«Revestíos con las armas de Dios» (Ef 6, 11)

Mensaje ante la Semana Santa de Córdoba 2026 del obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández

La fabricación y el comercio de armas viven un momento dulce. Los innumerables conflictos que asolan el Planeta engrasan y hacen girar la rueda de la producción, la compra-venta y el consumo de instrumentos de defensa, agresión y muerte. En este contexto triste y lamentable, siguen resonando con fuerza las palabras que el Papa León XIV pronunció poco después de ser elegido, desde la logia vaticana clamando a favor de una paz “desarmada y desarmante”.

En el momento del prendimiento, la pasión y la muerte de Jesús de Nazaret también hubo armas: la primera, la espada de Pedro. Se trataba de un arma defensiva con la que, el que luego sería designado como el primero de los apóstoles, quiso defender a su Maestro de la injusticia que se quería cometer. Es verdad que, de un tajo, se llevó por delante la oreja del criado del sumo sacerdote, pero la cosa no pasó a más, gracias a la intervención pacificadora de Jesús: “Envaina la espada: que todos los que empuñan espada, a espada morirán” (Mt 26, 52).

Un lamentable protagonismo adquirió también el látigo formado por unas cuerdas a las que se amarraban una especie de cuchillas capaces de arrancar la piel del reo. Los cuarenta latigazos que recibió Jesús con ellas le causaron terribles dolores y una importante pérdida de sangre.

Decisiva fue la intervención de los clavos con los que fue sujetado el Señor al madero de la cruz. La pérdida de sangre y, sobre todo, el ahogamiento del ajusticiado fueron sus “méritos”. El que seguramente los había utilizado cuidadosamente ayudando a su padre José en el taller, comprobaba ahora cómo su noble uso se convertía en arma letal.

Finalmente, recordamos la intervención de la lanza con la que el soldado traspasó el costado de Jesús, ya fallecido. De él salió sangre y agua, de él nació la Iglesia, de él brotaron los sacramentos, cauce de salvación para todos los redimidos.

La espada, el látigo, los clavos y la lanza, instrumentos de tortura y de muerte, hoy están prácticamente desactivados y forman parte de nuestros museos y de nuestros pasos. Pero, desgraciadamente, han sido sustituidos por otros más sofisticados y letales: los fusiles, los misiles, las bombas, los drones… Son las armas con las que se sigue matando inocentes. Pidamos al Señor que llegue la paz, que llegue su paz al mundo.

Dejando atrás la Cuaresma, nos adentramos en la Semana Santa en la que la Iglesia celebra los misterios centrales de la fe cristiana: la pasión, muerte y resurrección del Señor. Lo haremos participando activamente en las celebraciones litúrgicas que actualizan esos misterios. También en los ritos, procesiones y demás actos de la piedad popular. Contemplemos con devoción al Cristo desarmado y desarmante. Que movidos por la gracia de Dios, y alentados por el testimonio pacificador de María que, a pesar de nuestra traición, nos acoge como hijos, destruyamos la espada de la difamación, el látigo del insulto, los clavos de la injusticia y la lanza de la traición. Al mismo tiempo, revistámonos con las armas de Dios, con las armas de la paz, esto es: la paciencia, el diálogo, la compasión, la justicia y el perdón. Que así sea.

+ Jesús, Obispo de Córdoba

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