“Sus sonrisas constantes fueron la enseñanza diaria”

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“Sus sonrisas constantes fueron la enseñanza diaria”

El sacerdote Miguel Varona participó en la misión y aprendió que “se puede ser muy feliz con Dios y la Iglesia, sin tener muchas cosas”

¿Cómo surgió la idea de realizar un tiempo de voluntariado en Picota?

Un año antes de mis bodas de plata sacerdotales me planteé seriamente si podría hacer una experiencia misionera. Lo consulté con mi director espiritual, y tras un tiempo de discernimiento entendí que el Señor me llamaba a ir a nuestra misión diocesana. Empecé a asistir a las reuniones de la Delegación, y me encontré con un grupo de personas maravilloso en lo humano y en lo cristiano.

¿Qué recuerdas de aquella experiencia misionera?

La preparación fue preciosa, aunque con dudas y nervios. Pero todo quedó en nada cuando llegué allí: todo era nuevo, diferente, pero me sentía como en casa. Los momentos de oración en la capilla de la casa me ayudaron mucho. El grupo era una familia, con momentos de trabajo y descanso que recuerdo con cariño. Las salidas a las comunidades cercanas fueron enriquecedoras, pero más dichosas eran las salidas a la selva, varios días y con largos trayectos que eran duros, pero quedaban en nada cuando te acercabas a la gente y compartías con ellos todo. La experiencia que más me impactó fue una “celebración sacramental múltiple” que tuve en Tres Unidos: una señora muy enferma, recibió el Bautismo, la Primera Comunión, la Confirmación, la Unción de Enfermos y el Matrimonio de una sola vez.

¿Qué te enseñó la gente que te encontraste allí?

Mucho, muchísimo. La capacidad de sacrificio para acudir a las “nucleaciones” y a las celebraciones litúrgicas. La alegría de celebrar la fe sin parar de cantar y pedir “bendisiones del Padresito”, y eso incluía siempre mucha agua bendita, mucha, que mojase a todos. El respeto de los niños y jóvenes a sus mayores. Me enseñaron que se puede ser muy feliz con Dios y la Iglesia, sin tener muchas cosas. Y sus sonrisas constantes fueron la enseñanza diaria y constante.

¿Cómo cambió tu vida al volver a tu vida cotidiana?

Pues dejándome una herida en mi corazón de sacerdote: el deseo de seguir siendo misionero. Ir a Picota me regaló poder ir al año siguiente a compartir otra experiencia misionera con las Obreras del Corazón de Jesús en Paraguay, además de Argentina y Brasil; la hice con otros dos laicos con los cuales fragüé una profunda amistad y unión. Y si no hubiera sido por esta situación sanitaria, habría ido el año pasado otra vez a Picota. La misión marca, deja huella, no te quedas igual al volver, no deberías ser el mismo al volver.

¿Mantienes todavía vinculación con la misión diocesana?

Gracias a Dios la mantengo, con los sacerdotes y algunos laicos. En la Misa por mis bodas de plata sacerdotales tuve una inspiración “divina”: con mi Parroquia y amigos hice una colecta para construir una iglesia en Picota. En dos años, a base de pedir a mis amigos, con la ayuda de mi Hermandad de la Buena Muerte y Reina de los Mártires, de destinar donativos que me han llegado por bodas y otros sacramentos entre mis amigos, se ha enviado lo suficiente para edificarla. Y siempre tengo presentes a los sacerdotes y a la gente de Picota en mi oración personal.

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