Estad siempre alegres

Carta Pastoral del Obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández González.

El tercer domingo de adviento nos invita a la sana alegría que brota de la fe: “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”. La vida cristiana no es una vida triste. La vida cristiana destila una serena alegría que brota del corazón reconciliado con Dios y con los hermanos. 

La alegría a la que se nos invita en estas fechas es la alegría que brota de que el Señor está cerca. Él viene continuamente a nuestras vidas de múltiples maneras: en la Eucaristía, en la Palabra, en el perdón, en la comunidad reunida o dispersa, en cada hombre y en cada acontecimiento, especialmente se nos hace pedigüeño en cada persona necesitada que reclama nuestra atención. El Señor está cerca de nosotros y nos convida a entrar en comunión con él, abriendo nuestro corazón. “Estoy a la puerta llamando. Si alguno me abre, entraré y cenaremos juntos” (Ap 3, 20). El Señor, que ya está presente en nuestras vidas, quiere entablar una relación más profunda, que sacie más plenamente nuestro corazón. El anuncio de esta venida llena nuestro corazón de alegría. 

Como un anticipo de la Navidad, el Señor nos ha concedido el gran regalo de siete nuevos diáconos para nuestra diócesis de Córdoba y para la Iglesia universal, que pronto serán ordenados presbíteros. Han sido ordenados recientemente en la fiesta de la Inmaculada, y constituyen una realidad y una promesa que viene a enriquecer nuestro presbiterio diocesano. Cómo no darle gracias a Dios por este reglado tan excelente. Ellos son fruto generoso de familias cristianas, de parroquias vivas, de unos sacerdotes y catequistas que les han transmitido con su testimonio y su palabra la alegría del Evangelio. Ellos son fruto de nuestros Seminarios diocesanos –el Seminario de San Pelagio y el Seminario Redemptoris Mater–. Ellos son un fruto precioso de la Iglesia madre que quiere seguir cuidando de los hombres a través de ministros que prolongan al Buen Pastor, Jesucristo. 

Las fiestas de Navidad que se acercan son un motivo muy hondo de alegría para el creyente cristiano. El Hijo de Dios viene en nuestra carne mortal para hacernos partícipes de su inmortalidad, de su vida divina. ¡Oh, qué admirable intercambio! El Hijo de Dios se hace hombre para hacernos a nosotros hijos de Dios. Esta salvación no es algo que sucedió y la recordamos como algo del pasado, sino que está sucediendo hoy, está sucediendo para nosotros y para toda la humanidad. A través de los santos misterios que celebramos en la liturgia hoy nos llega a nosotros esta salvación. En el tercer domingo de adviento vemos como despunta el día con ese color rosáceo de la aurora. 

La Navidad es Jesucristo, y celebrar la Navidad es encontrarse con Jesucristo y encontrar en él la salvación. Quizá para muchos la Navidad ha quedado vacía de su contenido real. Quizá para muchos, incluso cristianos y creyentes, la Navidad no pasará de ser una fiesta de familia, e incluso ni siquiera eso. Habrá muchos que vivirán la Navidad como un momento de pura diversión. La Palabra de Dios nos advierte: “Despojémonos de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujurias ni desenfreno, nada de rivalidades ni envidias…” (Rm 13, 12-13). La alegría de la Navidad, si es auténtica, no deja resaca, no fatiga. Por el contrario, la alegría de la Navidad es estimulante y supone para nosotros un impulso para vivir más cerca de Dios y más abiertos a nuestros hermanos. La Navidad viene a centrarnos más en Dios y en la misión que Dios nos ha encomendado, para ayudarnos a cada uno a cumplir cada vez mejor las obligaciones de nuestro estado y de nuestra vocación. Si vivimos así la Navidad, nos habremos enterado de la fiesta, y esperar esta fiesta es motivo de gozo exultante. El Señor viene a salvarnos, estad alegres. “Desbordo de gozo con el Señor”. “Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”. Que María nos comunique el gozo de su corazón. 

Con mi afecto y mi bendición: 

+ Demetrio Fernández
Obispo de Córdoba

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