Llega la Semana Santa

Carta Pastoral del Obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández González.

Se acercan los días santos en que los cristianos celebramos los misterios de nuestra redención. En el primer plenilunio de primavera (según el calendario lunar), vuelve la fiesta central de la Pascua cristiana: la muerte y la resurrección de Jesucristo, que regula todo el calendario del año. Este año, en fecha muy avanzada (según el calendario solar), el 24 de abril. La liturgia tiene la capacidad de hacernos contemporáneos del misterio.

En nuestro ambiente andaluz, es imposible que la Semana Santa pase desapercibida. Todo el mundo –creyentes y no creyentes, en los pueblos y en la ciudad– sabe que estamos en Semana Santa. Incluso recibimos muchos más turistas en estas fechas, que vienen a ver nuestra manera de celebrar estos santos misterios.

Lo que aconteció una vez en la historia, la muerte y la resurrección de Cristo, ha quedado grabado a fuego en la conciencia de un pueblo, cuyas raíces son cristianas, y que se estremece al ver de nuevo por las calles la imagen de Cristo o de su Madre bendita. El paso de los siglos y el ataque permanente del laicismo de nuestros días, que quiere borrar a Dios de la conciencia de un pueblo, no han sido capaces de eliminar la Semana Santa en nuestros pueblos y ciudades. Pienso, incluso, que el sentimiento religioso que la Semana Santa lleva consigo ha arraigado más fuerte aún, cuanto mayores son los ataques contra la religión católica.

Y llega un año más el Viernes de Dolores que acompaña a María, la madre que sufre al ver sufrir a su Hijo divino y al ver a sus hijos enredados en el pecado, por los que su Hijo va a morir en la cruz. Después viene la “borriquita”, es decir, la entrada de Jesús en Jerusalén a lomos de una borrica en el Domingo de Ramos. Cantos y alabanzas, vivas a Cristo que viene a salvarnos. “Si estos callan, gritarán las piedras” (Lc 19, 40). Los preparativos de la Pascua nos llevan hasta el Jueves Santo, cuando Jesús celebra la Pascua con los Apóstoles, la última cena y la primera Eucaristía: “Tomad y comed: esto es mi Cuerpo…este es el cáliz de mi Sangre” (Mt 26, 26s). Y al instituir la eucaristía, instituye el sacerdocio ministerial confiado a los Apóstoles: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19).

La tarde-noche del Jueves y todo el Viernes Santo nos conducen hasta el Calvario donde Jesús es crucificado. El silencio, la penitencia, el dolor acompañan al creyente cuando contempla a Cristo crucificado, en su agonía y en su expiración, o se suma al cortejo de quienes asisten a su santo entierro. ¿Cómo han podido los hombres realizar este deicidio, matar a Dios? Condenar a muerte y ejecutar al Rey de la vida. Es un misterio que sólo encuentra respuesta en la fe: “Nadie me quita la vida, la doy yo voluntariamente” (Jn 10,18), dice Jesús. Jesús nos ha dado la vida a costa de su vida, para que tengamos vida eterna. Hay un misterio de amor escondido en tanto sufrimiento.

La jornada del sábado santo es jornada de luto y ausencia. No está Jesús, ni siquiera en el sagrario. Es jornada de esperanza, con María que no dudó ni por un instante del triunfo de su hijo Jesús. Y en la noche más importante del año, del sábado al domingo,  asistimos al triunfo de Cristo sobre la muerte en la vigilia pascual. ¡Qué noche dichosa!, sólo Tú conociste el misterio de la resurrección. Al amanecer del primer día de la semana, celebramos la resurrección de Jesús. ¡Verdaderamente, ha resucitado!, gritan los cristianos con cantos de júbilo y aleluyas.

Si morimos con Cristo, resucitaremos con Él. Que la Semana Santa traiga a todos una verdadera renovación para vivir la vida nueva de Cristo resucitado, durante el tiempo pascual y en toda nuestra vida.

Con mi afecto y bendición: 

+ Demetrio Fernández
Obispo de Córdoba

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