Amad a vuestros enemigos

La enseñanza de Jesús en el evangelio de este domingo es “brutal”, como dicen en lenguaje coloquial muchos jóvenes. Se trata de una enseñanza que choca frontalmente con nuestra manera de entender las cosas, como chocaba en tiempos de Jesús y chocará en todas las épocas. Jesús en este Sermón de la Montaña va contraponiendo la mentalidad del corazón humano, incluso formado religiosamente, y la novedad de su evangelio.

Se había dicho en la ley de Moisés: “Amad a vuestro prójimo y odiad a vuestro enemigo”. Pero yo os digo: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian”. Son palabras sublimes que no han salido de la boca de ningún otro personaje humano.

Las palabras de Jesús van acompañadas por toda una vida, son expresión genuina de sus actitudes más profundas. Jesús en el evangelio aparece así: perdonando, amando sin medida, acercándose a los alejados de Dios y tendiéndoles su mano para acercarlos. Jesús en el fondo es la suprema revelación de Dios al hombre. El corazón de Dios es así: no rechaza a nadie, acoge a todo el que acude a él, sea de la condición que sea, y tiene especial preferencia por los pecadores, los que le han ofendido queriendo o sin querer. La Iglesia es prolongación en el tiempo de ese corazón de Dios para todos los humanos.

Esa paciencia infinita de Dios es nuestra salvación. Él nos espera siempre, y espera y espera más allá de nuestros cálculos, de nuestros esquemas, de nuestras medidas. Así se revela Jesús, cuando nos abre su corazón. Ha venido a buscar a los pecadores, come con ellos. No le asusta llamar a Mateo, pecador público, para ser uno de sus apóstoles y evangelistas. No rechaza a la mujer adúltera sorprendida en flagrante adulterio, sino que la perdona. Se autoinvita a cenar en casa de Zaqueo, un pecador público, llevando la salvación a su casa.

Páginas preciosas del evangelio como la parábola del hijo pródigo, o la oveja perdida y buscada hasta ser encontrada para llevarla con alegría sobre los hombros, tienen de fondo esta misericordia inagotable del corazón de Cristo. Nadie en la historia ha podido pronunciar estas palabras de amor, de perdón, de misericordia para con los pecadores. “Sólo tú tienes palabras de vida eterna”, le respondió Pedro (Jn 6,68). Y sus palabras van respaldadas por toda una vida.

Seguir a Jesús es entrar en la órbita de su vida, de sus actitudes, de sus enseñanzas. Cuando en el seguimiento de Jesús, nos descubrimos capaces de perdonar, capaces incluso de amar a los que nos hacen mal, es porque el Espíritu Santo ha entrado en nuestro corazones y nos va cambiando nuestra manera de ser, nos va divinizando, nos va dando los mismos sentimientos del corazón de Cristo.

Tocamos en estas actitudes el núcleo más original del evangelio, las pautas de la verdadera civilización del amor. “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”, nos enseña san Juan de la Cruz. No se trata de un voluntarismo o de un propósito de nuestra voluntad. Se trata más bien de abrir el corazón a la acción del Espíritu Santo para que nos haga como Jesús. Sin estas actitudes es imposible vivir la vida cristiana en cualquiera de sus vocaciones o estados.

Toda persona necesita ser amada más allá de sus debilidades, de sus pecados, de sus torpezas. Sólo el amor es capaz de curar, de sanar las heridas del corazón. “Amad a vuestros enemigos” es la mejor medicina para construir una convivencia sana, para restaurar corazones heridos, para perdonar sin medida, como hace Dios con nosotros. Amar a los enemigos, hacer le bien a los que nos hacen mal es parecerse a Dios-

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández
Obispo de Córdoba

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