«El Señor continúa llamándonos»

Homilía en la Misa Crismal del Obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández, celebrada en la Catedral.

Queridos sacerdotes y seminaristas, queridos fieles, hermanos todos en el Señor.

Querido D. Rafael Madueño Canales, canónigo emérito, que el próximo 20 de agosto cumplirá 100 años y hace un mes cumplió 73 años de sacerdote. Enhorabuena.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres” (Lc 4,18).

La celebración de la Misa Crismal vuelve a reunirnos en torno a Cristo Sacerdote, el Ungido por el Espíritu Santo, que nos hace partícipes a todos los cristianos de su único sacerdocio. Jesucristo es el sacerdote nuevo de la Nueva Alianza, que hace de su vida una ofrenda agradable al Padre, entregándose una sola vez para siempre.

La novedad del sacerdocio de Cristo

Es nuevo el sacerdote, el pontífice, Jesucristo. El es Dios, como su Padre, “resplandor de la gloria del Padre e impronta de su sustancia” (Hbr 1,3). Y es hombre como nosotros, “en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado” (Hbr 4,15). Sacerdote perfecto, porque une a Dios y a los hombres no como intermediario, sino como Mediador, siendo él mismo hombre y Dios al mismo tiempo.

Es nueva la víctima. Ya no es un animal, un macho cabrío, un toro, etc. Ni frutos del campo, propios de la cosecha del hombre. “No te agradan los sacrificios ni los holocaustos, pero me has dado un cuerpo” (Hbr 10,5). Jesucristo ha ofrecido su propia vida, ha puesto en su sacrificio su propia existencia. La víctima no es algo externo, sino su propio corazón. Se ha ofrecido a sí mismo. Y ha inaugurado de esta manera un culto nuevo, la ofrenda de la propia vida, movido por el amor del Espíritu Santo. Víctima perfecta, cordero inocente, un corazón abrasado de amor, horno ardiente de caridad.

Es nuevo el acto de culto realizado, el sacrificio, “una vez para siempre” (Hbr 7,27; 9,12, etc.). No necesita ofrecerse cada día, como los antiguos sacrificios del Templo, sino que se ha ofrecido de una vez para siempre. Es un sacrificio pluscuamperfecto. La Eucaristía actualiza sacramentalmente aquel único sacrificio, trayéndolo hasta nosotros en el altar y llevándonos a nosotros hasta él, haciéndonos contemporáneos de la ofrenda en el Calvario, hecha una vez para siempre.

Participado de distinta manera

Este único sacerdocio de Cristo es participado por dos cauces diferentes: Por el sacramento del bautismo y por el sacramento del orden. Diferentes no sólo de grado, sino esencialmente diferentes, y ordenados el uno al otro (cf LG 10). Por el bautismo somos identificados con el Hijo, somos hechos hijos, y él nos convierte en ofrenda de amor permanente. Por eso, los fieles concurren en la ofrenda eucarística, no sólo por mediación del ministro ordenado, sino en virtud de su propio bautismo. El bautismo nos hace ofrenda agradable a Dios por la acción del Espíritu Santo. Ahora bien, para que nuestra ofrenda bautismal pueda unirse a la única ofrenda de Cristo, es preciso que Cristo se haga presente en medio de nosotros por medio de su sacerdocio ministerial, es decir, en cuanto Cabeza de su Cuerpo que es la Iglesia. Y esta participación de la “capitalidad” de su sacerdocio se comunica y se transmite por el sacramento del orden en los ministros ordenados.

Un solo sacerdocio en Cristo. Dos participaciones diferentes en sus fieles, la del bautismo y la del orden. Sacerdocio común y sacerdocio ministerial. Esta realidad se hace especialmente presente en esta Misa crismal, donde Cristo sacerdote hace partícipe de su único sacerdocio a su Esposa la Iglesia, dotándola de sacerdotes ministros que están en la base y al servicio del sacerdocio bautismal. Iglesia sacerdotal, llamada a perpetuar la ofrenda de Cristo en medio de los hombres por el ministerio de los sacerdotes. Iglesia sacerdotal, donde todos sus miembros están llamados a la ofrenda de su propia vida prolongando la ofrenda de Cristo por la acción del Espíritu Santo.

No es anterior la comunidad, y luego vino el ministerio. Como tampoco es anterior el ministerio sin que hubiera comunidad. Comunidad y ministerio son simultáneos. Y no existe Iglesia si no hay ministros de Cristo Cabeza, que la hacen posible y la sustentan.

La Misa Crismal sólo puede celebrarla el Obispo, es decir, aquel que ha recibido la plenitud del sacerdocio ministerial y es sucesor de los Apóstoles. Sólo él puede consagrar el santo Crisma, y con él concelebran los presbíteros, que han recibido el sacerdocio de segundo grado, colaboradores del Obispo en el servicio ministerial al pueblo de Dios. La Misa Crismal es por tanto una expresión sacramental de la naturaleza de la Iglesia, que sin el sacerdocio ministerial no sería la Iglesia del Señor.

Dentro de la Iglesia y al servicio de la Iglesia, la Misa Crismal es una preciosa celebración del sacerdocio ministerial. Por eso, en esta misa, propia del jueves santo y adelantada a hoy por razones pastorales, los sacerdotes renuevan las promesas del día de su ordenación sacerdotal.

El Espíritu Santo, amor que envuelve e impulsa la ofrenda

El Espíritu Santo ha ungido la carne de Cristo y la ha preparado para la ofrenda. A eso se refiere Jesús en el pasaje de la sinagoga de Nazaret, su pueblo: “Esta Escritura se cumple hoy entre vosotros”. Jesús se sabe ungido por el Espíritu Santo y viene a decirnos que Él es el Ungido, el Cristo, el Mesías. Es el Espíritu el que le lleva al desierto para ser tentado, es el Espíritu el que le conduce a la misión, es el Espíritu el que le abrasa en la Cruz con un fuego que le hace sentir una sed insaciable: “Tengo sed” (Jn 19,28). Se ofreció en virtud del Espíritu eterno ( cf. Hbr 9,14), es decir, el Espíritu Santo no sólo le movió, sino que fue como el fuego que abrasó esa ofrenda, como el fuego sagrado que hizo agradable ante el Padre aquella ofrenda de amor en expiación por los pecados del mundo entero. En la Misa Crismal, por tanto, aparece el Espíritu Santo como el amor personal de Dios que se derrama en nuestros corazones a través de los sacramentos y que ha consagrado especialmente a los presbíteros para enviarlos a prolongar la presencia de Cristo en medio de los hombres. Cada uno de nosotros, queridos sacerdotes, puede repetir hoy las palabras de Jesús en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado…”. Al renovar nuestras promesas sacerdotales, damos gracias a Cristo Jesús, “que se fio de mí, me hizo capaz y me confió este ministerio, y eso que yo era un pecador” (1Tm 1,12). A pesar de nuestras debilidades y pecados, el Señor continúa llamándonos, continúa fiándose de noso
tros, pone en nuestras pobres manos ese tesoro que llevamos en vasijas de barro para que se vea que un don tan grande viene de Dios y no procede de nosotros (cf 2Co 4,7).

¡Qué don tan grande!, queridos sacerdotes. Qué tremenda responsabilidad. Una vez más san Juan de Avila nos invita a caer en la cuenta de tan alta dignidad, que nos estimule a ser santos para estar a la altura del don recibido: “Mirémonos, padres, de pies a cabeza, ánima y cuerpo, y vernos semejables a la Virgen María, que con sus palabras trajo a Dios a su vientre… Relicarios somos de Dios, casa de Dios… a los cuales nombres conviene gran santidad” (Al sínodo diocesano de Córdoba, 1536).

A los seminaristas y a los sacerdotes, promotores de nuevas vocaciones

Queridos seminaristas, que habéis recibido la llamada a esta alta misión. No tengáis miedo, alimentad cada día en vuestro corazón la llama del amor, que el Espíritu Santo ha puesto en vuestros corazones juveniles. Vivid con entusiasmo vuestra preparación al sacerdocio ministerial. Nunca os parezca demasiado lo que la Iglesia os propone para completar vuestra formación. Permitidme que os diga: Es precioso ser sacerdote, ser presbítero u obispo. Podemos decir con el salmista: “Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad” (S 16,6). Encontraréis entre los sacerdotes de todas las edades curas muy buenos, que renuevan hoy su entrega y quieren darle al Señor lo mejor de sí mismos. Seguid su ejemplo. Hoy contamos con el testimonio de D. Rafael Mandueño. Damos gracias a Dios por su fidelidad a lo largo de toda su vida, una vida larga y dilatada. Y de tantos sacerdotes que hacen de su vida una ofrenda continua al Señor para el bien de los hombres.

Queridos sacerdotes. Nos toca vivir tiempos recios, y por eso mismo apasionantes, en la preciosa tarea de anunciar el Evangelio, de prolongar a Cristo en nuestros días. Pido a Jesucristo el Señor que envíe de nuevo su Espíritu Santo sobre vosotros, y os renueve desde dentro en la entrega total de vuestras vidas al servicio del Evangelio. Renovar hoy delante de Dios y delante de la Iglesia vuestras promesas sacerdotales, os traiga la alegría de quien ha entregado su vida y no quiere ya tomarla de nuevo. Lo que se da no se quita. Que el Señor y su madre bendita, Santa María, os acompañen siempre y os confirmen en este santo propósito.

Ahora bien, no vale la pena vivir el sacerdocio a medias, instalándose en un clima de mediocridad. Ni de Dios ni del mundo. La alegría y el gozo de ser sacerdotes es una de los principales ingredientes de la evangelización en nuestros días, y es uno de los mejores estímulos de la pastoral vocacional. Un sacerdote que apenas viviera su celibato, que no se planteara su vida en pobreza evangélica, que buscara hacer su voluntad, sustrayéndose a la obediencia, es un sacerdote mediocre. Ese sacerdote hace daño. Os invito a todos, queridos sacerdotes, a vivir vuestro sacerdocio con entusiasmo, con ganas de comunicar a otros con nuestra vida lo que hemos visto y oído. Un sacerdocio vivido en clave de santidad. Comunicad a los jóvenes, a los adolescentes y a los niños la belleza de la vida sacerdotal.

Necesitamos más sacerdotes, Córdoba necesita más sacerdotes, y para eso más seminaristas en nuestros seminarios diocesanos. Tened entre vuestras principales tareas la de proponer a los niños y a los jóvenes la vocación sacerdotal. En la preparación para la Jornada Mundial de la Juventud, ayudemos a los jóvenes a ser de Cristo, y hagamos la propuesta de una vida entregada o al sacerdocio o a la vida consagrada.

En mi Visita pastoral por las distintas parroquias no dejo de hacerlo, y encuentro en muchas parroquias y comunidades la oración continua pidiendo por las vocaciones. Gracias, queridos sacerdotes, por todo lo que hacéis en este campo, por cuidar de los monaguillos, por hablarles a los jóvenes del sacerdocio, por traer muchachos que quieran ir al Seminario Mayor y Menor. De todas vuestras tareas pastorales, ésta debe ser la preferida. Y cómo se nota cuando un sacerdote tiene interés por este campo de pastoral. Un sacerdote verdaderamente entusiasmado comunica entusiasmo a su alrededor.

Renovemos las promesas sacerdotales. Tengamos presentes a nuestros hermanos que sufren la enfermedad, la vejez o cualquier tipo de problema. Estemos cerca especialmente de quienes vacilan en su fidelidad. Pidamos al Dueño de la mies que mande obreros a su mies. Nos encomendamos a la Virgen Santísima, madre de los sacerdotes, y pedid al Señor por mí para que sea siempre un obispo según el Corazón de Cristo.

+ Demetrio Fernández
Obispo de Córdoba

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