espíritu Santo, todo ello misteriosamente unido en un solo don, que se hace uno con nosotros y que, por el Espíritu Santo, vivifica nuestras vidas y las hace fecundas, y llamadas a florecer y a fructificar, para gloria de Dios y para esperanza de esta humanidad (…).

De la pandemia, muchas veces me ha venido a mí un texto de san Efrén y me ha venido especialmente en esta semana, pensando en esta Eucaristía, y no quiero dejar de hacer referencia a él. Es un himno del tiempo pascual, quizás de los más bellos. No me atrevería yo a ser juez de un Doctor de la Iglesia, pero es uno de los más bellos, al menos de los que a mí más me dicen. Celebra la Creación y la nueva Creación en Cristo. La celebra con la llegada de la luz del mes de nisán, donde la luz prevalece sobre las tinieblas. Lo celebra recordando las flores. Las flores parece que en el siglo IV en Mesopotamia eran el símbolo fundamental de la Pascua, y particularmente las coronas de flores, que era algo tomado de la liturgia nupcial pero que se había convertido también en signo fundamental del pueblo cristiano en la Pascua, puesto que era la consumación de la unión esponsal de Cristo con su Iglesia. Uno lo va leyendo y va diciendo “Dios mío, qué explosión de alegría, qué explosión de gozo”, hasta que llega a la última estrofa y, en la última estrofa, san Efrén dice: “Concédenos, Señor, que al año que viene podamos celebrar la Pascua, no como este año, con nuestras iglesias quemadas, con los hijos e hijas de la Alianza asesinados (los hijos e hijas de la Alianza son el equivalente a lo que después ha sido la vida religiosa), y que podamos cantarte con todo corazón, con todas nuestras fuerzas, himnos al hombre y a Tu gloria, y que podamos tejerte una corona de flores cada día más grande”.

Dios mío, esto no era una pandemia. Era una Iglesia verdaderamente arrasada. Y si no es por esas cinco últimas líneas, no te enteras. Por la sencilla razón de que el gozo, la certeza, la esperanza que nace de Jesucristo inunda la vida y aquel Pueblo cristiano. Y yo decía: qué frágiles somos nosotros comparados con ellos. No hemos tenido iglesias quemadas… lo cual no significa que no sintamos con un dolor muy grande de las personas que se nos han ido, el dolor de las familias, todas las heridas, corporales y espirituales que se han dado en este tiempo, que se dan, que las vemos, todo el miedo de la gente, la depresión social generada no sólo por la falta de trabajo, por la falta de medios, sino también por una especie de acoso mediático al ser humano y de la conciencia de que uno es una realidad muy pequeña en una desgracia o en una realidad que afecta a todo el mundo.

Encima, en estos últimos días, el ejemplo y la realidad de la erupción del volcán nos hace también conscientes de muchas cosas. Puede parecer que empezar un curso en una Facultad de Teología, en un contexto así, es un lujo. Un verdadero lujo, y en cierto sentido lo es. Pero, como si fuera un lujo que no da respuesta inmediata a la realidad de la pandemia, a la preocupación de un mundo tan socialmente inestable como el que vivimos. Yo, la palabra lujo, que viene muy espontáneamente a la mente o a la boca, no me parecería justa. Es un don inmenso que tiene algo de elección, que eso sí es una categoría de la historia de la Salvación.

El Señor nos da ser testigos de su historia de Salvación y nos da la posibilidad, en el estudio de la teología, de profundizar en esa historia, de apropiarnos personalmente y comunitariamente cada uno, más y más, esa historia de Salvación, para poder seguir siendo una bandera discutida en las naciones. Discutida por algunos, pero portadora al mismo tiempo de esperanza, de la única esperanza sólida para el mundo, porque la esperanza verdadera no está en las vacunas, no está en la salud. A mí, cada vez que alguien me dice “que tengamos salud, que es lo más importante”, siempre corrijo con todo el cariño del que soy capaz: “Bueno, después de la Gracia de Dios. Que tengamos Gracia de Dios y salud”. Y mucha gente se da cuenta y lo reconoce. Nosotros tenemos el privilegio de sumergirnos en este tiempo en la historia de la Salvación, de apropiarnos de esa historia, de hacerla nuestra y no para nosotros, no como un beneficio para nosotros, porque eso sería una mentalidad por una parte muy de la cultura de apropiarse y de ser uno el centro de todo, de adueñarse. La cultura de la acumulación. No. Nosotros nos apropiamos de algo que compartimos, para dar; para dar a todas horas y de la manera que podamos en todas las circunstancias, para que se multiplique el número de los que dan gracias, de los que, en medio de una desgracia inmensa, pueden seguir coronándose de flores y cantando la alegría del triunfo de Jesucristo, del triunfo del amor de Jesucristo sobre todos los males y las miserias del mundo, sobre todos los pecados del mundo, empezando por los de cada uno de nosotros.

Yo eso es lo que Le pido al Señor al comienzo de este curso: que el Espíritu Santo nos permita verdaderamente confesar a Jesucristo. Ni siquiera el hecho de decir “Jesús es Señor”, que era como el primer símbolo de la Iglesia cristiana, el primer Credo de la Iglesia cristiana, es posible decirlo sin que el Espíritu Santo trabaje en nuestro corazón. Pues que trabaje en este año intensamente en nuestro corazón y que nos permita a cada uno florecer en nuestra vocación particular, en nuestra comunidad particular, en nuestra vocación especial dentro de la vocación única de la Iglesia que es mostrar el rostro y el amor de Jesucristo de Dios a los hombres.

La Lectura Primera que hemos hecho nos recuerda yo creo que una palabra que en estos momentos también el Santo Padre nos llama. Nos ha llamado a una conversión misionera y a ella me refería cuando decía cuál es el trabajo profundo de un curso de Teología. Nos llama en estos momentos a toda la Iglesia a algo que ha tenido un nombre -“Eclesiología de comunión”-, pero que el Papa le da siempre un poco más de cuerpo, o que podemos entender siempre de una manera un tanto espiritualista, al hablar de sinodalidad: “Hacer el camino juntos”. Tantas veces no sabemos. También hace falta el Espíritu Santo para que podamos hacer camino juntos. Hasta en la misma comunidad, hasta en la misma familia, para que un hombre y una mujer que se han prometido amor y fidelidad para siempre puedan hacer el camino juntos y no sean dos cápsulas físicamente juntas una a la otra, o para que no sea una soledad compartida o un infierno compartido, hace falta la Gracia de Dios, nos hace falta el Espíritu Santo de Dios, para que aprendamos. Nos da el Santo Padre dos años para que podamos aprender pobremente a trabajar en esa dirección.

Yo puedo decir, como experiencia en mi vida, que siempre que he tenido una experiencia de comunión, el Señor la bendice. Y siempre que me he alejado yo mismo o yo he visto cómo se quiebra o se rompe la comunión, el Señor nos empobrece. Hoy no sólo las Lecturas, sino también la Iglesia, nos orienta en esta dirección.

Que el Señor nos dé sabiduría; que nos dé la prudencia necesaria; que nos dé la fortaleza necesaria, la honestidad necesaria también para caminar en esta dirección lo más posible. ¿Para qué? ¿Para que crezcan nuestras instituciones, para que sean más poderosas, para que tengan más influencia? No, para que se multiplique el número de los que dan gracias a Dios; que crezca más la esperanza en Jesucristo, para que la Iglesia sea menos un escándalo y menos un obstáculo a ese amor y a esa acción de gracias; para que podamos, al año que viene, tener una corona mucho más grande y cantemos unos himnos mucho más bellos, llenos de alegría, a Cristo, centro de la Creación y de la Historia, y única esperanza del mundo.

Así sea, lo pido para cada uno de vosotros, para mí y para todos los que trabajan conmigo. Quiera el Señor concedérnoslo.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

22 de septiembre de 2021
Iglesia del monasterio de La Cartuja

Palabras finales:

Con la conciencia de venir a inaugurar el curso de la Facultad de Teología, y esa preocupación inmediata, no era consciente de que no estábamos inaugurando sólo un curso en la Facultad, sino hablando de la Universidad Loyola, y al mismo tiempo, a la sombra de un centenario de una de la figuras más grandes de la Iglesia y de la Iglesia moderna, en particular, del Centenario que estamos, en el contexto de su celebración del V centenario de San Ignacio de Loyola. Ojalá la modernidad hubiera seguido a san Ignacio, y no a Suárez, con perdón. Y tal vez, la tarea de los hijos de san Ignacio, en estos momentos, es salir del peso rutinario de la herencia de Suárez y recuperar la frescura y la pasión de un san Ignacio. Pero eso me mete en unos terrenos pantanosos, al menos para mí, pero lo digo como lo siento. Y con amor a la herencia de san Ignacio, no me duelen prendas de decirlo, pero, efectivamente, nos da también la oportunidad en estas circunstancias de retomar cosas (…). ¡Ojalá! Probablemente, estábamos mucho más en consonancia con el sentir de la Iglesia o con lo que el mundo necesita hoy que si eso lo olvidamos…. Pero somos un desastre y lo digo ahora porque es cuando me he dado cuenta que he tenido que decirlo.

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