
Silencio, oración y juventud se funden en esta hermandad cuya procesión el Martes Santo es una respuesta de fe
En la villa de Benamejí, donde la devoción se entrelaza con la historia, existe un lugar que invita al recogimiento más absoluto: la Capilla del Cementerio. Es allí, en el umbral entre la vida terrenal y la vida eterna, donde tiene su sede canónica una hermandad que, aunque joven en su fundación, hunde sus raíces espirituales en la profundidad de los siglos. Hablamos de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, una corporación que cada Martes Santo transforma el bullicio en silencio y la curiosidad en oración.
Esta hermandad no es solo una procesión, es una respuesta de fe. Como bien recuerdan sus hermanos, su Titular posee el nombre más apropiado para una imagen que custodia el descanso de los fieles difuntos, recordándonos que, pese al dolor de la pérdida, la vida cristiana continúa y no tiene fin.
La historia de esta Cofradía es el testimonio de que la juventud es el motor de la Iglesia. Su génesis se remonta al Domingo de Resurrección del 3 de abril de 1994. Aquella jornada, un grupo de jóvenes entusiastas, reunidos en torno a una mesa en animada conversación —en el antiguo Círculo Recreativo Cultural «La Amistad»— analizaban con inquietud el horizonte de la Semana Santa local.
En aquel entonces, existía una preocupación latente sobre la deriva de las celebraciones pasionales, donde a veces el costumbrismo parecía ensombrecer el verdadero sentido religioso. Aquellos jóvenes, que rondaban apenas los veinte años y a los que cariñosamente se les llamaba «los niños», decidieron pasar de la crítica a la acción. Querían una cofradía que no solo procesionara, sino que recuperara el rigor, el silencio y la seriedad penitencial que sentían que faltaba.
Partiendo de cero, sin patrimonio material, pero con una fe inquebrantable, expusieron su idea al párroco de entonces, D. Paulino Cantero García, quien les ofreció como Titular al Cristo que presidía la Capilla del Cementerio. Así, con la aprobación de sus primeros estatutos y el esfuerzo titánico de rifas y sorteos para financiarse, nació una hermandad con el objetivo de acoger a los jóvenes del pueblo y ser escuela de vida cristiana.
El centro de esta devoción es el Santísimo Cristo de la Buena Muerte, una talla completa de Cristo muerto en la Cruz. La imagen, atribuida al círculo de discípulos de Diego de Siloé, data del siglo XVI y es, posiblemente, una de las más antiguas de la localidad.
Hoy, el Cristo procesiona sobre un trono de estilo renacentista en caoba y plata, iluminado por cuatro hachones de cera color tiniebla que marcan la austeridad de su paso. La salida procesional de esta Cofradía es única en Benamejí. Se caracteriza por un estilo de riguroso silencio, solo roto por la música de capilla —oboe, clarinete y fagot— que precede al trono, y el sonido seco de un tambor ronco que marca el paso a los 24 hermanos y hermanas portadores.
El cortejo, formado por más de cien nazarenos con túnica y cubrerostro de tergal negro y cíngulo dorado, avanza en medio de la penumbra. Es una procesión íntima, donde también participan penitentes portando cruces con los nombres de los Apóstoles.
Tras más de treinta años de andadura, la Cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte ha pasado de ser un sueño de juventud a una realidad consolidada con más de 260 hermanos. La «chiquillería» de antaño hoy son hombres y mujeres que han sabido transmitir la devoción a las nuevas generaciones. Verdaderas familias que han integrado a sus hijos, a sus propios niños en torno a la Cruz de Guía y aseguran así el relevo generacional.
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