El Espíritu Santo os guiará hasta la verdad plena

La fiesta de Pentecostés es como el broche de oro del tiempo pascual. Es un punto
culminante en el año litúrgico, como lo es la Navidad o la Resurrección del Señor. Es la
Pascua de Pentecostés, el paso del Espíritu Santo por nuestra vida para reanimarnos y
encendernos en el amor de Cristo.
El centro de nuestra vida cristiana es una persona, es Jesucristo. Pero no tendríamos
acceso a él, si no fuera por el Espíritu Santo. Ya nos lo dijo Jesús: “Os conviene que yo
me vaya, porque si no me voy no vendrá el Paráclito” (Jn 16,7). La presencia cercana,
en carne viva de Jesús en la tierra se convierte ahora en presencia espiritual de Jesús en
nuestras almas. La carne ha sido espiritualizada por la acción del Espíritu Santo, la
carne de Cristo ha sido resucitada por ese mismo Espíritu. Esa carne de Cristo viene
hasta nosotros en la Eucaristía por la acción del Espíritu Santo.
En cada uno de nosotros, y en la Iglesia, el Espíritu Santo viene a ser como el alma de
nuestra alma. Toda la vida cristiana consiste en dejarse mover por el Espíritu Santo. De
esta manera, somos hechos nuevas criaturas en el bautismo, por el agua y el Espíritu
Santo. Esa nueva vida se alimenta en la Eucaristía, se restaura en el sacramento del
perdón. El Espíritu Santo está presente en todos y cada uno de los sacramentos con su
poder y virtud para transfundirnos los sentimientos y las virtudes de Cristo. Por eso,
invocamos continuamente al Espíritu Santo, que quiere entrar en nuestro corazón y
transfigurarnos a la medida de Cristo.
Cuando en la vida cristiana se llega a reconocer la acción del Espíritu Santo, que actúa
constantemente casi sin darnos cuenta, alcanzamos la libertad de los hijos de Dios. El
Espíritu Santo llena de amor nuestros corazones y nos enseña a amar al estilo de Cristo.
Sería imposible para nosotros imitar a Cristo, vivir como él, parecernos a él, si no fuera
por la acción silenciosa y eficaz del Espíritu Santo en nuestras vidas. Por eso, ven
Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Vivimos un nuevo Pentecostés en nuestros días. Proliferan por todas partes las
experiencias del Espíritu Santo, los grupos carismáticos, la renovación en el Espíritu,
los seminarios sobre el asunto. Ojalá todo ello redunde en una verdadera reforma de la
Iglesia desde dentro, si quienes fomentan esta relación se dejan mover por el Espíritu
Santo, que les llevará a la santidad plena.
Coincidiendo con esta gran fiesta, celebramos también el Día de la Acción Católica y
del Apostolado Seglar, con el lema “Laicos por vocación, llamados a la misión”. La
vocación del laico en la Iglesia no es una vocación residual, o por defecto. Una persona
es llamada a vivir como seglar en la Iglesia no porque no sea otra cosa, sacerdote o
consagrado, sino porque se siente llamado a vivir en el mundo la vida cristiana, para
transformar el mundo desde dentro a manera de fermento y para ordenar los asuntos
temporales según Dios.
Para un seglar, el mundo es el lugar donde vive, pero además es el lugar donde se
santifica. La inmersión en el mundo, sin hacerse del mundo, es lo propio de la vida
seglar: la familia santificada por el sacramento del matrimonio, los hijos y su crianza, el
trabajo profesional como mundo de relaciones justas y fraternas, el mundo de la cultura,
donde viven los hombres, la vida pública en todas sus dimensiones, la presencia en las

sociedades intermedias de la sociedad e incluso el compromiso en un partido político.
Todo eso y más corresponde al seglar que vive en el mundo.
Pidamos que los laicos de nuestra diócesis crezcan y se afiancen en su vocación laical
para transformar el mundo y hacer de él una antesala del cielo.
Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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