Ha llegado la Navidad

No se trata del eterno retorno que afirmaban los griegos. Se trata de la sucesión histórica
de los tiempos en los años, que miran al pasado para vivir el presente y proyectar el
futuro. Volver a vivir un acontecimiento no es volver al punto de partida, sino revivirlo,
recordarlo, pasarlo de nuevo por el corazón, y quedar renovados cuando se trata de los
santos misterios de la fe.
La liturgia tiene la propiedad de traernos en vivo y en directo el misterio que estamos
celebrando. En este caso, la Navidad, el nacimiento de Jesucristo como hombre.
Revivimos, volvemos a vivir aquel momento histórico que parte en dos la historia de la
humanidad: antes de Cristo y después de Cristo. Volvemos a vivir, “como si allí
presente me hallara” (S. Ignacio) la fatiga del trabajo de una embarazada que camina a
la ciudad de David, a Belén de Judá, con su esposo José, en donde no encuentran posada
y da a luz en un establo, en una cueva de los pastores.
Volvemos a vivir llenos de admiración y de asombro el nacimiento de un Niño, que es
nada menos que el Hijo eterno de Dios, que ha tomado carne en el vientre virginal de
María, y viene a salvarnos del pecado y del alejamiento de Dios. En su Hijo, Dios sale a
nuestro encuentro en este Niño indefenso y que suscita ternura, para que no tengamos
miedo a Dios. Para que acogiéndolo, él nos haga partícipes de su filiación divina, nos
haga hijos de Dios. Él se hace hombre para nosotros lleguemos a ser dioses. Qué
admirable intercambio.
Volvemos a vivir este parto virginal. Su madre María es virgen al concebirlo por
sobreabundancia de vida, recibida de Dios, sin concurso de varón, que es la vía
ordinaria por la que todos hemos venido al mundo. Ella es icono de Dios Padre, que ha
engendrado a su Hijo en el seno eterno de la Trinidad virginalmente, sin concurso de
nadie más. En aquella generación eterna, Dios Padre nos muestra una vitalidad inefable.
En esta generación humana, en el seno de María, Dios prolonga esa misma virginidad e
inaugura una virginidad semejante para transmitir la vida sobrenatural que viene de
Dios.
María es virgen al parirlo, virgen en el parto, porque este Hijo al nacer, “no menoscabó
la integridad de su Madre, sino que la santificó” (or. ofrendas), y “sin perder la gloria de
su virginidad derramó sobre el mundo la luz eterna” (prefacio I). Si en el parto natural,
la madre lo da y lo retiene, en el parto de María ella fue pura oblación, total donación
sin retenerlo. María con su hijo tiene una relación de total donación, sin quererlo retener
para sí, inspirándonos así toda maternidad y paternidad como donación sin posesividad.
Y María permaneció virgen para siempre, sin relación sexual con José y sin concebir
más hijos, pues su maternidad es completa y termina en Jesús.
Y volvemos a vivir que este Niño que nace, nace para todos. En la Epifanía se muestra a
todos, incluso a los que no son del pueblo elegido, e invita a su Iglesia a ser misionera,
anunciando al mundo entero la alegría del nacimiento de este Niño, que viene a
salvarnos.
La Navidad, por tanto, es fiesta de alegría, y de alegría para todos, incompatible con las
guerras y con el alejamiento de Dios que tantos padecen. En estas fiestas se nos
ensanche el corazón para incluir a todos, y salgamos al encuentro especialmente de los

que sufren por cualquier causa, y más todavía los que sufren por culpa de otros. Este
Niño quiere traer alegría para todos, y la principal alegría es la de tener a Dios con
nosotros.
Feliz y santa Navidad para todos. Que los lazos familiares se refuercen por virtud de
este Niño que ha querido nacer en el seno de una familia, la Santa Familia de Nazaret.
Que desaparezca la tristeza, porque Dios está con nosotros y ha venido para quedarse y
para llevarnos con él. Que crezca nuestra solidaridad con los menos favorecidos, porque
este Niño ha querido nacer como ellos. Y que la paz reine en el mundo, sobre todo en
aquella Tierra Santa en la que nació el Hijo de Dios.
Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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