«Sí, pero no. Conviértete»

Carta Pastoral de Mons. Demetrio Fernández González, Obispo de Córdoba.

Nos traiciona nuestra debilidad, y cuando queremos hacer el bien, nos sorprende el mal que no queríamos. Lo expresa san Pablo acertadamente: “Querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no. Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo” (Rm 7,18-19). Es decir, hay en nuestro interior una división que nos resulta dolorosa, y hemos de estar muy atentos para no dejarnos engañar por nosotros mismos o por el demonio que es más listo que nosotros. En el camino del bien, muchas veces nos parece que con pensarlo, ya hemos cumplido, porque nos parece que ya lo hemos hecho. Y no. Lo que cuenta es lo que realmente somos capaces de hacer. Cuando hemos hecho el bien, hemos de dar gracias a Dios, que nos ha asistido con su gracia. Pero aunque quisiéramos hacer el bien, si al final no lo hemos hecho, hemos de aceptar humildemente la necesidad de convertirnos. Porque  “no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21).

Jesús en el evangelio de hoy nos alerta de esa falsa seguridad de quien se siente bueno, y no se para a pensar en la voluntad de Dios, expresada de mil maneras en nuestra vida. El segundo hijo dijo a su padre: “Voy”, y no fue. Y por contraste, Jesús alaba la actitud de quien, considerado socialmente como malo, llegado el momento, se arrepiente y hace lo que Dios quiere. Le dijo al primer hijo: “Hijo, ve hoy a trabajar a la viña”. El le contestó: ”No quiero”. Pero después se arrepintió y fue (Mt 21,29). Nuestra seguridad, por tanto, está en Dios y en el cumplimiento de la voluntad de Dios, con una llamada permanente a la conversión, que nos hace humildes para reconocer que muchas veces no cumplimos la voluntad de Dios, aunque deseamos cumplirla con la ayuda de su gracia. 

Esa falsa seguridad en nosotros mismos, que se sustenta en una oculta soberbia, nos lleva a veces a enjuiciar a los demás, catalogándolos en el grupo de los malos, de los que no tienen remedio, para colocarnos nosotros en el grupo de los buenos. Y para Dios, las cosas no son así. Dios está ofreciendo continuamente su amor y su perdón a toda persona humana, por muy lejos que esté de Él o nos parezca a nosotros como tal. “Es injusto mi proceder, o no es vuestro proceder el que es injusto?”, dice Dios por el profeta. La tendencia a catalogar a los demás en buenos y malos no tiene en cuenta esa posibilidad de que el pecador se convierta. Y la clave de la esperanza para nosotros y para lo demás está precisamente ahí, en que Dios nos ofrece continuamente su gracia para que podamos cambiar, y en que realmente cambiamos cuando nos acercamos a Él y cumplimos su voluntad. “Si el malvado recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá” (Ez 18,28). 

“Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna”. Dios no se olvida de eso. Pero a nosotros nos conviene recordarlo continuamente, porque apoyados en nuestras medidas y nuestros criterios, caemos en el pesimismo al constatar que no hacemos el bien que queremos. Y caemos en la exclusión de los demás, al no considerarlos capaces de conversión. Dios juega siempre a nuestro favor, a favor del pecador, para que se arrepienta. Y lo consigue. La enseñanza de Jesús en este domingo nos llena de esperanza, porque, por malos que sean nuestros caminos, Dios nos invita continuamente a la conversión, y “hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión” (Lc 15,7). Ese pecador es, en primer lugar, cada uno de nosotros que es llamado continuamente a la conversión, y cada uno de nuestros hermanos, a los que Dios ofrece su gracia para que se conviertan.

Recibid mi afecto y mi bendición: 

+ Demetrio Fernández
Obispo de Córdoba  

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