El amor de Dios es el que necesitamos y anhelamos

Homilía en la Misa del jueves de la III semana de Adviento, el 17 de diciembre de 2020.

Nos choca este Evangelio lleno de nombres. Para nosotros, la inmensa mayoría de ellos son desconocidos, en el sentido en que habría que conocerse, por ejemplo, todos los Libros de David, hasta el destierro de Babilonia y las Crónicas. Parece que no es un Evangelio del que podamos sacar mucho y, sin embargo, en primer lugar, nos pone a Jesús y la Encarnación del Hijo de Dios en un linaje humano.

 

Es verdad que San Mateo, que escribe fundamentalmente para judíos, traza una genealogía de Jesús que es diferente de la de San Lucas, en el sentido de que es la genealogía de José, que, cuando termina con José, dice: “José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo”. ¿Por qué se fija San Mateo en la genealogía de José? Tiene otra diferencia y es que la de San Mateo empieza en Abraham y la de San Lucas empieza con Adán. Es decir, que muestra en Jesucristo al nuevo Adán, mientras que San Mateo lo que le ve es como el cumplimiento de las promesas de Dios a Abraham y a su descendencia. ¿Por qué? Porque a San Mateo le importa
-digamos- la sucesión legal y la sucesión legal la recibe Jesús de José.

 

Todos sabéis que el Santo Padre ha convocado a un Año Santo dedicado a San José, Patrono de la Iglesia. Proclamado ya, desde el siglo XIX, hace 150 años, Patrono de la Iglesia Universal. Y eso tiene muchos motivos. El hecho del tiempo difícil que vive la Iglesia en estos momentos, el hecho de que la figura de José, a pesar de que es tan sumamente discreta en el Evangelio, es singularísima y, entonces, merece la pena. Después de la Virgen, es el santo más importante. Por otra parte, ha sido siempre el santo al que se le ha pedido la gracia de una buena muerte, y tampoco eso es banal para nuestro tiempo. Y yo creo que hay otro aspecto que el Papa subraya muy finamente en su Carta, muy detalladamente también. Que en el mundo de hoy falta la figura del padre. La ausencia del padre en la vida de las familias es muy notable. En el caso de matrimonios separados o rotos por otros motivos, lo normal es que los hijos
–digo lo normal, no siempre sucede– se queden a vivir con la madre y esos hijos crecen sin padre y sin una relación con el padre, que es indispensable para un crecimiento normal y sano de los hijos.

 

Curiosamente, eso lleva a ciertas personas a decir “bueno, pues, como la figura del padre es una figura difícil en este mundo, no hablemos de Dios Padre, porque hay menos relación con Dios Padre”. Yo creo que es lo contrario. Hay que hablar de la paternidad de Dios, porque es necesario sentirse hijo y sentirse hijo de un Padre que es omnipotente, que puede curarme, que puede salvarme, que me puede acompañar discretamente. Si os fijáis, esa es la figura de José siempre: acompaña discretamente en el camino de la vida y, al mismo tiempo, me da fortaleza y seguridad. Los niños necesitan esa imagen paterna y, en el caso de matrimonios en los que el padre, por una razón o por otra, está ausente, yo les he recomendado con frecuencia a las madres “no trates de hacer de padre. Haz de madre, que es lo que sabes hacer bien”. Me acuerdo de una madre que acababa de separarse y tenía una niña de cuatro años, le digo: “es preferible que tu hija crezca sabiendo, como si hubiera nacido sin una manita por un defecto físico, o con un defecto de otro tipo, o una limitación o deficiencia, y que sepa que la tiene, a que tú trates de hacer de padre”. Porque ya había vivido en mi vida sacerdotal relación con muchas madres que se ponían a hacer de padre y es que una madre no sabe hacer de padre: una madre tiene que hacer de madre y es lo que sabe hacer. Dije: “Tú hazlo lo mejor que sepas”. Pasaron muchos años (yo ni me acuerdo de los nombres de las personas), pero me acuerdo que recibí un mensaje diciéndome “gracias por aquel consejo que me dio de que hiciera de madre y no de padre”. Tenía una niña, de eso sí me acuerdo. Pero los niños necesitan un padre. Y la Iglesia, que es Madre, necesitamos a Dios. Todas las figuras, también la de la Virgen, nos aproximan al Señor y lo importante en nuestra vida es la relación que el Señor establece con nosotros para sostenernos y fortalecernos.

 

Pero la figura de San José como acompañante, custodio, defensor humilde y, al mismo tiempo, fuerte, de la familia de Jesús, es una figura preciosa en la vida de la Iglesia. Digo: “Acompañante, humilde, discreto, generoso, valiente y, al mismo tiempo, siempre en la sombra”. Y esa es una misión preciosa. También uno descubre que la misión del padre no es ser los dueños de sus hijos, sino justamente saber que sus hijos son un misterio que a él se le escapa, también en los padres humanos. No os creáis que hay tanta diferencia entre San José y los padres humanos en este sentido. Yo creo que es modélico el hecho de que José custodió un Misterio en el que él no ha tenido parte. En la generación humana tiene una parte el hombre, claro que sí, pero, aun así, esa parte yo digo que hay dos tareas que sólo puede hacer el padre: una, engendrar, por supuesto; pero otra es cortar el cordón umbilical de los niños con las madres, que las madres eso, justo porque son madres, ni saben hacerlo ni tienen por qué saberlo. Lo tiene que hacer el padre. Y generalmente, lo tiene que hacer en lucha y en conflicto con la madre, porque la madre se defiende, siente que sus hijos son carne suya y que ella tiene que hacerles todo, y hasta casi salvarlos. Y no. También necesitan los niños, para crecer bien, ese corte del cordón umbilical que sólo el padre puede hacer, y la madre después lo agradece, siempre lo agradece. Porque se da cuenta de que hace falta mucho amor a ella y a sus hijos para poder hacer esa función que no es nada fácil, y que muchos padres se rinden y se lavan las manos y se quitan de en medio, y se lo dejan a la madre, y la madre se pone, entonces, a hacer de madre y de padre, y no sale bien, porque cada uno sabe hacer lo que sabe hacer.

 

Esas son una de las muchas cosas que uno pudiera entretenerse en decir de San José. Otra cosa que quiero subrayaros de esta genealogía es siempre que dice, por ejemplo: “Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zará” o “David engendró, de la mujer de Urías, a Salomón”. Se trata de un pecado. Es decir, son nacimientos que no son nacimientos normales. Nacen de un adulterio o, en el caso de Judá, de un incesto, o de un pecado. Que esto figure aquí en el Evangelio significa una cosa que necesitamos todos aprender mucho. Y la digo con las palabras con las que decía el poeta Péguy en una de sus preciosas reflexiones sobre el Misterio de Jesucristo. Decía: “Señor, si sólo existe la justicia, nadie puede salvarse; pero si existe la Misericordia, ¿quién podrá condenarse? Sólo aquel que se empeñe en ello”. Pero “¿quién podrá condenarse?”. Pues, eso es lo que significa la Navidad. Lo leeremos en la liturgia la noche de Nochebuena: “Ha aparecido la gracia de Dios y su amor al hombre”.

 

Y es ese amor el que necesitamos, el que anhelamos. Es esa infinita misericordia a la que no paramos de acogernos, porque tenemos necesidad de ella, todos y siempre.

 

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

 

17 de diciembre de 2020

Iglesia parroquial Sagrario Catedral

 

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