Homilía del Obispo de Córdoba, D. Juan José Asenjo Pelegrina. 1. "El Señor sostiene mi vida". Con estas palabras, queridos hermanos y hermanas, hemos respondido a la Palabra de Dios de la primera lectura. Con ellas, el autor del salmo 53 da gracias a Dios, auxilio de los débiles, padre bondadoso, providente y fiel, que lo ha tutelado y defendido. Por ello, ofrece a Dios un sacrificio voluntario, dando gracias a su nombre que es bueno. Con estas palabras del salmo 53 doy yo también gracias a Dios, en mi despedida de la Iglesia de Córdoba para iniciar el ministerio pastoral en la Archidiócesis de Sevilla. Sin rubor alguno proclamo con el salmista que "el Señor sostiene mi vida". A su providencia amorosa debo todo lo que soy, el don del bautismo y la vocación cristiana, el don del sacerdocio y el ministerio episcopal. A su providencia amorosa debo también el privilegio de haber servido durante cinco años largos a esta Diócesis, venerable por su pasado glorioso y por sus espléndidas realidades actuales.
2. Ha sido Él en persona, y no un mensajero o un enviado, quien me ha alentado con su gracia, me ha custodiado en su amor y me ha acompañado y sostenido en el servicio pastoral a esta Iglesia tan querida; y todo ello como fruto de su misericordia, de su fidelidad y de su amor sin medida, como reconoce el profeta Isaías cuando hace balance de la historia de Israel. Por ello, es justo que en esta mañana, con los hermanos sacerdotes, con los consagrados, los seminaristas y con todos vosotros, hermanos y hermanas, ofrezca al Señor, como el salmista, un sacrificio de alabanza; y no cualquier sacrificio, sino el sacrificio de la sangre de Cristo que tiene valor infinito, dando gracias al Padre por medio de Él, con salmos, himnos y cánticos inspirados, como nos ha pedido San Pablo en la segunda lectura.
3. Mi acción de gracias se extiende también a todos vosotros, a los Vicarios Generales y Episcopales que han colaborado conmigo, al Colegio de Consultores, al Cabildo Catedral, a los Delegados Diocesanos y Directores de Secretariados, a los Consejos del Presbiterio y de Arciprestes, al personal de la Curia, a los formadores de los Seminarios, y a todos vosotros, sacerdotes, consagrados y laicos, miembros de la Acción Católica, de los grupos y movimientos apostólicos, del Camino Neocatecumenal, de Cursillos de Cristiandad y de las Hermandades y Cofradías, que a mi llegada a Córdoba en septiembre de 2003 me acogisteis con los brazos abiertos y me habéis dado tantas pruebas de afecto y amistad sincera, colaborando con entusiasmo y eficacia en la edificación de nuestra Iglesia diocesana.
4. Permitidme que nombre también a los seminaristas de los tres Seminarios y a los jóvenes integrados en la Delegación de Pastoral Juvenil, en la Pastoral Universitaria y en la Acción Católica, motivo vivísimo de esperanza para esta Iglesia diocesana. No puedo dejar de manifestar también mi gratitud a las autoridades civiles, militares, y judiciales y académicas, que han querido participar en esta Eucaristía de despedida, por la colaboración y el aprecio que siempre me han mostrado. Todos tendréis siempre en Sevilla una casa, un hermano y un amigo leal, dispuesto a serviros en lo que me sea posible.
5. Estad seguros de que me llevo de Córdoba un recuerdo imborrable. Es mucho lo que de vosotros he recibido. Por ello, os reitero una vez más que llevo a la Diócesis en el corazón y que siempre recordaré con gratitud la calidad humana y cristiana de sus gentes y la bondad, entrega, celo y hondo espíritu sacerdotal de los buenos sacerdotes cordobeses, que tanto me han edificado y ayudado. Recordaré también con gratitud lo que ha representado para mí en estos años la oración de los contemplativos y el testimonio y el trabajo abnegado de los consagrados, en la escuela católica, en la catequesis, en el servicio a las parroquias y en las tareas caritativas y sociales. Os aseguro que recordaré siempre con nostalgia las ceremonias solemnísimas de esta Catedral y las celebraciones que me ha correspondido presidir en las parroquias de la Diócesis en los más diversas circunstancias.
6. Durante cinco años habéis sido mi familia en la fe. Con vosotros he compartido las preocupaciones, el trabajo y el intercambio de dones. A partir del próximo sábado, me integraré en una nueva familia diocesana sin romper del todo los vínculos que me unen con vosotros. Seguiré sirviendo durante unos meses a la Diócesis como Administrador Apostólico, y después, como os decía en mi carta del pasado 13 de noviembre, seguiremos unidos a través de los lazos misteriosos e invisibles, pero reales, de la Comunión de los Santos. Cada mañana o cada tarde nos encontraremos en la celebración de la Eucaristía. Encomendad entonces mi fidelidad y la fecundidad de mi ministerio.
7. Tened por cierto que yo encomendaré cada día a vuestro nuevo Pastor y a todos los hijos e hijas de la Diócesis para que seáis siempre fieles a vuestra historia cristiana, para que sigáis siendo, como os pedía en la homilía de mi toma de posesión en esta Catedral, una comunidad cristiana viva, orante y fervorosa, que vive de la Palabra de Dios y de la Eucaristía, una comunidad fraterna y unida, que vive la alegría de la salvación y que anuncia a Jesucristo vivo con la palabra y, sobre todo, con el testimonio elocuente, atractivo y luminoso de su propia vida. Pediré también que respondáis con generosidad a las muchas gracias con que el Señor os ha bendecido en los últimos años compartiendo vuestros dones con otras Iglesias cercanas o lejanas. Todo ello será el mejor modo de revivir hoy la historia gloriosa de esta Diócesis, venerable por la santidad de sus hijos más preclaros que son los santos.
8. La Eucaristía, además de sacrificio de alabanza y de acción de gracias, es también sacrificio expiatorio. En esta mañana, tengo muy presentes mis faltas personales y mis deficiencias en el servicio a la comunidad diocesana a lo largo de estos cinco años. Por todas ellas he pedido perdón al Señor en el acto penitencial y os pido perdón también a vosotros, mis hermanos y hermanas. Siento en el alma no haber sabido entregarme al servicio de la Diócesis como vosotros os merecíais. Siento especialmente no haber servido a los sacerdotes con la intensidad que hubiera deseado y no haber podido llegar a tantos lugares de la Diócesis que reclamaban mi presencia. Pido perdón humildemente a aquellos hermanos y hermanas a los que haya podido ofender o molestar y a quienes han sufrido por mis acciones u omisiones.
9. Acabamos de escuchar un fragmento del Evangelio de San Marcos, que he elegido a propósito para esta ocasión. Jesús está subiendo a Jerusalén para consumar su misión salvadora y aprovecha los descansos del camino para anunciar a los Apóstoles su cercana pasión e instruirles sobre su futura misión pastoral entendida como servicio. Son indicaciones preciosas también para mí, llamado a prolongar la misión de Jesucristo, Buen Pastor. En esta mañana quisiera sentarme una vez más en la escuela de Jesús con las actitudes y el corazón del discípulo, para que Él me aleccione y enseñe a apreciar y gustar
la cruz, que es locura para los gentiles y escándalo para los judíos, pero, "para nosotros, fuerza de Dios y sabiduría de Dios". En la cruz se hizo patente el amor inaudito de Dios por la humanidad. Jesucristo declaró su amor a los hombres con el lenguaje de la cruz; y nosotros, los Obispos, los sacerdotes y diáconos, ministros de Cristo y dispensadores de la gracia redentora, no podemos anunciar a los hombres que Dios les ama, ni comunicarles la gracia que nace del costado de Cristo dormido en la cruz si no es a través de este lenguaje. Pedid al Señor en esta Eucaristía que en la etapa que ahora inicio anuncie siempre a Jesucristo muerto y resucitado para nuestra salvación, que crezca cada día en amor al Crucificado y en mi identificación con Él.
10. En esta mañana percibo como dirigida especialmente a mí la palabra de Jesús que se nos acaba de anunciar: "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos". Este es el fin último de todo ministerio ordenado en la Iglesia y muy especialmente del ministerio del Obispo: ser servidor humilde y fiel de Jesucristo, nuestro único Señor; ser servidor, abnegado hasta el agotamiento, del pueblo que se le ha confiado; ser servidor de la fe, de la verdad y del encuentro de los hombres con Dios; ser servidor de la esperanza, de la comunión, la reconciliación y la paz; ser servidor de los más débiles, de los más despreciados y necesitados, acogiéndoles y cuidándoles con especial esmero, como hace el Señor con el niño en el Evangelio que acabamos de escuchar, con la conciencia de que al acoger a los más pobres estamos acogiendo, recibiendo y sirviendo a Jesús y en Él al Padre que le envió.
11. En la Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, el Santo Padre Juan Pablo II, que me llamó al ministerio episcopal, que me envió a esta Diócesis, y cuyo testimonio de entrega a Jesucristo y a la Iglesia tanto ha significado para mi y para muchos de
nosotros, al tiempo que describía los retos y urgencias más acuciantes de esta hora en nuestro Continente, nos decía que la misión de la Iglesia en este contexto social es "seguir el camino del amor… un amor que pasa por la caridad evangelizadora, el esfuerzo multiforme en el servicio y la opción por una generosidad sin pausas ni límites". Es lo que pido al Señor en esta Eucaristía: que no olvide nunca que la verdad más profunda del ministerio episcopal es servir, que recorra cada día el camino del amor y que me conceda la generosidad sin pausas ni límites a la que se refiere el Papa y de la que él ha sido el espejo en el que todos debemos mirarnos. Al mismo tiempo que lo pido al Señor para mí, lo pido también para vosotros, hermanos y hermanas que habéis tenido la deferencia, que yo os agradezco de corazón, de acompañarme en esta Eucaristía de acción de gracias.
12. En las manos maternales de la Virgen, la humilde sierva del Señor, en sus títulos de la Fuensanta y Araceli, ante cuyas imágenes tantas veces he celebrado la Eucaristía, puse en su día el ministerio que la Iglesia me encomendaba en esta Diócesis. Ella me ha acompañado y protegido a lo largo de estos años. A ella, en sus títulos de la Sierra de Cabra y de Gracia de Benamejí, cuyas imágenes he tenido el honor de coronar; a María Auxiliadora de los cristianos, que si Dios quiere coronaré en nombre del Papa Benedicto XVI en la próxima primavera; a las Vírgenes de Belén de Palma del Río y del Campo de Cañete de las Torres, que serán coronadas en el año 2010, y a la Virgen de los Reyes, patrona de Sevilla, encomiendo hoy el ministerio que estoy a punto de comenzar. Que su intercesión maternal lo haga fecundo para gloria de Dios y bien de la Iglesia que se me confía. Así sea.
+ Juan José Asenjo Pelegrina
Obispo de Córdoba