Carta Pastoral del Administrador Apostólico de Córdoba, D. Juan José Asenjo Pelegrina. Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos en este domingo la solemnidad de la Santísima Trinidad. En este día de gozo confesamos nuestra fe en la Trinidad santa, adoramos su unidad todopoderosa y damos gloria a Dios uno y trino porque nos permite entrar en la intimidad y riqueza de la vida trinitaria.
El Misterio Pascual culmina el cumplimiento de los planes amorosos de Dios para con la humanidad. En él somos regenerados, consagrados y elevados a la inmerecida condición de hijos de Dios, para llegar un día a ser semejantes a Él cuando le veamos tal cual es. Todo esto lo recibimos y vivimos en la celebración de la Pascua. En este domingo, saboreamos y contemplamos este don y la Iglesia se hace toda ella confesión de la gloria de Dios, adoración y acción de gracias a la Santísima Trinidad.
A partir del bautismo, la vida del cristiano es una vida “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, es decir en, con y para la Trinidad. Nuestra consagración a Dios uno y trino es robustecida por el sacramento de la confirmación y alentada constantemente por nuestra participación en la Eucaristía. Desde el bautismo formamos parte de la familia de Dios. Somos hijos del Padre, hermanos del Hijo y ungidos por el Espíritu. La Santísima Trinidad nos abre sus puertas, nos introduce en su intimidad y hace que participemos de la vida divina.
Para no olvidar que esta es nuestra vocación más profunda en medio de los afanes y luchas de cada día, la Iglesia nos ofrece un recordatorio perenne y un estímulo constante al mostrarnos la belleza de la vida de nuestros hermanos contemplativos, que viven exclusivamente en Dios y para Dios. Lo hace especialmente en este domingo, en el que celebramos la Jornada “Pro orantibus”, destinada a devolver con nuestra oración por ellos lo mucho que la Iglesia y cada uno de nosotros debemos a estos hermanos nuestros, que hacen de su vida una ofrenda a la Santísima Trinidad y una plegaria constante por todos nosotros.
Ellos nos recuerdan cada día cuál es nuestra vocación más profunda y nos ofrecen el testimonio de la vivencia gozosa de esa vocación. Llamados y consagrados por el Señor, viven como Él en pobreza, castidad y obediencia, encarnan el espíritu de las Bienaventuranzas y tienen en sus comunidades un sólo corazón y una sola alma. De este modo, son signo de fraternidad y testimonio de la vida en Dios y para Dios, que todos estamos llamados a vivir y de la que gozaremos definitivamente en el cielo. Al mismo tiempo, son testigos del amor más grande y de los valores transcendentes en los que debe cimentarse nuestra vida, tan distintos de los valores con que trata de seducirnos el mundo y la nueva cultura inmanentista.
El Papa Juan Pablo II nos decía en la Exhortación Apostólica Vita Consecrata, que los monjes y monjas contemplativos, “con su vida y su misión imitan a Cristo orando en el monte, testimonian el señorío de Dios sobre la historia y anticipan la gloria futura. En la soledad y el silencio, mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, la ascesis personal, la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del pueblo de Dios” (n. 8).
El lema de la jornada “pro orantibus” de este año es “El Espíritu de Cristo clama en nosotros: Abba Padre (Gal 4,6)”. En la oración y en el canto o rezo del Oficio divino nuestros hermanos y hermanas contemplativos escuchan el grito del Espíritu que da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Viviendo con hondura la filiación divina no se olvidan de esos otros hijos de Dios que somos todos nosotros, pues el Espíritu les da testimonio también de la fraternidad universal. Por ello, oran, se inmolan y se sacrifican por sus hermanos como corazón que son de la Iglesia, como escribiera bellamente Santa Teresita de Lisieux.
Nuestra Diócesis tiene el privilegio de contar con veinte monasterios de monjas y dos de monjes. En su conjunto constituyen un inapreciable tesoro que agradecemos al Señor, pues son una fuente inagotable de energía sobrenatural para nuestra Iglesia particular. ¡Dios quiera que nunca se pierda! En esta jornada les recordamos con afecto y les correspondemos con nuestra oración para que el Señor les confirme en la fidelidad a la hermosa vocación que les ha regalado en su Iglesia y premie su entrega con muchas, generosas y santas vocaciones que perpetúen la historia en tantos casos brillante y gloriosa de sus monasterios.
Para ellos y ellas y todos vosotros, mi saludo fraterno y mi bendición.
+ Juan José Asenjo Pelegrina
Administrador Apostólico de Córdoba