
El sacerdote y periodista Antonio Gil esta semana hace una reflexión de Cuaresma a partir del mensaje del Papa León XIV
El pasado Miércoles de Ceniza se alzó el telón de la Cuaresma, con la imposición de la ceniza, escuchando con los “oídos del corazón”, la invitación del Señor: “Convertíos y creed en el Evangelio”. La “esencia viva” de la Cuaresma es la “conversión”. Y sus tres “pilares”: “La oración, el ayuno y la limosna”. El Papa León XIV, en su Mensaje cuaresmal nos la define con estas palabras: “La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”.
El Papa nos invita a que centremos nuestra atención en dos palabras: “Escuchar y ayunar”. Primero, escuchar, dar espacio a la Palabra de Dios, “ya que la disposición a escuchar es el primer distintivo de su ser”: “Reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta”. Segundo, ayunar: “La abstinencia de alimento es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible, en el camino de la conversión.(…). El ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana”, en palabras de Pablo VI.
Y una petición final de León XIV: “La gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los necesitados”.
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