Fieles al compromiso misionero de nuestro bautismo

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El pasado día de San Juan de Ávila, a través de la carta apostólica en forma Motu Proprio Antiquum Ministerium, el Papa Francisco instituía el ministerio de catequista. De este modo, el Papa se sitúa también en la senda de su predecesor San Pablo VI que “con clarividencia […] promulgo la Carta apostólica Ministeria quaedam” por la que instituía también los ministerios  de Lector y de Acólito. Pero, ¿qué significado tiene, sin lugar a dudas, esta buena noticia?

En primer lugar conviene recordar, con la misma carta apostólica, que “es tarea de los Pastores apoyar […] y enriquecer la vida de la comunidad cristiana con el reconocimiento de ministerios laicales capaces de contribuir a la transformación de la sociedad mediante ‘la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico’ (EG 102)” (5). Se trata, pues, de “un servicio estable que se presta a la Iglesia local según las necesidades pastorales identificadas por el Ordinario del lugar, pero realizado de manera laical como lo exige la naturaleza misma del ministerio” (8).

En segundo lugar, sin olvidar el valor indiscutible del apostolado laical, nos recuerda Antiquum Ministerium, citando la Constitución dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II, cómo “‘los laicos también pueden ser llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata con el apostolado de la Jerarquía, al igual que aquellos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho por el Señor’ (LG 33)” (6).

Tercero, es un dato esencial tener en cuenta que “recibir un ministerio laical como el de Catequista da mayor énfasis al compromiso misionero propio de cada bautizado, que en todo caso debe llevarse a cabo de forma plenamente secular sin caer en ninguna expresión de clericalización” (7).

Cuarto. “Este ministerio posee un fuerte valor vocacional que requiere el debido discernimiento por parte del Obispo y que se evidencia con el Rito de Institución” (8). Por lo que se requieren unas condiciones mínimas para su recepción: “[…] hombres y mujeres de profunda fe y madurez humana, que participen activamente en la vida de la comunidad cristiana, que puedan ser acogedores, generosos y vivan en comunión fraterna, que reciban la debida formación bíblica, teológica, pastoral y pedagógica para ser comunicadores atentos de la verdad de la fe, y que hayan adquirido ya una experiencia previa de catequesis. Se requiere que sean fieles colaboradores de los sacerdotes y los diáconos, dispuestos a ejercer el ministerio donde sea necesario, y animados por un verdadero entusiasmo apostólico” (8).

Mientras tanto, quedamos a la espera de que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos promulgue el Rito de Institución del ministerio laical de Catequista así como que la Conferencia Episcopal Española, secundado la propuesta de Antiquum Ministerium, establezca “el necesario itinerario de formación y los criterios normativos para acceder a él” (9).

 

“Los catequistas prestamos un servicio a través del compromiso personal”

Dulcenombre Bascón Ruz es catequista de comunión en la parroquia Santa María de Gracia de Montalbán

 

El ministerio del Catequista, establecido por el Papa Francisco, es una necesidad urgente cuyos orígenes, detalla en su carta apostólica, se remontan al Nuevo Testamento con la presencia de hombres y mujeres dedicados a desempeñar ciertos servicios. De esta forma nos muestra la importancia de la tarea del catequista, necesaria además para el desarrollo de la comunidad cristiana y unida siempre a la misión del Obispo y a la responsabilidad de los padres en la formación cristiana de sus hijos e hijas.

Nosotros, los catequistas, prestamos un servicio a través del compromiso personal, para enseñar, transmitir y profundizar el Evangelio a los más pequeños pero, para ello, es muy importante la participación activa en nuestra comunidad y sobre todo, la formación permanente. Para evitar la improvisación debemos recibir la formación adecuada ya que, solo con nuestra vocación no es suficiente para la transmisión de la fe sino que debe ir unida a una comprometida renovación dándole así la importancia que tiene nuestra labor de catequistas en la Iglesia.

A través de dicha formación conseguimos un compromiso más profundo con la Iglesia el cual además estará reflejado también en nuestra vida diaria con nuestras relaciones familiares y sociales. De esta forma, expresamos nuestra vocación también a las nuevas generaciones que van a realizar su Primera Comunión, su Confirmación… renovando además nuestro proceso catequístico y continuando con nuestra vida de fe, en definitiva, con nuestra vida de catequista.

“El catequista ha sido elegido por Dios para llevar a cabo ese ministerio”

José Manuel Navarro Conti es catequista de confirmación del Grupo de Jóvenes San Juan de Ávila en la parroquia Inmaculada Concepción de La Carlota

Nos paramos a pensar en la cantidad de catequistas que hay en nuestra Parroquia y quizá pensemos que somos una minoría, que estamos muy pocos y que nos gustaría ser algunos más, pero… ¿nos hemos parado a pensar cuántos somos en total, en la cantidad de catequistas que existen en todas las Parroquias del mundo?

La carta apostólica del Papa Francisco expone con detalle todos los aspectos de esta figura tan necesaria hoy día en la Iglesia universal. El catequista es un guía, es un ejemplo a seguir, es un amigo y sobre todo es una ayuda de los que reciben las sesiones de catequesis, ya sean niños o jóvenes. Hay una frase del Papa en este motu proprio que llama especialmente la atención: “A cada uno, Dios le concede la manifestación del Espíritu en beneficio de todos”. ¡Qué gran verdad! La figura del catequista está encarnada en la persona que ha sido elegida por Dios para llevar a cabo ese ministerio tan preciado, hemos sido los elegidos.

Ser catequista es vocacional, es poder formarse, es transmitir nuestra fe a pequeños y grandes y es sobre todas las cosas, seguir al lado de Cristo para seguir siendo luz en la tierra y que la catequesis no termine después de la comunión o confirmación, debemos seguir recibiendo e impartiéndola en todas las etapas de nuestro crecimiento espiritual.

“Ser catequista es transmitir el mensaje maravilloso del amor de Dios”

Araceli Luna es catequista en la parroquia San Andrés de Córdoba

Mi experiencia como catequista comenzó cuando mis hijos iniciaron su preparación para recibir el sacramento de la Comunión. Solo puedo decir, que lo que empezó como un hecho puntual, se ha convertido en una razón muy importante en mi vida de fe. Ser catequista para mí, no es solo enseñar unos preceptos, unas reglas, unas oraciones… sino también transmitir el mensaje maravilloso del amor de Dios y de esperanza para todos nosotros.

Para mí es muy enriquecedor compartir con los chicos su avance en la búsqueda de la fe. Esto nos lleva a una gran enseñanza: ¡En grupo somos más fuertes y podemos aprender los unos de los otros! Para llevar a cabo esta misión son fundamentales tres cosas a mi modo de ver: la oración, la formación y el acompañamiento. La oración, para  darnos fuerza y ayuda para realizar el trabajo; la formación, base para poder transmitir adecuadamente el mensaje; y el acompañamiento, sentir que eres parte de una comunidad parroquial que te apoya, te ayuda y en la que te formas, rezas y vives los sacramentos.

Al fin y al cabo, bajo mi punto de vista, ser catequista no debería ser llegar, dar la sesión de catequesis y listo. Sino que implica también ser tú, transmitir tu fe y tu experiencia. Creo que así se llega al corazón de los demás. Por eso me ha gustado mucho la noticia sobre la presentación «Motu Proprio» del Papa Francisco, de instituir el ministerio del catequista. Un ministerio de servicio y transmisión de fe.

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