La divina misericordia con Tomás el incrédulo

Carta Pastoral del Obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández González.

Tomás no estaba en el grupo cuando llegó Jesús resucitado. Fueron llegando al Cenáculo, pero Tomás estaba fuera de la comunidad, iba por su cuenta. Y cuando los demás le contaron que habían visto al Señor resucitado, él no se lo creyó: «Si no lo veo, no lo creo». Tomás representa la postura de tantos hombres y mujeres a quienes les es más cómodo no creer, por la cuenta que les tiene. Si crees, tienes que cambiar de vida. Si crees, te complicas la existencia. Si crees, tienes que ser coherente. Es mejor no creer, dicen hoy muchas personas. O, quizá, adoptar una actitud de indiferencia, aunque por dentro lleve el gusanillo de la duda. Cuántos indiferentes hoy manifiestan con esta actitud su gran pregunta oculta sobre Dios.

A los ocho días, Jesús se presentó en medio de ellos y les saludo con el saludo del Resucitado: «Paz a vosotros». En esta ocasión sí estaba Tomás. Se había agregado al grupo, aunque no era creyente, aunque mantenía su actitud agnóstica e indiferente por fuera. Y Jesús se dirigió a él con amor: «Trae tu dedo, aquí tienes mi manos; trae tu mano y métela en mi costado; y o seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20,27). He aquí un gesto de misericordia por parte de Jesús hacia Tomás. No le riñe ni le echa en cara su actitud, simplemente le ofrece una nueva oportunidad para el acto libre de fe. Le propone nuevas pruebas de su resurrección. Quiere que Tomás participe del gozo que los demás sienten al encontrarse con el Resucitado. Dios está dispuesto a esperar, a ofrecer una nueva oportunidad, a proponer nuevas ocasiones de encuentro con Él. Dios es infinitamente misericordioso con el hombre, porque quiere su bien y su felicidad.

Y Tomás, tocado por la gracia, se rindió. «Señor mío y Dios mío». La fe es un acto de obediencia interna a la gracia de Dios, que toca nuestro corazón, abriendo los ojos del alma. La fe es como una chispa que se enciende, donde el fuego encuentra la estopa para arder en un corazón bien dispuesto. La fe es don de Dios y mérito de la persona. Dios que se revela, que se comunica, y el hombre que asiente libremente con todo su ser. La fe es un encuentro en la plena libertad del corazón humano, que se siente liberado de su estrechez e intuye la plenitud que sólo puede venirle de Dios. La fe llena el corazón de alegría y conduce a la persona a la adoración, a postrarse de rodillas, en una experiencia de plenitud que sólo experimenta ante Dios.

La aparición de Jesús al apóstol Tomás es de un valor incalculable para el creyente de todos los tiempos. Cuando tantas personas hoy han optado por la indiferencia o el agnosticismo para no complicarse la vida, Jesús viene suavemente a propiciar el encuentro. Dios no avasalla, no fuerza voluntades. Dios entra siempre por el camino de la propuesta que sana la libertad humana para que responda en plenitud. Dos tiene misericordia de todos y espera hasta que el hombre se entrega libremente.

En este domingo segundo de Pascua, el beato Juan Pablo II instituyó la fiesta de la Divina Misericordia. Y precisamente en esta fiesta litúrgica sucedió su tránsito a la casa del Padre, al cielo, hace siete años. Dios en su infinita misericordia (Dives in misericordia) le premió la propuesta continua de su Misericordia para el hombre de nuestro tiempo. La Iglesia de nuestro tiempo debe recorrer continuamente ese camino, el de la misericordia con todos los hombres. Con los creyentes y no creyentes. Proponiendo continuamente el encuentro con Jesucristo que salva, que libera, que abre el horizonte de la eternidad y del cielo, que nos hace solidarios con nuestros hermanos. La mayor carencia del hombre contemporáneo es la carencia de Dios. La nueva evangelización tiene como objetivo presentar a Jesucristo a nuestros contemporáneos, mucho de los cuales se refugian en la indiferencia y en el agnosticismo, a la espera de que Jesús se les muestre de nuevo, presentándole sus llagas gloriosas, y diciendo al corazón de cada uno: Mi amor por ti ha llegado hasta el extremo, nadie te ha amado nunca como yo; si quieres, yo puedo hacerte feliz para siempre.

Que en esta Pascua te encuentres de verdad con el Resucitado.

Mi bendición y mi afecto:

+ Demetrio Fernández

Obispo de Córdoba

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