«Cristo está presente, en todas las circunstancias»

Homilía de Mons. Javier Martínez, en el XXVII Domingo del Tiempo Ordinario en la S. I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, pueblo santo de Dios, muy queridos sacerdotes concelebrantes, amigos todos:

En la liturgia de hoy se enmarca entre la súplica que le hacen los discípulos a Jesús -«Señor, auméntanos la fe»- y la palabra o las palabras del Salmo, cuando dice «Ojalá escuchéis hoy mi voz, no endurezcáis el corazón», o la palabra del profeta Habacuc, cuando dice «El justo vivirá por su fe».

A nosotros la fe nos parece normalmente como una serie de creencias o de principios morales que luego tenemos que aplicar a la vida, incluso la fe nos parece instrumental a esos principios morales, al final de lo que se trata es de ser bueno y para ser bueno pues ayuda la fe o la vida de la Iglesia. Cuantas veces, me acuerdo yo de los tiempos en que era párroco en una parroquia, ayudaba en una parroquia de Madrid, y los padres de los jóvenes venían a decirme: ‘mire, yo le he dicho a mi hijo que venga por aquí, porque lo que oiga aquí le servirá, lo que oiga aquí, aquí no aprenderá nada malo, y le servirá’. Decía ‘Dios mío, que poco conocimiento’, eran padres cristianos, practicantes, pero la fe era instrumental como para que los niños o los adolescentes como que fueran buenos en la vida, que pudieran, solemos decir, que tengan algunos valores, ya que en este mundo de hoy los valores han desaparecido. ¿Eso nos hace cristianos? Es decir, tampoco la fe cristiana es una especie de ideario, o una serie de creencias o unos principios morales. La fe es el reconocimiento de Cristo presente, y del don que Él nos hace a nuestra vida, para que nosotros vivamos: «El justo vivirá por la fe». O como le decía Isabel a María: «Dichosa tú que has creído porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá».

Es decir, el Señor viene a nosotros. Y viene a nosotros como amor; viene a nosotros de su cuerpo, que es la Iglesia; viene como amor para que ese amor nos sostenga en la vida, para que ese amor nos dé la vida; y ese amor, que mientras estamos en esta vida como peregrinos, es frágil, no es de Dios, sino nuestra manera de vivirlo, está sometido a los vaivenes de nuestras capacidades, de nuestros sentimientos, hasta los vaivenes de las estaciones del año, por ejemplo, o los vaivenes de nuestros humores, o de nuestra frágil libertad. Pues ese amor nos da la vida, nos da la vida y nos permite experimentarla ya aquí, sostenidos por una roca que es el amor de Cristo y el don de Cristo a nuestras vidas, se unieron con nosotros por el Bautismo, por el Perdón de los pecados, por la Eucaristía, sobre todo por la Eucaristía para nosotros que estamos bautizados, y por el Perdón de los pecados, que necesitamos constantemente.

El Salmo nos decía «ojalá escuchéis hoy mi voz, no endurezcáis el corazón». Ojalá escuchemos la voz del Señor. ¿Qué nos dice esa voz? Lo que Dios nos dice en Cristo es: «Yo he venido para que tengas vida, para que la tengas abundante», o «yo he venido para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». Es decir, acoger a Cristo en la vida significa acceder a un modo de vida que no está limitado a los cálculos de cada día, de los pequeños placeres o gustos o momentos de felicidad que podemos obtener rebañando penosamente en las horas de cada día, o en los fines de semana o en ciertos momentos de descanso, sino poder vivir de ese amor, poder reconocer ese amor, que está presente sin duda en la Palabra de Dios que nos es dada, que nos es anunciada en la buena noticia del Evangelio y en el resto de la Palabra de Dios que conduce a esa buena noticia o que la testimonia, que nos es dada en los sacramentos, pero que nos es dada en la vida de la Iglesia, y ahí es donde probablemente menos experiencia tenemos de reconocer a Cristo, y sin embargo, Cristo está presente, en todas las circunstancias. (…)

+ Mons. Javier Martínez

Arzobispo de Granada

6 de octubre de 2013

S.I. Catedral de Granada

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