“Los mártires son una forma especialmente significativa de la fidelidad de Cristo”

Homilía en la Misa en la Abadía del Sacromonte, en la celebración diocesana de la memoria de los mártires de España del siglo XX.

Muy queridos hermanos sacerdotes;

queridos hijos, amigos (también los que se unen a esta celebración a través de la televisión diocesana, y especialmente los que estéis luchando con la enfermedad, o veáis sobre vosotros el temor; el temor que produce en tantas personas, aunque no estén enfermas, la pandemia que vivimos):

Si estuviéramos celebrando la Misa Crismal, yo subrayaría que la Misa Crismal es como una especie de anticipo de la noche de la vigilia pascual, en el sentido de que es la Eucaristía en la que celebramos los frutos de la muerte de Cristo, sobre todo en el Sacramento del Bautismo, la Eucaristía, la Confirmación, la Unción a los enfermos, y también el Sacerdocio, que está vinculada especialmente a esos Sacramentos.

La renovación de las promesas sacerdotales tendría justamente ese sentido de recordar que sin el sacerdocio (que es la prolongación histórica, carnal, humana, del mismo Jesús en medio de la Iglesia y en medio del mundo), no habría Eucaristía, no habría Perdón de los pecados, no habría Bautismo. No existiría el matrimonio cristiano, en realidad. Y no nos acercaríamos a la muerte con la certeza y el gozo de experimentar la comunión de los santos mediante el viático o mediante la comunión, y mediante el Sacramento de la Unción de los enfermos.

Pero celebrar los mártires es celebrar de otra manera exactamente lo mismo. Porque los mártires son una forma especialmente significativa, especialmente expresiva de la fecundidad de la permanencia, de la fidelidad de Cristo. Es curioso que en nuestra experiencia cristiana en la vida de la Iglesia, la cumbre de la Encarnación, el momento culminante del Ministerio de Jesús es su Pasión y su muerte. Pero su Pasión y su muerte no serían nada sin la luz de la mañana de Pascua. Porque Cristo ha resucitado comprendemos que sus palabras, sus enseñanzas, sus gestos y su enseñanza también en la noche de la despedida y de la Última Cena tienen un sentido que permanece a lo largo de los siglos. Es una palabra viva que se dirige a nosotros, constantemente y que ilumina nuestras vidas. La vida de Cristo, la vida de Jesús es el centro -como decía san Juan Pablo II-, el centro del cosmos y de la historia. Es la plenitud de la Creación. Es la meta y el centro de la vida humana, de nuestra vida humana, de la de cada uno de nosotros. Es el corazón del mundo y el corazón de la Iglesia realmente.

Recordar a los mártires, recordar que el comienzo de nuestra fe está ligada a un martirio. No olvidemos que la palabra “martirio” significa testimonio. Un martirio especial es el testimonio de la Verdad que dio Jesús. No de unas verdades, o de unas creencias, sino el testimonio de quién era Él, el testimonio de Su relación con el Padre, única, que hizo que “por celo por la Ley”, no por envidia como se suele traducir, sino “por celo por la Ley”, tuviera que ser condenado a muerte. Y lo fue por el Sanedrín, y por blasfemia. Aunque tuvieran que ser las autoridades civiles romanas las que ejecutaran eso, porque, como dicen los judíos en el Evangelio de San Juan, “a nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie”. Entonces, hubo que “amañar” -por así decir- esa especie de condena, esa condena a muerte por obra del procurador romano, de Pilatos. Pero eso es el testimonio de Jesús. Es decir: “¿Quién eres Tú? ‘Yo os digo que veréis al Hijo del hombre venir con las nubes del cielo’. ¿Eres Tú el Mesías? ‘Tú lo has dicho’”.

Ese es el testimonio de Jesús que paga con Su sangre nuestra redención y, al mismo tiempo, la expresión de la Verdad de Su relación con el Padre, y la condición de que nosotros podamos vivir como hijos de Dios, tras la experiencia de Su triunfo y de la permanencia de Su Espíritu en la Iglesia. Por eso, celebrar a los mártires es celebrar el modo más verdadero, más auténtico en el que la Presencia de Cristo se hace pedagógicamente accesible. La Presencia de Cristo está en el Sacramento, en cualquiera de los Sacramentos. Todos ellos son signos de Cristo vivo desde el Bautismo hasta el Matrimonio, o la Unción de los enfermos, o la Eucaristía, de la que el Concilio dice que es el centro y el culmen de la vida de la Iglesia.

Todos ellos son regalos y dones de Cristo. Todos ellos son Cristo mismo dándose a nosotros en diferentes circunstancias o momentos de nuestro camino. De nuestro camino, ¿hacia dónde?, ¿hacia la muerte?, no, hacía el cielo. La Lectura de hoy nos recordaba que nuestra patria es el Cielo; que nuestra ciudadanía es la ciudadanía del Cielo. Que las otras son secundarias, o si queréis, subsidiarias. Pero que el lugar de nuestra pertenencia es la ciudad nacida del costado abierto de Cristo, la nueva Jerusalén, la novia, la esposa adornada con toda clase de bellezas por Cristo. Y triunfadora del pecado. Triunfadora finalmente del pecado y de la muerte junto a nuestro Señor, junto a Su Señor que es el nuestro.

Los mártires son nuestros hermanos más cercanos a Cristo. La Iglesia ha considerado siempre que el martirio es la forma más plena de la santidad, porque prolonga verdaderamente el testimonio de la Pasión de Cristo. De hecho, los cristianos amaban celebrar la Eucaristía sobre los sepulcros de los mártires precisamente por eso, porque en los mártires es donde se hace más patente la verdad de las palabras de la Eucaristía: “Tomad, comed, este es Mi Cuerpo que se entrega por vosotros”. Ese regalo que el Hijo de Dios hace de Su vida, de Su Cuerpo, y en Él de Su vida divina a los hombres que se realiza plenamente en la vida del mártir, que prolonga, sencillamente, el don de Cristo al mundo; la ofrenda a Cristo por la salvación del mundo y, por eso, la Iglesia los venera de una manera especial. Iba a decir que después de la Virgen y de los apóstoles, pero es curioso que todos los apóstoles, menos San Juan, murieran mártires. Hasta alguna tradición, quizás más tardía o menos verosímil, hace que también San Juan sufriera un intento de martirio, aunque sobreviviese a él.

Pero los apóstoles vivieron mártires y la historia de la Iglesia, y la historia de la Iglesia en Granada, está señalada por el martirio. A mi me gusta siempre pensar que el nombre para mártires en la iglesia siria oriental es “los vencedores”, “los victoriosos”, “los triunfadores”, con la misma palabra que se usaba para los triunfos de los emperadores. Cuando un emperador ganaba una guerra o una batalla hacía un arco de triunfo y se construían toda clase de monumentos para celebrar aquel triunfo. Así es como llama la Iglesia antigua a los mártires. Son “los triunfadores”. Son los que han vencido. Y al mismo tiempo, los que hacen presente de una manera pedagógicamente, o más explícita, que Cristo es el bien más grande en la vida humana; que Cristo es lo más querido. El único nombre que se nos ha dado bajo el cielo por el que podamos ser salvos. Y que todo lo demás vale en función de ese testimonio de Cristo. En las circunstancias en las que vivimos, yo creo que es especialmente sano, útil, refrescante, el recordar que ese es el centro de nuestra experiencia cristiana. Y que Cristo ha sido un regalo para el mundo. Es un regalo para el mundo porque Cristo vivo sigue dándoSe a través de los Sacramentos de su Iglesia, y a través del sacerdocio de una manera especial. Y a través de los mártires de una manera especial y que ellos puedan ser para nosotros, de una manera u otra, “inspiradores de esperanza”, inspiradores de esa conciencia de que somos ciudadanos del Cielo.

Ciertamente, seguramente ninguno de los mártires ha buscado el serlo. Es más, la Iglesia ha tendido a considerar un cierto pecado de orgullo el querer buscar, espontáneamente, el martirio, el ir en busca del martirio, favorecer el martirio de la forma que sea. Y, sin embargo, el martirio lo ha considerado siempre la Iglesia como una gracia. Pero como la gracia más grande, porque es la gracia de dar la vida por Cristo y de responder de la única manera que es adecuado responder al don que Cristo ha hecho de su vida para cada uno de nosotros.

Que la memoria del mártir, del beato, cuya memoria hoy celebramos, nos inspire, nos sostenga; nos sostenga en la esperanza, nos sostenga en la alegría de ser de Cristo, de pertenecer a la Iglesia, a esta Iglesia concreta de la que formamos parte y que constituye el gozo y la plenitud. Es curioso cómo San Pablo al final de ese trocito de la Carta a los Filipenses llama a los cristianos: “Vosotros sois mi gozo y mi corona”. Pues, la vida de la Iglesia, la belleza de la Iglesia es la Corona triunfante de Cristo, nosotros. Que vivamos con gozo esa vocación preciosa nuestra de ser de Cristo y de pertenecer al Cielo, de pertenecer a la Jerusalén del Cielo, a la ciudad nueva nacida del costado abierto de Cristo y que no desaparecerá porque nada puede arrancar de la tierra la siembra que el Señor hizo cuando sembró el grano de trigo de Su vida en Su muerte, y la espiga y los frutos del don de ese grano de trigo no dejarán de fructificar jamás. “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Por lo tanto, con libertad, sin temor, con alegría, agradecidos de ser hijos y miembros de esta Iglesia, renovamos el sacrificio de Cristo, y lo renovamos también hoy. Curiosamente, nos acompaña la reliquia de san Cecilio, primer mártir de la Iglesia de Granada y nos acompaña uno de nuestro últimos mártires, para que sepamos que el martirio forma parte de la experiencia cristiana y sigue siendo el testimonio más bello que los hombres recibimos de que Cristo vive y, por lo tanto, que Su Gracia vale más que la vida.

Yo no he hecho ninguna referencia en la homilía al texto del Evangelio y no la he hecho porque fue el Evangelio de hace unos pocos días. Sin embargo, no quiero dejar de hacerlo, porque es un Evangelio que, para los sacerdotes, es de sobra conocido, pero a muchos fieles les choca, les provoca un cierto escándalo eso de que parece que el administrador injusto (que es como se conoce la parábola que hemos leído) hace algo injusto, algo mal, y como que Jesús alaba eso que hace mal. Hay que situarse un poquito en la Palestina del tiempo de Jesús para caer en la cuenta, y es necesario explicarlo, que lo que hace el administrador éste que había sido injusto es, precisamente, convertirse y hacer las cosas bien. Y en ese sentido, la alabanza de Jesús es una alabanza a la conversión. ¿Y en qué sentido? En la Ley judía, la del tiempo de Jesús y, hasta en la época muy reciente, como en la Iglesia la usura estaba prohibida, y la Ley judía era ley religiosa y ley civil al mismo tiempo y estaba prohibido cobrar intereses por los préstamos; como el hombre tiene las pasiones y una de las pasiones más fuerte del hombre es la avaricia, tenían una manera de ocultar que había usura y es que si tú pedías prestado cincuenta fanegas de trigo, en el recibo te ponían que habías pedido prestadas 100 y no había usura, no había intereses y parecía que todo estaba bien. Cuando el administrador se ve descubierto, lo que hace es quitar los intereses a sus deudores, a sus acreedores, y en ese sentido precisamente por eso puede esperar que le cojan en otras casas. Lo que él dice –“Yo no tengo energías para pedir, no me van a admitir en ninguna casa porque saben que estoy haciendo eso que prohíbe la Ley y si hago eso, igual hago otras cosas”- y lo que hace él es un signo público de su conversión al quitar el interés de los préstamos que había recibido como administrador de su dueño.

Y entonces, uno entiende la frase final de Jesús: que la gente del mundo es más espabilada con sus cosas de lo que somos nosotros con nuestras cosas, que es el Reino de los Cielos y la vida en Cristo. Y la invitación de Jesús es a una conversión a la que la Iglesia nos llama constantemente, y el Papa Francisco a los sacerdotes, de una manera especial, a una “conversión pastoral”, a una conversión que nos haga ante todo pastores del pueblo según el modelo de Jesús y también de nuestros pastores mártires.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

9 de noviembre de 2020

Abadía del Sacromonte (Granada)

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