«Iglesia misionera, testigo de la misericordia»

Carta semanal del Obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández González

El lema del Domund de este año es una llamada a la Iglesia a «salir» “de la conciencia aislada y de la autorreferencialidad” (EG 8), para salir al encuentro del necesitado, para ser una “Iglesia en salida” (EG 24), involucrada en la búsqueda de las periferias sociales, culturales y existenciales, para dar frutos de amor, para generar obras de misericordia de manera integral, donde nada humano le sea ajeno, ya sea su pobreza material en todas sus expresiones, o la más grave, la espiritual, con todas sus connotaciones: dudas, ignorancia, miedo, soledad, frustraciones, amarguras…

“Todos somos llamados a esta nueva «salida» misionera. Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamada: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG, 20). La Iglesia se siente enviada a que todos se salven y experimenten el amor de Dios. Su misión es ser «testigo de la misericordia» de Dios.

 

La Iglesia es, en medio de la humanidad, discípula y misionera de la misericordia de Dios. Como discípula, es la primera comunidad que vive de la misericordia de Cristo: siempre se siente mirada y elegida por Él con amor misericordioso. Y como misionera, se inspira en este amor para el estilo de su mandato, vive de él y lo da a conocer a la gente en un diálogo respetuoso con todas las culturas y convicciones religiosas y en un anuncio explícito de Jesucristo como único salvador de todos los hombres.

La auténtica solicitud misionera de la Iglesia se encuentra unida a la fidelidad a la misericordia divina, de ahí toma fuerza la disponibilidad para realizar obras de promoción humana y espiritual, que testimonian que la misericordia es y sigue siendo la fuerza de la misión. La misericordia es el único criterio según el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse o no; es el principio que debe dirigir toda acción y el fin al que debe tender.

El Domund pide a la Iglesia que se involucre y cure las heridas, las alivie con el óleo de la consolación, las vende con la misericordia y las cure con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo (cf Mv 15).

La Iglesia, con la práctica de las obras de misericordia, tanto las corporales como las espirituales, acompaña a una humanidad extenuada y abandonada, poniendo amor donde no lo hay, esperanza donde reina la frustración, compañía en la soledad, luz en la tiniebla, verdad en la mentira, paciencia, perdón, oración. Sin olvidar que en base a ello vamos a ser juzgados.

La Iglesia está llamada a ser testigo veraz de la misericordia de Dios. Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia. Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los que a ella se acerquen. Cada vez que alguien tenga necesidad podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin (cf MV 25).

Una vez más el Señor nos llama para que “salgamos de nuestra tierra” y nos involucremos en la construcción de un mundo nuevo donde reine el amor; donde la grandeza se muestre en la capacidad de hacerse pequeño, último y servidor de los demás; donde nadie llame propio a nada de lo que tiene; donde no haya marginados, ni empobrecidos, ni desgraciados; donde se haga realidad el Designio amoroso de Dios, su Reino de amor.

Sed generosos en la colecta, sed generosos en la colaboración misionera, en la oración por los misioneros y por la conversión de los destinatarios, en la participación a todos los niveles. Además de tantas otras experiencias, sigue abierta la posibilidad de pasar un tiempo en Picota-Perú. Allí está la misión diocesana de Córdoba. Los que han ido desean volver, quedan enganchados. Canalizad toda ayuda a esta misión diocesana por la Delegación de Misiones. Dios os lo pague.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández González
Obispo de Córdoba

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