Él te dará agua viva

Carta del obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández

El tercer domingo de cuaresma nos presenta la escena preciosa de Jesús en diálogo con la Samaritana, que tiene como centro el agua viva. Qué bonito pasaje, qué delicadeza la del Señor al acercarse a esta mujer, sin remilgos y con todo respeto. Iba cansado del camino y se sentó al borde del pozo de Sicar, en el manantial de Jacob. Jesús entra directamente: dame de beber. Jesús tiene sed, la misma sed que gritará desde la Cruz, sed del Espíritu Santo, sed de la fe de aquella mujer que estaba perdida.

El agua tiene todo un significado simbólico en este y otros pasajes del evangelio. Es como la gracia de Dios, en cuya ausencia nos morimos de sed, y que Jesús ha venido a traer a raudales, sin agotarse, capaz de saciar a todo el que se acerque a beber de él. “El que tenga sed que venga a mí y beba el que cree en mí; de sus entrañas manarán torrentes de agua viva” (Jn 7,37). Al acercarse Jesús a aquella mujer le pide agua para anunciarle un agua viva.

Jesús no le reprocha nada, pero le recuerda su propia historia, una historia de desamor y desengaños. Ha tenido seis hombres, y ninguno ha podido saciar esa sed honda que el corazón humano siente de ser amado de verdad. La mujer al sentirse conocida y amada de una manera nueva, como nadie nunca la había amado antes, le pide a Jesús esa agua viva de la que su corazón está tan necesitado.

“Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. Aquella mujer descubrió a Jesús, como el que tenía que venir a salvar el mundo, y se hizo discípula misionera de Jesús. Fue a su pueblo y habló de Jesús a sus paisanos, habló de Jesús con entusiasmo, hizo partícipes a los demás de su propia experiencia de sentirse amada por Jesús. Y muchos creyeron en Jesús por el testimonio de la Samaritana y le pidieron que se quedara con ellos algún día. Para Dios no hay discriminación de hombre o mujer, unos y otros están llamados a entrar en el corazón de Cristo, experimentar su amor incondicional y ser testigos de ese amor ante los demás. Nadie nos ha amado nunca como nos ama Jesús, en cuyo corazón encontramos la misericordia abundante de Dios para nuestras vidas.

Santa Teresa de Jesús se sentía muy identificada en este pasaje de la Samaritana. Locamente enamorada del Señor, se identificaba con esta mujer a la que Jesús le ofrece un amor sin medida, sin egoísmo, un amor que sana y redime, un amor que dignifica. Amante de la naturaleza, del agua, las flores, Santa Teresa gustaba detenerse a contemplar este pasaje, donde Jesús nos ofrece un agua viva, que sacia los deseos más hondos del corazón humano, gustaba identificarse con esta mujer pecadora a la que Jesús sana con un amor redentor.

La cuaresma no es simplemente un camino por el desierto árido de la penitencia. En este camino encontramos también oasis con agua abundante, en los que podemos reponer fuerzas para seguir adelante. Ese oasis es el corazón de Cristo, manantial abundante de Espíritu Santo, fuente de gozo y de salvación, perdón abundante para nosotros pecadores.

En estos domingos celebramos el Día del Seminario, los seminaristas recorren la diócesis en misión vocacional, dando testimonio de su encuentro con Jesús, que les ha cambiado la vida. Necesitamos sacerdotes para nuestra diócesis y para la Iglesia universal. Sacerdotes santos. Oremos por los que se preparan al sacerdocio en el Seminario, oremos por sus formadores y oremos especialmente por los jóvenes que sienten la llamada y se lo están pensando. En nuestra diócesis de Córdoba hay un clima vocacional, donde párrocos, catequistas, familias y otros jóvenes contribuyen a que la respuesta a la llamada de Dios sea posible. Sed generosos en la colecta del Día del Seminario, Dios os lo pagará.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández

Obispo de Córdoba

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