Tiempo de esperanza

El Adviento, preparación a la Navidad, es la celebración de la esperanza cristiana. Jesucristo, con su vida, muerte y resurrección, ya ha traído la plenitud de la vida en Dios a los hombres y nos emplaza a nuestra fidelidad. Es, pues, una esperanza a la vez gozosa, segura y exigente, que arraiga en el amor incondicional de Dios. El mensaje central es que Dios ama a nuestro mundo y ha enviado a su Hijo; Jesús, con su vida, muerte y resurrección, ha iniciado el mundo nuevo, la vida del hombre en Dios. Así ha realizado las promesas de Dios y las esperanzas humanas, de una manera sorprendente, frecuentemente inesperada, escandalosa.

Él es la Plenitud de la Vida que ama al mundo y viene. La venida salvadora de Dios es el gran mensaje de la Navidad, para la que nos preparamos. El monte firme (Is. 1ª lectura) es el Señor Jesús encumbrado en su vida, especialmente en su Cruz y resurrección. Los cristianos centramos nuestra esperanza en una persona viva, presente ya, que se llama Cristo Jesús. Cristo es la respuesta de Dios a los deseos y preguntas de la humanidad. No nos va a salvar la política o la economía, o los adelantos de la ciencia y de la técnica. Es Cristo Jesús el que da sentido a nuestra vida y la abre a todos sus verdaderos valores, no solo a los de este mundo. Es así como Dios ha realizado la esperanza de los hombres expresada tan vivamente por Isaías. Los hombres, incluso con proyectos nobles, somos mezquinos y podemos fallar. Pero Dios es fiel en su amor y posibilita la vida humana en medio de todas las dificultades.

San Mateo –que va a ser el evangelista dominical de este nuevo año litúrgico– nos ha traído las palabras de Jesús, con las que invita a todos a estar despiertos y atentos, preparados en todo momento, porque su venida sucede en el momento más inesperado: «Estad en vela, que no sabéis qué día vendrá vuestro Señor». Nuestra primera actitud, por tanto, es la atención, la vigilancia, la espera activa. Los cristianos seguimos esperando activamente que la obra que Jesús empezó llegue a su cumplimiento, que su Buena Noticia alcance a todos los hombres, que penetre en nuestras vidas, en la de cada uno de nosotros y en toda la sociedad. La obra salvadora de Jesús se inauguró en la Navidad, pero sigue creciendo y madurando hasta el final de los tiempos: tenemos que abrirnos a él y estar atentos a su presencia.

San Pablo nos avisa: «La salvación está más cerca que cuando empezamos a creer» y «el día se echa encima». No es la noche la que nos amenaza, sino el día que va a venir y que sería lástima que no aprovecháramos en toda su luz. No viene en plan de amenaza, sino de promesa. Pero un don que se nos ofrece, cuando lo rechazamos por descuido o distracción, es una ocasión perdida. Es hora de espabilarse, la salvación está cerca… «dejemos las actividades de las tinieblas y armémonos de las armas de la luz».

El cristiano vela no porque tenga miedo a la llegada del Señor, sino porque quiere que el Señor, cuando se presente, lo encuentre comprometido en la construcción de una sociedad más justa, fraterna, habitable. Que sepamos reconocer y acoger al Señor que viene. Y él viene, no para destruir, sino para salvar y liberar, para enseñarnos el rostro del Padre y hacer posible la fraternidad universal.

+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

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