Pregón de Semana Santa en Cartagena

Mons. José Manuel Lorca Planes, Obispo de Cartagena.

Silencio.

Sólo la leve brisa de las mañanas de plata en primavera, anuncia a Cartagena que comienza la emoción.

Calma.

Muda quedará la palabra, cuando desfile por sus viejas calles la cabeza de la procesión.

Respeto.

Por las heridas y dolores de Jesús, el Nazareno, y cuando asomen por sus ojos, las lágrimas del rostro de su Madre, que nos rompen el corazón.

Viernes de Dolores. Le anunció Simeón, que una espada le iba a atravesar el alma y ya intuimos del dolor los sudores, pero María mantiene la calma. Henos aquí a tus pies, Virgen de la Caridad, Señora de los brazos abiertos, en tu seno el cuerpo de tu Hijo muerto, ¡qué verdad! ¡Oh, Madre de Cartagena!, que oyes a tus fieles, es cierto; y les serenas de sus angustias y sus penas. ¡Muéstranos esos tus ojos misericordiosos! Enséñanos a imitarte, Reina del cielo: a confiar en Dios y detener el mal de las espadas en tu corazón clavadas: las del egoísmo y del hambre, fieras dagas; las de la violencia y guerra por crueles contra el hombre; las de los odios y envidias que se hunden en el cieno, y las de la falta de caridad… Ser nuestro modelo es tu condición, por eso acudimos a ti primero, para reparar nuestros pecados luego, porque hieren tu bendito corazón.

Lo digo abiertamente y desde el principio, privilegio que se le concede al pregonero: Para entender la esencia de una Semana Santa es necesaria la fe, seguirle los pasos a Jesús hasta Getsemaní, eso es cosa de todos, incluso para los de aquí, que Jesús es fuente de agua viva, pedidle la curación y contemplad hasta dónde ha llegado en su perdón.

¿Por qué razones vienen muchos a esta ciudad en Semana Santa?, ¿por la estética, el color, la cultura y el arte de este pueblo, la belleza de las imágenes o el espectáculo de luz y sonido que desfila delante de sus ojos…? Son respetables todas las opciones, pero en Cartagena te ayudan a entrar en el misterio, es el silencio, las imágenes, el orden tomado en serio… no hay otras, estas son las razones.

Mucho os agradezco la oportunidad de pregonar la Semana Santa de Cartagena, la ciudad que tiene acreditada una historia heroica, la que abrió sus brazos en el mar, uno verde y el otro rojo; los dos, el de la Curra y Navidad sin cerrojo, recibieron al apóstol sin dudar. Desde entonces vive la Diócesis encantada, el honor de recibir como anfitrión al que de España es el Patrón y se siente, aunque no lo sea, como Sede Primada. En su Semana Santa es Cartagena la ciudad que vibra de emociones, ¡Vamos, Cartagena, descúbrenos los secretos de tu grandeza con nuevas sensaciones!

Cartagena mira en el cielo el manto de estrellas sembrado en su vega durante las noches claras de la temprana primavera y junto a un mar sereno que lame sus orillas de pleno, recoge para ti los mensajes de paz sobre sus olas, son un canto que saben a bando, un don, gratis total, y sin hacer colas:

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,

mi alma está sedienta de ti;

mi carne tiene ansia de ti,

como tierra reseca, agostada, sin agua.

(Sal. 62, 1-2)

Por ti madrugo.

Viernes de Dolores y de madrugada, sólo un sordo sonido de tambor, con ritmo solemne y paso lento, le rompe y le arranca del sueño al penitente incorporándolo a la Vía del dolor, por donde va Jesús con la Cruz… ¡qué sonido tan seco, oh, tambor, sacas de tu piel!, ¡de qué noche más oscura nos rescatas, que siguiendo tu ronca voz nos llevas de la oscuridad a la luz del sol!

El Cristo del Socorro por la calle asoma, la gente lo mira y se embelesa, dejó atrás la Catedral Vieja y le suben plegarias como del incienso el aroma. ¡Por ti, oh Cristo Moreno!, salvación para la raza humana vienen a las tres de la mañana y de tu gracia se llevaran el corazón lleno. La gente está en silencio y concentración, no se oye ni un alma; las calles regadas con el sudor de la noche y en calma, sólo se alza una voz que invita a la oración.

La del Socorro es la primera procesión de España, muy austera, sin música, ni bordados; no hay luces, cada uno lleva la tenue luz de su pábilo vacilante con el chasquido de la cera precipitándose por el borde del cirio y marcando, gota a gota, el perfil de la vía dolorosa. La multitud está concentrada, sigue la voz del que por respeto mira al suelo, porque sólo en el Cristo tiene refugio su mirada y en su Madre de la Soledad y Consuelo.

¡Cómo te contemplaba en el santuario

viendo tu fuerza y tu gloria!

Tu gracia vale más que la vida,

te alabarán mis labios.

(Sal 62, 3-4)

Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios.

Como no he podido rechazar esta maravillosa oportunidad que se me ha brindado para cantar a Cartagena y su Semana Santa, he subido a esta atalaya para desempeñar el oficio de pregonero, de heraldo y mensajero, sólo pido paciencia y que nadie se vaya. Que todos sepan cual es el centro de mi atención, cantar a Jesús de Nazaret es mi misión, al que flagelado como humilde Cordero, fue de espinas coronado, llevado al matadero y a muerte sentenciado, pero redimió al mundo entero. Vengo a pregonar a Cristo y este crucificado (1Cor 1, 23), necedad y locura, para griegos y judíos, pero fuerza y poder de Dios.

Señoras, señores, a todos les doy la enhorabuena, porque sé que no son espectadores, saben distinguir entre la procesión y la escena y conocen de Jesús su sangre, sudores y la condena. El que participa en la Semana Santa debe aprender a llevar la cruz, echarla al hombro caminar como Jesús, no mirar atrás y con el alma blanca; es soportar en la carrera de ella su peso, andar despacio a corto paso; para que lo entiendan mejor, me explico ahora mismo, llevar la cruz es tan difícil como mantener el ritmo pasando por el picoesquina del bar Sol.

Es impresionante el reto que tiene un pregonero cuando se trata de levantar la voz, no se esperan de él unas palabras vacías, más bien de esperanza y alegría. Debe expresar de manera sincera lo que se vive en la carrera tras la imagen de Jesús con su Cruz; debe ir a cara descubierta y sin el capuz, oyendo el grito de la gente sentada en la acera y pidiendo ser rescatada de sus cadenas de acero. Siento como me suenan los gritos dentro: Háblanos de nuestros anhelos más profundos, de nuestros deseos, de nuestra esperanza; no nos hables de medios de supervivencia, sino sobre la verdad; tampoco de nuevos métodos de satisfacer nuestras necesidades emocionales, sino sobre el amor. Danos una visión más amplia que la de nuestras perspectivas continuamente cambiantes. Queremos oír una voz más profunda que el griterío de nuestros ‘Mass Media’. Sí, háblanos de algo o de alguien más grande que nosotros. Háblanos de… Dios».

Por esta razón estoy yo aquí hoy, para hablar de Dios, para hablar de Jesucristo, para que se oigan en el cielo los gritos de suplica y los lamentos que se escapan de lo hondo del alma al que sufre, al que nadie escucha y, si lo hacen es para decirle, como sus paisanos al ciego del camino en el Evangelio: ¡cállate, no molestes!

Toda mi vida te bendeciré

y alzaré las manos invocándote.

Me saciaré como de enjundia y de manteca,

y mis labios te alabarán jubilosos.

(Sal 62, 5-6)

Hemos venido a bendecir a Dios.

Tened este trasfondo en la mente para entender el movimiento de una cofradía en este día y con tanta gente; el ir y venir, los trabajos y sudores, los nervios e ilusiones. ¡Qué grande y que hermosa experiencia! ¡Se sale a la calle para bendecir y darle gloria a Dios!, ¡No buscamos nuestra fama, sino la grandeza del Señor! Desde el comienzo del tiempo de Pasión, trompetas y tambores afinan sus melodías y de las partituras fluyen las notas formando las bellas sinfonías, que le abren el camino a la procesión.

Pero todo a su tiempo, con serenidad, que lo importante se prepara bien: hay que hacerle partícipe al corazón antes de comenzar esta aventura y dejar volar dentro las mariposas con soltura, que ellas se encargan de potenciar la ilusión.

Es de humana condición, facilitar dentro la admiración, nos basta con saber lo que Jesús nos dijo antes, para que los ojos nos brillen como diamantes. Antoine de Saint-Exúpery explicó en su bella obra, la importancia de preparar el corazón: «Si sé que vienes a las cuatro de la tarde -le dice el zorro al principito- comenzaré a estar feliz desde las tres. A medida que se acerque la hora más feliz me sentiré. A las cuatro estaré agitado e inquieto; ¡comenzaré a descubrir el precio de la felicidad! En cambio, si vienes a distintas horas, no sabré nunca en qué momento preparar mi corazón…» Los ritos son necesarios.

Estoy seguro que, a estas alturas, las Cofradías con sus Agrupaciones: del Socorro, Californios, Marrajos y los del Resucitado tendréis el corazón preparado, inquieto, contento por haber participado en las emotivas y solemnes celebraciones a vuestros titulares: en la Misa en honor al Cristo del Socorro, en la Salve Grande, en el Miserere y en el Resurrexit.

Desde esta madrugada, conforme se va acercando el momento aumenta el runrún de las túnicas y los cetros, el trajín de las velas y estandartes, siguiendo el guion de la tradición; son los detalles de última hora, los nervios, la emoción y en la arciprestal de Santa María aguardan vuestros secretos de luces y flores, el espectáculo de experta arquitectura, que luego cargarán sobre sus hombros los penitentes. Es el rito.

«¡Venga, niños, daos prisa, que esta tarde hay procesión y pasa la Virgen del Rosario!»; «pero, mamá, no está planchada mi camisa», «pues, ponte, hijo, la de la Comunión, que la tienes en el armario». Todos los años el mismo rito, repetimos los mismos pasos; cuando llegamos, a los amigos, besos y abrazos y, como siempre, el mismo sitio. Se debe llegar pronto para disfrutar del ambiente, preparar el ánimo para lo que te espera, abrigarte un poco, aunque sea primavera y contemplar el ir y venir de la gente. ¡Qué emoción!

En el lecho me acuerdo de ti

y velando medito en ti,

porque fuiste mi auxilio,

y a la sombra de tus alas canto con júbilo.

(Sal 62, 7-8)

Al Cristo de la Misericordia, porque fuiste mi auxilio.

A hombros traen al Cristo de la Misericordia en la noche del Viernes de Dolores, son cien portapasos los que levantan su imagen, los cien nazarenos de rojo bermellón, dando cien pasos a la vez para ver al Dulce Jesús por mí entregado, al Hijo de Dios de espinas coronado. Imposible olvidar esa cara grabada en mis sueños, ¿cómo no recordar al que acudo en las penas y le grito en las aflicciones? A ese Cristo de la mirada paciente y serena, a ese que hizo el maestro Salzillo con tez morena; que cuando le veo por la calle, me embeleso y me inclinaría, sin rubor, para darle un beso. ¡En su trono, claveles de reventón y lirios de terciopelo!, ¡que belleza, si me parece estar en el cielo!

Emocionan las hileras de los nazarenos al compás, siempre en orden, al mismo ritmo, con precisión y disciplina militar. Ya se acerca el Señor de la Misericordia y desde lejos, como un imán, atrae la atención de las gentes, quieren verlo de cerca y están impacientes. Un viejo cofrade, con la voz rota por la emoción, dirige al cielo en voz baja esta sencilla oración: Señor de la Misericordia, a mis años y harto de vivir, me gustaría conocerte mejor. Me olvidé de ti y anduve perdido; creía, en mi inocencia, que no te necesitaba y me dejé llevar de mis errores, pensando que nada por aprender me quedaba y que ya nadie me enseñaría, ¡pobre soñador!, ¡menuda sabiduría! Ahora, estoy a punto de comparecer ante tu divina presencia, hago memoria y no tengo nada para ofrecerte. ¿Qué he ganado lejos de ti? Aquí me tienes, Cristo de la Misericordia, con mi vida rota, aunque en el lecho siempre he pensado en ti, a eso apelo, y te pido que redimas, trozo a trozo, cada uno de los tiestos de mi vieja persona, esparcidos por el suelo.

Mi alma está unida a ti,

y tu diestra me sostiene.

(Sal 62, 9)

El sábado de Pasión tiene su encanto, Marrajos y Californios toman la ciudad para los traslados de las imágenes. No hay prisas, el mundo espera, entre tanto, se recorren Cartagena entera. Si no es un arte, así lo llamaré con mucha maña, pero mientras unos arrancan desde la calle Mayor hasta Santa Lucía, otros salen de la rampa de Santa María y terminan en la Plaza de España… Por los cuatro puntos cardinales, dentro del casco viejo de la ciudad portuaria, cumplida con premura la señal horaria, parten a su destino entre flores y ciriales. Conscientemente evito poner el recorrido, que vosotros bien lo conocéis y os resultaría aburrido.

Ved que son muchas las ofertas que nos propone esta Pasionaria Semana por la milenaria Cartagena, ofertas de luz y de color, del misterio escondido en un rincón del corazón y anunciado entre estandartes, trompetas y tambores… al mismo ritmo. Hombres y mujeres, con las túnicas del color de su paso, al mismo paso, llevan el peso de aquel que traicionaron con un beso… Los cofrades, en estos días de traslados señalados, nada hacen a la ligera, se preparan bien para la carrera, y cuentan los días y las horas, emocionados. De rojo o morado, de negro o blanco, pasarán los nazarenos con pies descalzos, muy cerquica de Jesús, pendiente de su Cruz y marcados en su espalda los latigazos. Miles de samaritanos saldrán a su encuentro, para limpiarle el sudor y sangre de su cuerpo, que por la flagelación está casi muerto. ¡Cómo resiste el Maestro!

Amanece el Domingo de Ramos y los primeros rayos del sol surgen desde el mar hasta la Cúpula de la Basílica Menor. Las pequeñas torres de las iglesias, como manos amigas alzadas al cielo, llaman a todos con voces de campanas. En este día comienza la catequesis, no porque salgan muchos niños con palmas y ramos, sino por todos los signos de la Historia de la Salvación, que salen en la procesión. Desde esta jornada comienza a dar pena ver llorar a la Madre que sufre la suerte de muerte que le espera a su Hijo, fijo.

Aún no ha comenzado el bullicio en la calle y cada casa se convierte en un santuario donde se repite, año tras año, el mismo rito: padres e hijos, con un cuidado exquisito, al pie de la cama han colocado, para la fiesta de las palmas, sus negros zapatos y su hato de domingo, la túnica y la última plancha, el último detalle, la última revisión… para los niños, el traje de los «pueri hebreorum», todo preparado para salir en procesión, que no es de fiesta, sino de aflicción, porque a Jesús, montado en la borrica, una semana de Pasión le espera. A nosotros, las lágrimas en los ojos, a su vera.

En el Lunes Santo sacan los marrajos su primera procesión, que se le llama de las Promesas, el pueblo sin límite de edad, va tras la Virgen de la Piedad. Digo y no me equivocaría, que un gentío camina tras María, van con el corazón estrujado y sufren con ella por la suerte de su Hijo condenado. La muchedumbre va detrás a cara descubierta, sin velo ni careta. De pronto, en la calle del Cañón, todo se detiene, ¿será un parón?; no, que es alguien que le canta una saeta. Ya va la Madre del dolor por la calle Mayor, le han llovido a puñados pétalos de rosas, son la prenda de deseos, ilusiones, esperanzas y de otras cosas. Sobre su trono, yo creo, que levemente sonríe, María, y extendiendo la mano a todos nos asegura que a Dios porfía. Eres, Madre, un verdadero ejemplo de fidelidad, por eso te queremos. Ni el duro momento de dolor por el que estabas pasando al ver a tu Hijo maltratado, herido, abandonado, crucificado, te restó lucidez para decir que ¡SÍ! Los ojos, de lágrimas rasos, empapadas lleva las mejillas, la impresión nos levanta de las sillas y los niños le lanzan muchos besos.

En mis manos traigo blancos jazmines,

los han cortado al despuntar la aurora.

Son para la Virgen de la Piedad, mi Señora,

de parte de los ángeles y serafines.

Es nuestra Madre, la Virgen de la Piedad, la que se acerca a la Caridad y de par en par la puerta se le abre. Ante su patrona vienen los penitentes, rosas negras a sus pies le dejan, en esto son fieles, no cejan, y terminan saludándola fervientes. Avanza por delante la cruz guía, el Santo Cáliz y el corazón con las seis espadas de María; le siguen los cofrades y penitentes, después de cantar la Salve unidos, que para eso se han detenido.

¡Bendita seas, Madre de la Caridad!, el amor nos planta de hinojo, la miras de «reojo» y pides por toda la humanidad. ¡Cómo te quieren Madre morena, que tienes a tus pies a toda Cartagena! Es tu imagen, del norte la estrella, la señal que nos remite a la bondad y a mantener el Santo Hospital de Caridad, que no hay obra más grande, ni más bella.

El Martes Santo, los tres Apóstoles, San Juan, Santiago y San Pedro, salen a hombros de los distintos centros militares camino de Santa María. De cada uno de estos varones de Galilea he oído una historia y cada uno tiene en Cartagena su anécdota, son lobos de un mar pequeño, pero intrépidos y valientes, que desplegaron las velas de su barca para atravesar el horizonte:

Sin cañones por banda,

con viento en popa y a toda vela,

Espronceda diría que vuela,

el velero bergantín.

Jesús les llamaba,

por su bravura, los Truenos,

y les reconocemos como buenos,

del uno al otro confín.

Hasta esta costa llegó Santiago, ¿no le vamos a reconocer su valor? Este hombre, por la fe, sacó las fuerzas de su flaqueza y levantando la voz, predicaba a Cristo con fortaleza, como un rayo de veloz. Intrépidos discípulos los tres, que no conocieron frontera, llevaban en sus alforjas la fe, así se anunció a España entera. De ellos son las imágenes que se procesionan por las calles de la Cartagena marinera.

Sabed, queridos nazarenos, portapasos, cofrades y penitentes, que también vosotros sois fuertes y que hacéis visible el rostro humano de Dios a los ojos de todos, que estáis navegando por el mar del mundo para evangelizar, que lleváis sobre vuestros hombros la belleza de Dios, a través de las imágenes, mostrándolo tanto al que cree, como al que está más alejado de la fe. Vosotros sois útiles instrumentos en las manos del Altísimo para tocar los corazones, repitiendo la historia de Pedro, bravo varón de Galilea, que le bastó la mirada de Jesús, para salvarse de la perdición.

Volvamos a la figura de San Pedro, tres veces negó a su Maestro, olvidó que a dar la vida estaba dispuesto y aprendió que cae hasta el cedro. A este hombre le llegó la hora de la verdad, se creía seguro y fuerte, pero, cuando vio cercana la muerte, se hundió abriéndole la puerta a la impiedad. Pedro es rudo, pero fiel y bueno, no podía dejar al Maestro a su suerte… ¡ayúdale, Jesús, que despierte, que le esperan fuera los hijos del Trueno!

Otro año más, ¿quién lo diría?, parten camino de Santa María.

Qué bien sé yo la fonte que mane y corre,

aunque es de noche.

Aquella eterna fonte está escondida,

que bien sé yo do tiene su manida,

aunque es de noche.

(San Juan de la Cruz, Poesías)

La fonte que mana y corre

La fe es el cantar del alma que se goza de conocer al Creador, es la luz que ilumina los pasos y todo lo hace visible, sin ella todo es triste, apagado y mortecino, caminar no es posible, ¡qué bien ha hecho las cosas el Hacedor! El Señor nos ha regalado este don que exige de nosotros adhesión. Os pongo, para vuestra comprensión, una escena que cuenta el evangelista, de estas encontrarás una lista, son las alabanzas de Isabel en la Visitación: «Dichosa la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se ha cumplido» (Lc 1, 45). Esta es la lección de María: «para Dios nada hay imposible» (Cfr. Lc 1, 37), ella confió porque así lo sabía, que Dios todo lo hace visible.

Miércoles Santo, el rojo californio recorre la ciudad por las principales arterias, difunde a su paso el valor de creer lo que no se ve, esta es la esencia de la fe, estas son las viejas y nuevas historias. La luz de la lámpara minera y la sabiduría de los nazarenos de rojas túnicas con rojo capuz nos ayudarán a hacer memoria. La Cofradía despliega todo su potencial, en este día, participan todas las agrupaciones, sin evitar las emociones, esto es real. Le llaman el día grande y se lucen con las luces, que brillan como estrellas. ¡Cómo destacan las imágenes recortadas en su perfil con luz de miel en la noche negra y clara de luna!, ¡Cómo brilla el cortejo de los mil claveles, de blanco y rojo, resaltando en sus destellos de plata y oro!

Esta noche vuelve a abrirse la Sagrada Biblia, justo por la Semana de la Pasión, y aparece la primera escena: Desfila Jesús en la Santa Cena, hasta que se retira al huerto, es que necesita hablarle al Padre en oración. Si lo han escuchado, no es un bulo, uno de sus amigos lo traiciona con un ósculo. A Judas le da remordimiento, pero ha facilitado el Prendimiento, eso dice el Nuevo Testamento. Cuentan las Escrituras que juzgaron a Jesús y que Pedro tres veces lo negó, nadie se imagina que arrepentimiento y como amargamente lloró. De aquel juicio salió Jesús condenado, le azotaron, le coronaron de espinas y a muerte sentenciado. No ya a lo lejos, sino en la carrera, van los discípulos a su vera; Santiago, Pedro y Juan, consolando el dolor a su Madre van.

Entre sus manos, suaves y delicadas, abiertas a la alabanza, María muestra su corazón, herido en el primer dolor, lleno de gracia y cargado de nombres, también tu nombre a fuego grabado. La vida de sus hijos bulle en su pecho y discurriendo entre sus dedos, llévala a Dios derecho. Pensamos en ti, Madre, sin olvidar tu cara, tu pálido rostro y ojos al cielo. Por eso, cada flor que colocamos en el trono tiene una intención: una es una súplica, otra una oración, aquella un beso, esta es una petición, una acción de gracias, una sonrisa, un perdón… y son todas la viva estampa de nuestras almas que se amontonan por estar junto a ti, para ofrecerte el mejor de los mantos colocado bajo tus pies.

El Jueves Santo, en la procesión del Cristo de los Mineros, se respira el silencio, se pone a prueba la fe, se nos invita a la austeridad. La oscuridad de las calles tiene su sentido, permitir a cada penitente entrar a su interior, sin que nada le distraiga, deben dejar atrás, lejos, sus preocupaciones y tormentas para escuchar la voz del que canta una saeta. Es la hora de la verdad, de hacerte preguntas y buscar respuestas. Es la hora de la fe.

¿Se puede resolver una cuestión tan seria en una procesión? Sí, es la respuesta. El evangelista Juan dice que los discípulos comenzaron a creer en Jesús con motivo del primer «signo» realizado en Caná de Galilea, ¡en una boda! (Cf. Jn 2, 11). En este tema, lo primero que se pide es seriedad, definirse, no dejarse llevar de cualquiera de los vientos… se necesita convicción y firmeza.

Descansemos un momento y recordemos la situación que se creó cuando la multiplicación milagrosa de los panes cerca de Cafarnaúm, a la que está unido el preanuncio de la Eucaristía; el evangelista hace notar que «desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían», porque no estaban en condiciones de acoger un lenguaje de Jesús, que demasiado «duro» les parecía.

¿Es que se repite de nuevo la situación? Puede, y se nota cuando uno va preparando la despedida, cuando en tu interior vas justificando que eso de la voluntad de Dios no va contigo, si te molesta que te señalen como persona de fe o si disimulas todo lo que puedes; si te alejas de la Misa los domingos diciendo que eso es cosa de los curas, si no te defines ni quieres complicarte la vida, si vas diciendo «qué necesidad tengo de», «dejadme en paz»… Entonces, y sólo entonces, debes saber que esto ya son señales de falta de fe, que no eres una persona de fe y que le cerraste tu puerta a Dios. Ahora es cuando debes escuchar a Jesús: ¿Queréis iros vosotros también?

Es una pregunta que necesita respuesta. Nos dejas peor de lo que estamos, me podría decir alguno, ¿no es posible cambiar, abrirle de nuevo la puerta a Dios? Tened paciencia y seguid leyendo el texto, veréis lo que rápidamente respondió Pedro: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios» (Cfr. Jn 6, 66-69). ¡Claro que es posible! Tú tienes la palabra, de ti depende; ¡levántate y ponte en marcha! Jesús te espera y te dice: ¡Vuelve a casa!

Enséñame a buscarte

y muéstrate a quién te busca,

porque no puedo ir en tu busca

a menos que tu me enseñes

y no puedo encontrarte

si Tú no te manifiestas.

Deseando, te buscaré;

te desearé, buscando;

amando, te hallaré;

y encontrándote, te amaré»

(San Bernardo, Doctor de la Iglesia)

En Cartagena se dice que el Viernes Santo es marrajo, las veinticuatro horas lo son, desde la noche a la madrugada y desde la mañana a la noche de color morado. ¿Alguien puede contar cuánto cabe en esta jornada? A mí no me lo pidan que no podría, que desde que sale la Madre hasta que llega a Santa María, entre vivas y flores, lágrimas y fervores, parece que está varada y con esto se le va todo el día. Lo guapa que luce la Madre de los Marrajos, ¡envidia tiene el sol de ver tu cara!, con razón amanece este día con una luz más clara. Si de ánimo estás lleno, que no te falte la valentía, decídete en este día a caminar tras Jesús, el Nazareno e imitar a la Virgen María.

Hasta ahora no os he hablado de conversión, pero no tengáis miedo, estas no son horas para un sermón. De lo que hablo es de una dádiva, de una «gracia», de un don. Ya conocéis todo lo que Dios quiere, prefiere la verdad y no que de boquilla se le venere; Él lo da todo y nos pide el corazón.

Así de fuerte lo dice el bello texto de Jeremías: «Me habéis abandonado a mí, manantial de aguas vivas, para excavaros cisternas agrietadas incapaces de retener el agua» (cf. Jr. 2,13). Convertirse es volver con propiedad a la vida, una vida que en Jesucristo alcanza su máxima expresión de plenitud y perfección. Esta es la llamada constante de los profetas al pueblo: «¡Si volvieras Israel! ¡Si volvieras a mí! ¡Si quitaras tus monstruos abominables y no huyeras de mí!» (cf. Jr. 4,1). Esto también es para ti, hermano del siglo XXI, hombres y mujeres de las cofradías cartageneras, para todo vecino. Por esta razón os animo: ¡Poned rumbo a Jesús y tened coraje! Os encontraréis con la Vida y con la Luz, es posible que vuestra decisión os sepa a cruz, pero Dios tiene reservado vuestro sitio, ¡dad el viraje!

La Cofradía Marraja, desde las cero horas del Viernes Santo, ha tomado el relevo y logra que transcurran, enganchados unos a otros como las cuentas de un rosario, los acontecimientos centrales de la fe y la participación de miles de fieles, penitentes y cofrades. A las cinco de la mañana está cantada una cita, Madre e Hijo en la plaza de la Merced, corazón con corazón antes del amanecer, es de emoción, y las lágrimas nadie te las quita. Están de testigos la Verónica y Nuestro Padre Jesús de Medinaceli, las cuatro imágenes bien acompañadas, con la gente de Los Dolores y San Antón, de «Quitapellejos» y la Vaguada, toda Cartagena canta la Salve y aún no el «Regina Celi».

He pasado de largo la bonita tradición de recoger a Nuestro Padre Jesús en la lonja vieja, con los signos de la cofradía a fuego forjados en su verja, siempre es un fuerte momento de emoción. Hablamos de las tres de la mañana, pero ninguno de estos se quedó en la cama. Puntuales han venido estando negro el cielo azul, para ver en la lonja al que llaman «El Jesús», ¡Cuántos vivas salen de sus bocas!, ¡Jesús, cuanta algarabía!, aunque tengas duro el corazón como una roca, te será imposible contener la alegría. «¿Quien viene?: ¡El Jesús, el Jesús!», «¿a dónde va? ¡a Santa María!», «¿de donde viene? ¡de la pescadería!» Unos y otros gritan, mientras sube la cuesta del Nazareno, parece que su caminar es sereno, como andando por el mar y va con su cruz. No lo he dicho, pero sale de Santa Lucía para llegar, luego, a Santa María, hasta dentro; después del Encuentro.

Las manecillas del reloj clavadas a las nueve, señalan la salida del Entierro de Cristo, la cruz guía y granaderos descienden según lo previsto, con puntualidad y decoro, así sucede. Les confieso que me embeleso, pero antes de salir hacia la calle del Cañón a todos se les pasan la revisión, ¡que servicio más admirable, lleva a cabo el responsable! Dentro del templo, fielmente se sujetan al orden y al crono; los que van a continuación ya están preparados, los romanos, penitentes y los del tambor formados, primero salen ellos, luego, el trono. Por la rampa desfila la Historia de la Salvación, centrada en la Vida del Nazareno, que desde el patíbulo al Calvario, dejó grabado su rostro en el sudario, es el precio por nuestra Redención. Con paso largo y al compás alumbrándole al Redentor los nazarenos van.

Noche y silencio, en el cielo la luna llena asoma, saludar quiere al Nazareno, que brilla más que luces y faroles su rostro sereno, en su cabeza encajada con espinas lleva una corona; a los pies de Cristo se han colocado los lirios y el mirto, las líneas marcadas por la lucernaria y para Señor, de nuestros labios nace una plegaria.

Abrid todos los ojos, respirad hondo, oled el perfume del sufrimiento y dolor de Jesús con su Cruz. Es el mismo aroma que desprenden las «otras imágenes» de pasión, las de los hermanos azotados por la crisis, el paro, las enfermedades, las violencias y padecimientos… ¡Cuánto dolor, qué oscuridad y muerte acecha a los que en el mundo son condenados! Abrid los ojos y agarrad la Cruz, que ahí está la señal de la salvación. Del Señor, en la Palabra está escrita la misma lección: Jesús junto al Padre se mantuvo firme, como el Varón de dolores, según la profecía; lo maltrataron y humillaron, así lo dijo Isaías, dejándolo como un cordero en el matadero, que ni hombre parecía. Sólo en Dios está el camino hacia la Salvación, porque lejos del Altísimo, ¡qué soledad mas honda! ¡Cuánta tiniebla y cuán gran desgracia! ¡Qué desorientación!

Camino del Calvario muchos samaritanos le han salido, para limpiar el sudor y la sangre de su cuerpo malherido; casi sin fuerzas y agotado cae Jesús en la piedra, es el peso de la impiedad, que le precipita a la tierra… ¡Pobre Jesús, qué dolor y qué entereza!; estad seguros que no abandonará, seguirá hacia adelante, con su cuerpo ensangrentado por el castigo, pero no lo duda ni un instante, porque hacer la Voluntad del Padre desea con certeza.

¡Oh, Nuestro Padre Jesús Nazareno! ¡Cuántos años pasando por el mismo itinerario sin encontrar un cirineo que te libre de tanto peso! ¡Cuánto pesan las consecuencias de la traición que has soportado en exceso! Penitentes y portapasos morados nos evocan que los capítulos de la Pasión no están cerrados, que permanece la promesa de esperanza para todos los cristos que llevan su pesada cruz, de que no les faltarán los trapos a las verónicas para seguir limpiando el rostro de Cristo; ni faltarán los cirineos que recojan a los caídos y curen sus heridas… No les tengáis miedo a las voces incrédulas con toques trémolos de ironía que preguntan hoy: ¿alguien me puede decir quienes son, dónde están esos samaritanos para darles las gracias? Mi respuesta es siempre esta: los conoce Dios, lo hacen en silencio y socorren a Jesús; viven en tu calle, en tu barrio, en tu ciudad y sus credenciales son que saben amar, así los reconocerás. San Juan de Ávila lo describió mejor: «De manera que mirándote, Señor, todo me convida al amor: el madero, la figura, el misterio, las heridas de tu cuerpo; y, sobre todo, el amor interior me da voces que te ame y que nunca te olvide en mi corazón».

Sin dejar el oficio de pregonero voy a hacer de profeta: El cariño y los besos, las lágrimas y los «te quiero» dedicados al que para la Magdalena era el Jardinero, os llevaran al cielo, esta es la receta. Disfrutad en Cartagena de las miles de fragancias, de los perfumes y aromas de una tierra exuberante, preñada de flores por doquier ¡qué alegría!, ¡qué placer! El almendro encierra de sus flores la beldad, en las madrugadas y cubierto de rocío, anhela dar su fruto en el estío, pero no precipita el plan de la divinidad. Ese milagro a Dios le pido, señoras y señores, que para Él nada hay imposible, pues creó el mar y una tierra habitable y el canto de los jilgueros y ruiseñores. ¡Gracias por la Creación, Señor, gracias por la fe, gracias porque nos regalas la Vida por los méritos de tu Pasión! Se ha cumplido el anuncio de muerte en la crucifixión, del que como cordero fue llevado al matadero. El «Rey de los Judíos», rezaba de la cruz colgado un letrero y le atravesaron el costado para asegurar su defunción. Aunque parezca una contradicción, no digáis qué mala suerte porque gracias a su muerte Él ha vencido con su Resurrección.

La imagen del Cristo descendido y en el sepulcro yacente inspira la ternura del que inocente ha muerto, lo vimos sudar sangre en la Oración del Huerto y sin romper su silencio aceptó el suplicio valiente. La muerte aún no le ha dominado, no tiene la marca de la parca, mantiene su corazón abierto y eso que su cuerpo está yerto; le envuelven el sudario y los lienzos de la mortaja, los que aparecerán después fuera de la caja. En el sepulcro quedó Cristo con su serena faz, sintonizamos con Él en comunión de sentimientos y nos hace vibrar hasta en los pensamientos. Se entregó por mí, ¿qué me puede dar más?

Te quedas, Virgen María, con tu soledad al pie de la cruz en parto de dolor infinito, ha muerto tu Hijo y se ha cambiado por nosotros. Has perdido un Hijo grande, bueno, perfecto, y nos has tenido a nosotros, pequeños y mezquinos… Dijiste, Madre, que nos aceptabas, también como hijos, ¡menudo negocio has hecho al cambiar todo por casi nada, la perla preciosa por un montón de chatarra…! ¡Cuánto te agradecemos tu gran corazón, somos débiles y necesitados! ¡Míranos, Madre, con esos tus ojos misericordiosos y después de este destierro muéstranos a Jesús! ¡Dios te salve, María! Y se entona la salve…

El valor de creer lo que no se ve es una vieja historia, os repito que a esto se le llama fe, e insisto, haced memoria. Al final de esta jornada sólo de la cruz se ha quedad, colgado un paño blanco de sus brazos pelados, Jesús en el sepulcro, enterrado y los discípulos desconcertados…

Una palabra me queda, antes de seguir más adelante, es suave como la seda, sólo durará un instante. Os la dedico a todos los que amáis la Semana Santa con corazón de cofrade, seáis del Socorro, Californios, Marrajos o vosotros, los del Resucitado. Va por todos los hombres y mujeres de las Cofradías cartageneras, ¡ayudadme a ayudar a los que no han oído del amor de Dios, de su capacidad de perdón y de la oferta de la Vida Eterna! ¡Ayudadme a desenmascarar a los que crean tópicos para ocultar el camino del verdadero rostro de Jesucristo! ¡Vosotros seréis los continuadores de este pregón, pregoneros, los que le vais a dar validez, alargando los dedos de la mano de la amistad tendida a todos! ¡Sentíos orgullosos de pertenecer a la Semana Santa y dignificadla desde la verdad y totalidad de contenido! ¡Dejaos iluminar por la mirada penetrante de Jesús! Lleváis en vuestras manos un misterio muy grande, pensad que despertaréis los sentimientos religiosos dormidos de muchos padres, que los convertiréis en catequistas, porque les explicarán a sus hijos quién es al que están azotando con burlescas miradas y, sin embargo, no se queja, sino que eleva serenamente sus ojos al cielo suplicando la misericordia.

Sed valientes para explicar por qué actuó así Nuestro Señor. Que a vosotros también os gritan en la vida diaria y en la procesión con la misma demanda: Sí, habladnos de algo o de alguien más grande que nosotros. Habladnos de… Dios. No os conforméis con la estética, decid una palabra, interesaos por el que se queja de seguido en vuestro trabajo, en la oficina, en casa…, ayudadle a encontrar la verdad que busca… y endulzareis toda su vida.

Vosotros, cofrades y nazarenos, me ayudasteis a querer mucho al Señor, sin saberlo, cuando me mostrasteis, siendo pequeño, el rostro humano de Jesús, al Salvador, sobre un trono. Ahora tengo la oportunidad de deciros: ¡gracias!, ¡gracias, por aquellos anónimos nazarenos!, porque os creéis vuestra tarea, que hacéis un milagro, aunque no se vea. Seguid trabajando por la Semana Santa, como lo hacéis ahora y, si podéis, con más vigor, por favor.

Nuestra esperanza no se acaba en la imagen del crucificado: ¡Eres el que ha vencido la muerte y nos has abierto la puerta de la Vida, eres el Resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe (cf. 1 Co 15,14). La Resurrección fue la respuesta del Padre a la obediencia de Cristo, como recuerda la Carta a los Hebreos: «El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen» (Heb 5,7 9).

Ya estamos en el Domingo de Resurrección y todo se transforma, pasamos del Gólgota al Tabor, en eso se convierten las calles del Aire, Jara, Campos, San Francisco…, en la calle Mayor y la del Cañón, es como si por encantamiento despertáramos en los paisajes de un cuento, Cartagena con sus balcones engalanados y con un sinfín de palomas blancas cubriendo la procesión. Al viento las banderas y el aire, jugando con los pliegues ondulados de sus telas; abundancia de flores en las ventanas, con embriagadores perfumes de sus macetas colgadas, ¡cómo destacan los geranios colocados en hileras! En Pascua está cubierta de hojas la higuera, los rosales apuntan maneras y da gusto ver de las huertas en su perfil, las palmeras. ¿Qué ha pasado esta noche que amanece otro sol?, ¿por qué repican las campanas?, ¿a qué viene esta algarabía?… ¡Es que Jesús ha Resucitado, gritan los críos!, ¡qué alegría!, tirará el cura los aleluyas de la iglesia por el balcón… ¡Jesús ha vencido!, ¡qué emoción!, ¡ya no hay muerte, todo es vida, sin ocaso y sin medida!…

Domingo de Resurrección, ¿cómo contener la felicidad?, llevan los nazarenos las túnicas blancas, blancos turbantes, el calzón blanco y la Cruz triunfante… A todos van pregonando que Jesús no está muerto, ¡que Vive el Crucificado! Vedlo ahí, en lo alto, con sus brazos al cielo, todavía rasgado en el Templo el velo. Las nubes del cielo dibujan con finura la bandera que anuncia estos eventos, entre los blancos nimbos que parecen de filigrana y encaje, la creación entera se va pasando el mensaje y lo celebran con vuelos de palomas a cientos.

En este solemne día de fiesta nadie se queda en casa, en la calle todo el mundo se siente orgulloso, por el triunfo del Resucitado y por la Madre del Amor Hermoso, que para alabarla nuestra imaginación se queda escasa. Bajo palio llevan a Nuestra Señora, va proclamando el triunfo de su Hijo Jesús, aún no se han enterado los de Emaús, aunque de conocerlo todos ya es la hora.

Todo el pueblo es testigo y cantan de Jesús su victoria, ahora la muerte está en el nicho y la gente cantando el gloria. A los discípulos en apóstoles ha convertido, los ha hecho nuevas criaturas, y predican sin tardanza, las razones de su esperanza, incluso en circunstancias duras, por el don del Espíritu recibido. Frágiles, débiles, pequeños, temiendo y temblando parten al mundo entero llevando noticias de la Resurrección y su testimonio verdadero: Si hubiera sido falso de Cristo la Resurrección, ¿qué sentido tendría nuestra fe?, nada nos quedaría que hacer, porque vacía sería la predicación (Cf. 1Co 15, 14).

La Resurrección constituía, en primer lugar, la confirmación de todo lo que Cristo mismo había hecho y enseñado. Era el sello divino puesto sobre sus palabras y sobre su vida. Él mismo había indicado a los discípulos y adversarios este signo definitivo de su verdad. El ángel del sepulcro lo recordó a las mujeres la mañana del primer día después del sábado: «Ha resucitado, como lo había dicho» (Mt 28, 6). Si esta palabra y promesa suya se reveló como verdad también todas sus demás palabras y promesas poseen la potencia de la verdad que no pasa, como Él mismo había proclamado: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24, 35; Mc 13, 31; Lc 21, 33). Nadie habría podido imaginar ni pretender una prueba más autorizada, más fuerte, más decisiva que la resurrección de entre los muertos.

Así, la Resurrección confirma la verdad de su misma divinidad: «Cuando hayáis levantado (sobre la cruz) al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy» (Jn 8, 28). Los que escucharon estas palabras querían lapidar a Jesús, puesto que ‘YO SOY’ era para los hebreos el equivalente del nombre inefable de Dios.

Llamo vuestra atención en la grandeza de la Liturgia de estos días donde se resaltarán la palabra y los signos, las señales que cantaran su gloria.

El símbolo de la luz, en el cirio pascual, nos ayudará a dejar la oscuridad de la muerte y pasar a la luz de la vida, a entender que la luz de Cristo vence a la oscuridad. El agua viva de la fuente pascual representa la fecundidad; en medio del desierto, edifica oasis de vida y, por medio del agua del Bautismo, el Señor nos regala la filiación divina. El canto del Aleluya en la liturgia pascual nos recuerda que la voz humana no sirve sólo para gritar o llorar, también sabe cantar y que el hombre es capaz de evocar las voces de la creación y transformarlas en armonía, bendiciendo a su Señor. Muchos son los signos que nos recordarán la victoria de Jesús: las vestiduras blancas, las flores y el incienso; rociar con agua, recordando el Bautismo a la asamblea, las lecturas escogidas y la alegría y el gozo al que invita toda celebración, recordando que vuestra tristeza se convertirá en gozo, la promesa cumplida.

Les deseo de todo corazón, a ustedes y a mi ciudad de Cartagena, porque mi abuelo paterno recibió la fe del bautismo en Santa María, que tengan una buena Semana Santa; que puedan vivir intensamente el Misterio que muestran con tanto esplendor y belleza; que participen de los Oficios en las parroquias, que sepan perdonarse unos a otros las ofensas y pidan perdón a Dios, que para este oficio de ser nazareno se necesita un alma blanca, un corazón de hermano, la nobleza de la amistad, la belleza de la verdad, la limpieza de la mirada de un niño, la seguridad de la mano que estrechas, sincera caridad y la paz de una sonrisa, que les ofrezco agradecido.

En Cartagena, junto a la Virgen de la Caridad, devotísimo,

+ José Manuel Lorca Planes

Obispo de Cartagena

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