“Para que resplandezca en nosotros la belleza de Tu Gloria”

Homilía en la Santa Misa del lunes de la XXX semana del Tiempo Ordinario, el 26 de octubre de 2020. En el verso del Aleluya Le pedíamos al Señor “que nos santificara en la verdad, después de recordar que Su Palabra es Verdad”. Y Su Palabra es Verdad, pero necesitamos esa súplica. Señor, santifícanos en la verdad que contiene Tu Palabra, en la verdad que contiene acerca de Ti y que contiene acerca de nosotros, de todos nosotros.

Cuando uno lee este pasaje de Efesios, que hemos escuchado como Primera Lectura, uno se da cuenta de que hay ahí todo un programa de vida. Lo releo, porque me parece que vale la pena fijarse en él y, si tenéis algún momento durante el día para saborearlo, saboreadlo porque vale la pena: “Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Luego, sed imitadores de Dios”. ¡Ahí es nada! ¡Imitad a Dios! Señor, podías ponernos un modelo de imitación más accesible, más sencillo, pero no, “imitadores de Dios”. Y “vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios, como oblación y víctima de suave olor”.

No voy a seguir con los detalles de cuántas cosas que quedan fuera en el momento que uno vive imitando a Dios, nada menos. Dice: “Antes eráis tinieblas, pero ahora sois luz por el Señor”. ¿Qué significa eso? Que este programa de vida, de vivir en el amor y en el perdón, y de vivir en la vida de los hijos de Dios, porque el motivo que da para imitar a Dios es “como hijos queridos”, “ser imitadores de Dios como hijos queridos”… Antes éramos tinieblas y en parte lo seguimos siendo, porque no podemos presumir que nuestra vida sea un reflejo constante del Dios que es Amor, del Dios que es Misericordia y Perdón. No, no lo es. Es más, seguramente nos parece inalcanzable el objetivo, como cuando el Evangelio dice: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es Perfecto”. Eso está por encima de nuestras capacidades y por encima de nuestras posibilidades. O cuando nos dice los dos primeros mandamientos. Son dos mandamientos que ayer nos recordaba la Palabra de Dios. “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con todas tus fuerzas, con toda tu mente, con todo tu ser”. ¡Qué fuerte! ¿Cómo, nosotros, pequeños, frágiles, que hasta una enfermedad o el miedo a una enfermedad nos asusta y nos empequeñece, podemos vivir de semejante manera? El Evangelio nos da una clave. Es decir, hay que pedírselo al Señor. Y yo diría que “Señor, igual que con esta mujer, ella no te lo pidió”. Ella estaba en la sinagoga, o fuera de la sinagoga, y al salir de la sinagoga el sábado después de haber hecho Tú el servicio en ella, te la encontraste; pero no dice que ella te pidiera el que la curaras. Tú tuviste misericordia de ella y te adelantaste a curarla. Si tenía que vivir encorvada, sin duda la humillaba, la hacía sentirse despreciable, la hacía sentirse mal y Tú quisiste liberar a esta hija de Abraham.

Señor, nosotros, que somos tus hijos, que tantas cosas nos preocupan indebidamente, nos oprimen, en definitiva, y que vivimos encorvados mirando a la tierra, más que mirándote a Ti, y el horizonte que Tú abres para nosotros, que Tú eres para nosotros, que Tú nos ofreces, que Tú nos das; la vida que Tú nos das, que nos vuelves a dar en esta Eucaristía, sin que lo merezcamos; ten misericordia de nosotros, levántanos, libéranos de todo aquello que nos empequeñece y nos oprime, para que podamos vivir como hijos de Dios, como hijos queridos de Dios, como hijos tuyos. Caminando en esa verdad en la que Te suplicamos que nos santifiques. La santidad es la característica de Dios, lo que distingue a Dios de las criaturas. Cuando Le pedimos al Señor que nos santifique o que nos haga partícipes es pedirLe que nos introduzca en Su vida divina, que nos haga semejantes a Él.

Señor, Tu Palabra, Cristo, es Tu Palabra, es la Verdad. Santifícanos en Él. Haz que salga a nuestro encuentro y que haga posible lo que para nuestra pobreza y nuestra indigencia no es posible.

No se os oculta nadie, por lo menos para aquellos que nos seguís desde Granada, un nuevo periodo de dificultades añadidas con el confinamiento en Granada y en tantos municipios del área metropolitana. De nuevo, Señor, que estas circunstancias no sean un obstáculo para que caminemos en la verdad, para que caminemos en Tu Hijo; para que resplandezca en nosotros la belleza de Tu Gloria, la belleza de Tu Santidad, la Gloria de Tu Santidad.

Que así sea para todos.

Que pidamos con humildad este don, que el Señor no nos lo negará.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

26 de octubre de 2020

S.I Catedral de Granada

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