Padre y hermano, como san José

Carta del obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández

Todos los años san José tiene un protagonismo especial en el Día del Seminario, pues en su fiesta celebramos el Día del Seminario y nos encomendamos especialmente a él como patrono de las vocaciones sacerdotales. Dios le encargó de proteger y formar a Jesús, sumo y eterno Sacerdote, y a él recurre la Iglesia en tantos asuntos, y especialmente en éste de las vocaciones sacerdotales, que provean el servicio a la Iglesia, de manera que no falten esos sacerdotes que celebren la Eucaristía y los demás santos misterios.

Este año, además como Año josefino, san José ocupa el titular del lema: “Padre y hermano, como san José”, para reclamar la atención de la Iglesia sobre las vocaciones sacerdotales. No creo que le moleste, porque él suele hacer las cosas discretamente, sin que se note. Es de esas personas sumamente eficaces, pero cuya presencia apenas se nota si no te detienes en ella. Lo hace con tal eficiencia que ni siquiera se percibe que sea él. Sin embargo, nos dice santa Teresa de Jesús, “tomé por abogado y señor al glorioso San José y me encomendé mucho a él… No me acuerdo hasta hoy de haberle suplicado nada que no me lo haya concedido” (Vida 6,6).

San José tiene mucho que decirles hoy al sacerdote y al seminarista aspirante al sacerdocio. Al sacerdote como a san José se le pide la entrega de toda su vida para asumir como propio un proyecto que le viene dado, un proyecto que él no construye, un proyecto que le desborda. San José acogió en su casa a María, que llevaba en su vientre virginal al Hijo de Dios hecho hombre. Al sacerdote se le pide que acoja en su corazón todo el misterio de Cristo para llevárselo a los hombres en la Iglesia, por medio de los sacramentos –sobre todo de la Eucaristía y el perdón-, por medio de la Palabra anunciada y predicada, por medio de una vida entregada completamente y cuyo testimonio será el ingrediente esencial de la tarea encomendada.

San José obedeció a Dios e hizo lo que el ángel le fue indicando en aquellos cuatro sueños sucesivos. Vivió en la obediencia y entrega de toda su vida, como el sacerdote. Este no tiene proyecto ni destino propio, vive disponible a lo que Dios le vaya marcando, según las necesidades de la Iglesia. El sacerdote, como san José, vive de la fe, se sitúa en ese plano que el mundo no entiende, pero que trae tantos bienes a la humanidad. Es imposible responder a la vocación sacerdotal o perseverar en ella, si la fe no es alimentada constantemente. Cualquier otro proyecto humano se vive desde Dios o no, pero tiene un sentido visible y constatable. La vocación sacerdotal, no. O se vive desde la fe y con una fe desarrollada, o se abandona. Querido san José, guárdanos en tu obediencia a Dios como fruto de la fe. Guarda a los sacerdotes y a los seminaristas, porque Dios no los llama para un proyecto de ellos, sino para un plan divino de redención, que les tomará toda su vida, como a ti. Y eso es imposible vivirlo, si no es en la fe madura y creciente, como tú.

San José ejerció una verdadera paternidad con Jesús y fue una seguridad permanente para su esposa María. El sacerdote es llamado para ser padre de verdad, pero sin sentirse nunca dueño de sus hijos. Sabe que sus hijos son de Dios, pero es verdadero padre, porque da la vida por ellos, comparte sus preocupaciones, gasta sus energías. Su alegría y su gozo están en ver crecer a sus hijos para que se parezcan a Jesús. El sacerdote es llamado para proteger a la Iglesia su esposa, para ofrecerle la seguridad de la fe, para alimentarla con los sacramentos y con la Palabra, para protegerla de todos los peligros con que la acecha el Maligno. La Iglesia necesita esa protección, como la necesitó María en aquel momento y se la prestó san José. Sin sacerdotes la Iglesia no puede subsistir, le faltaría la Eucaristía como alimento esencial, y todo lo demás que sólo el sacerdote puede aportarle.

Se necesitan hoy hombres como san José. Con una virilidad a prueba de fuego, que no se encojan ante las dificultades, sino que sean capaces de proteger a la Iglesia y de hacer que Jesús crezca en el corazón de las personas. Obedientes, castísimos, pobres, como san José. A él se lo pedimos en el Día del Seminario para nuestra diócesis y para la Iglesia universal.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández

Obispo de Córdoba

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