Homilía de Mons. José Manuel Lorca Planes en la Misa Pontifical de la Vera Cruz, en el día grande de las fiestas patronales de Moros, Cristianos y Caballos del Vino en honor de la Santísima y Vera Cruz de Caravaca.
Santísima y Vera Cruz de Caravaca
3 de mayo de 2023
Vicario episcopal y comisario del Año Jubilar Sacerdotes y religiosos
Hermano Mayor y Cofradía
Sr. Alcalde y Corporación Municipal
Autoridades, Cuerpos de Seguridad del Estado y Policía Local Caravaqueños y visitantes.
Celebramos la fiesta de la Cruz, del Misterio de amor de la Cruz de Cristo y puede que a alguno le resulte difícil encontrar una respuesta satisfactoria a la pregunta «¿por qué la cruz de Cristo?». La respuesta a este interrogante nos la ofrece una vez más la Palabra de Dios, la tenemos en el evangelio de san Juan: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3,16). Habla del amor de Dios y habla de ofrenda hasta la muerte, por la salvación de los hombres. Esto es lo que significa. La escena pertenece al diálogo en la noche de Jesús con un jefe judío, llamado Nicodemo. Jesús responde a todas las preguntas de este hombre para que comprendiera el sentido de nacer de Dios. Parece que el Señor tiene interés en explicarle a este maestro de la ley lo que significan los tiempos nuevos, lo que significa que lo viejo ha pasado, la centralidad de Jesús y cómo, según el plan salvador de Dios se están cumpliendo la ley y los profetas. Es probable que le costara entenderlo, pero tenía condiciones para abrirse a la fe y llegar a ver que en el proyecto de Dios «dar a su Hijo» significaba «entregarlo a la muerte en la cruz». El desarrollo de los acontecimientos había demostrado que ese era exactamente el sentido de la respuesta a Nicodemo: «¡Tanto amó Dios al mundo!». El amor sigue siendo la explicación definitiva de la redención mediante la cruz. Es la única respuesta a la pregunta «¿por qué?».
El mismo evangelista explicará con detalle lo que significa amar, según el corazón de Dios. Es interesante releerlo para comprender hasta dónde llega Dios y lo que significamos para él: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10).
Dios nos habla de mil maneras y por medio de muchas mediaciones, pero ha preferido cumplir la ley con el signo que para los judíos era más nítido, por medio de la ofrenda de la propia vida, como la ofrenda del cordero, con cuya sangre sellaba el pacto, la Nueva
Alianza. El Padre aceptó el sufrimiento, pasión y muerte de su Hijo Jesús. ¿Qué se nos revela en la cruz del Señor? En primer lugar, el rostro de Dios, como el varón de dolores, humillado y deshecho de los hombres, marcado por las cicatrices de la violencia de la condición humana. Dios hace con su Hijo, lo que no le permitió a Abraham, dejarle morir, sin enviar legiones de ángeles para reparar… Es como si Dios se dejase expulsar del mundo, de nuestras vidas. Se hace presente en forma de debilidad, cosa que les costó entender a los primeros. ¡Cuánto revela a la gente esta actitud de Dios que calla! Dios, en Jesús, baja hasta lo más hondo de la condición humana, allí donde ni uno mismo puede llegar. Su Hijo destrozado, surcado por una crueldad real que es la expresión más paradójica del deseo de mostrarnos su rostro. Dios nos ha hecho ver lo esencial, lo que es invisible a los ojos humanos. En Jesús se nos muestra al Padre construyendo, en lentitud, el progreso del reino. ¡Cómo nos aturde esto a los impacientes! Esa lentitud la experimentamos cada día y este es el «banco de pruebas» para muchos idealistas, porque Dios hace progresar el reino en lentitud.
El Señor nos dio una lección hermosa con el lavatorio de los pies, como estilo de vida cristiano, como una manera nueva de entender la vida, dándola. No menos significativo es el amor manifestado en la Cruz, en el sacrificio de Cristo que se ha hecho «precio» y
«compensación» por la liberación del hombre, por la liberación de la «esclavitud del pecado» (Cfr. Rom 6, 5-17), por el paso a la «libertad de los hijos de Dios» (Cfr. Rom 8,21). Con este sacrificio, consecuencia de su amor por nosotros, Jesucristo ha completado su misión salvífica. El anuncio de todo el Nuevo Testamento halla su expresión más concisa en aquel pasaje del evangelio de Marcos: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45). En la cruz se ha manifestado el amor: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5,8). «Cristo nos amó y se entregó por vosotros» (Ef 5,2). Las palabras de Pablo son un eco de las del mismo Cristo:
«Nadie tiene mayor amor que el que da su vida» (Jn 15,13) por los pecados del mundo.
Pido a Dios que, al venerar el signo de la Cruz, os conceda el Señor un corazón grande para amar, capacidad para percibir las necesidades de los hermanos y la fuerza necesaria para ayudarles.
Que Dios os bendiga.
+ José Manuel Lorca Planes Obispo de Cartagena