
La tarde de un apacible domingo de enero tiene ya un nombre en nuestra memoria. Adamuz. El pueblo que vio truncada su paz para enfrentarse al horror de un accidente de tren. El temido suceso ante el que todos nos preguntamos por qué. En momentos como este nos encontramos con preguntas que no siempre tienen respuesta fácil. ¿Cómo encontrar consuelo frente al dolor? ¿Cómo acompañar a quien ha perdido a un ser querido y ha visto quebrarse su vida en un instante? Desde la noche del domingo Adamuz está volcada en la atención a los afectados y la parroquia abierta, siendo mano tendida y sustento, un espacio encendido con la luz de la esperanza y un lugar para la oración y el abrazo fraterno para el que sufre. En medio del sufrimiento, el párroco de Adamuz, Rafael Prados Godoy, reunió urgentemente a feligreses y colaboradores de Cáritas. Todo apoyo era necesario y comenzó a atender cada una de las necesidades materiales y también espirituales
Una semana de intenso dolor, ¿cómo recuerda los primeros momentos tras conocerse la noticia del accidente ferroviario?
Los primeros momentos fueron de incertidumbre al no saber la magnitud de lo que había ocurrido. Nos enteramos inmediatamente en el pueblo porque había vecinos que, al estar cerca del lugar del accidente, fueron conscientes y, a través del teléfono empezó a cundir por el pueblo. Sin saber exactamente la gravedad de lo que estaba pasando, la gente inmediatamente supo que tenía que ayudar.
¿Cuál fue su primera reacción como párroco de Adamuz al saber que había víctimas y que las familias afectadas necesitaban ayuda urgente?
La primera reacción fue abrir la parroquia, colocar los bancos y poner las estufas porque el accidente había sido en mitad del campo y hacía bastante frío por lo que lo primero que iban a necesitar era entrar en calor. Una vez que estaba todo preparado me trasladé con un matrimonio que traía su coche hasta el que sabíamos que iba a ser el centro logístico, la caseta municipal. Al llegar preguntamos en qué más podíamos ayudar e inmediatamente fuimos al almacén de Cáritas para poder llevar los alimentos que nosotros teníamos allí preparados, alimentos que se pudieran consumir de manera inmediata, y cosas que vimos que podían ser necesarias. La gente empezó a llevar mantas, colchones, agua y comida. Todo se fue llevando a la caseta municipal y como vimos que la parroquia quedaba un poco retirada aprovechamos la nave que tiene el coro romero de la Virgen del Sol junto a la caseta municipal para llevar las cosas allí y poder atender a los pasajeros cuando llegaran.
¿Cómo vivió el contacto directo con el dolor y con la incertidumbre de los familiares en aquellas primeras horas?
En ese momento uno está con la tensión en el cuerpo de ver qué se necesita para poder proporcionarlo lo más rápidamente posible. Nosotros, gracias a Dios, como la respuesta de la gente fue tan rápida, tan inmediata, estuvimos bastante tiempo esperando hasta que pudieron empezar a llegar los pasajeros. Cuando llegaron era una cantidad tan grande que nos dimos cuenta de que no teníamos suficiente para atenderlos, para que todos se pudieran sentar, para que todos pudieran estar cómodos. Entonces, la gente reaccionó y empezó a traer más sillas y demás para poder atenderlos a todos. En ese momento nosotros, los que estábamos recibiendo a las personas, no éramos conscientes de hasta qué punto la gente había vivido un trauma y de las cosas que ellos habían tenido que padecer. Se veían físicamente heridas o a alguna mujer con el brazo en cabestrillo, pero detrás de sus caras uno no adivinaba a pensar lo que habían padecido. Yo mismo pude estar con esa niña que ha perdido a toda su familia y le ofrecimos algo de comer, algo de beber, un zumo, un batido, pero no quería nada. Uno intentaba hablar con ella y no levantaba la mirada del suelo, nosotros no sabíamos que esa niña había salido del tren dejando allí a toda su familia.
En situaciones tan duras, ¿cómo se mantiene la fe y cómo se ayuda a otras personas a no perderla?
En ese momento de tensión en el que estás de un sitio a otro buscando a ver en qué puedes ayudar, sin duda, todos los que tenemos fe, elevábamos de cuando en cuando los ojos al cielo pidiéndole a Dios su ayuda. Pero luego uno volvía a bajar la mirada y se daba cuenta de cómo la gente iba de un lado a otro poniendo su granito de arena allí donde podía o parándose a charlar simplemente con la gente que estaba allí, con los pasajeros que estaban aguardando, y uno se daba cuenta de que Dios estaba ahí, en el corazón y en las manos de los cristianos de Adamuz.
Sus hermanos sacerdotes que acompañan en el Centro Cívico de Poniente Sur a las familias coinciden en señalar que entre tanto dolor el Señor se presenta en forma de solidaridad, de ayuda, de entrega de otras personas a los que más están sufriendo. ¿Cómo describiría la respuesta del pueblo de Adamuz ante el accidente?
La describiría con la parábola del buen samaritano, que es realmente lo que yo descubrí en el pueblo de Adamuz. Gracias a Dios Él ha querido grabar a fuego en el corazón de la gente esa parábola y sin saber lo que había pasado, simplemente vieron a personas que necesitaban su ayuda y no se pararon a preguntarse si conviene o si no conviene. Fue intuitivo y está grabada esa parábola en el corazón de la gente que fue instantánea e inmediata la reacción de ayudar en lo que se pudiera, como se pudiera y de la mejor manera posible. Eso para mí es un signo de que Dios estaba realmente presente.
¿Y esta experiencia de dolor compartido va a fortalecer al pueblo, va a unirnos más?
Sí, yo creo que al final de todo esto la gente se ha quedado con lo que cada uno había vivido. Es inevitable, todos en esa noche estábamos enfocados en nuestra misión, en lo que veíamos que teníamos que hacer y cada uno vivió su propia historia. Pero cuando ya ha pasado el tiempo, cuando ya nos hemos juntado, ya hemos hablado unos con otros y hemos compartido las historias que cada uno ha vivido, te das cuenta hasta qué punto lo que pasó fue una cosa extraordinaria. Unos y otros se han dado su apoyo, se han dado su consuelo, porque claro, los que estábamos abajo en el pueblo, después acogimos a esas personas que habían estado en el mismo lugar del accidente, que habían entrado en vagones con cuerpos de fallecidos, buscando a oscura una voz que pedía ayuda y eso inevitablemente te marca, te deja huella en el corazón. Al mismo tiempo, te das cuenta de cómo encuentran consuelo en sus vecinos, en su familia que les abrazan, les escuchan y dejan también que se desahoguen con ellos. De esa manera, el pueblo poco a poco irá recuperando esa paz que es natural de aquí, pero siempre con el recuerdo y la oración por esas personas que han perdido la vida tan cerca de nuestro pueblo. También, sin duda ninguna, con el orgullo de saber que ha reaccionado de la mejor forma posible en el peor momento.
¿Qué mensaje desea dejar hoy a las familias de las víctimas y a toda la comunidad que vivió este suceso hace menos de una semana?
El mensaje que quiero trasladar a las familias es que no duden de que cuentan con nuestra oración, no sólo ahora, sino para siempre, y que cuentan con nuestro cariño y con la ayuda que de una forma u otra podamos prestar, aunque ya no estén aquí. Y para la gente de mi pueblo, que estoy muy orgulloso como párroco, como cura, como padre de esta comunidad porque ha demostrado de la forma más palpable y más visible la fe que late en su corazón.
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