Otra lección de Nuestro Señor

Después de leer el Evangelio este domingo, podríamos decir: pues, ¡comenzamos bien! Las preocupaciones de Santiago y Juan dan a entender que no se habían enterado de nada, claro que es comprensible porque aún no les ha dado tiempo a integrar todas las enseñanzas de Jesús. Los discípulos que acompañaron al Señor están aún en los primeros pasos y los pobres llevaban clavada la mentalidad de su tiempo, las aspiraciones de la gloria, del poder, los honores, la grandeza… Por esta razón, el Señor les contestó inmediatamente: «No sabéis lo que pedís». Juan y Santiago estaban pensando en un tipo de reino del que Cristo nunca les habló, nunca se refirió a un reino terreno y visible; en la predicación de Jesús tampoco entraron los honores, los asientos de postín, los privilegios… Afortunadamente, han tenido un gran Maestro, ¡el mismo Hijo de Dios!, que muy a tiempo les ha ido abriendo el entendimiento para que aprendieran esta maravillosa lección: «El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida en rescate por todos». Hablaba, más bien, de combates, de luchas, de esfuerzos y sudores, de amar y servir. El cambio de mentalidad tuvo que ser brutal para esta pareja y para todos los discípulos, porque nos imaginamos lo difícil que tendría que ser entender eso de cargar con la cruz, servir desinteresadamente, ayudar al más débil, incluso pensar en la pasión y en la cruz, cuando ellos estaban en otras cosas, pero tuvieron un buen Maestro, que les enseñó con el ejemplo.

El modelo de grandeza que les dio Jesús en esta lección a los suyos fue sencillo: el humilde servicio, ayudar sin medida, entregarse generosamente a tender la mano a todo el que lo necesite y buscar siempre el bien para todos, pero en especial para los más pobres y necesitados. A esto se le llama cambio de estilo, de mentalidad, vamos, una verdadera y radical conversión. Las palabras del Señor a estos discípulos fueron determinantes, les ayudó a cambiar el rumbo de sus criterios y estos hombres, que eran tan frágiles como tú y como yo, fueron capaces de ponerse en la dirección que les marcó el Señor. Todos sabemos que nuestra carne es débil, pero este caso nos demuestra que uno puede llegar a ser fuerte, si escucha a Dios y acoge su Palabra poniéndola en práctica, puede llegar a ser más fuerte que el acero, puesto que en la vida no hay cosa más grande y más fuerte que el amor, «que todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca» (1Cor 13, 7-8).

En esta semana nos pide el Señor abrir el corazón para que la misericordia sea la que organice nuestras relaciones y así lograr construir un mundo de hermanos, más fraterno. El Papa Francisco no deja de advertirnos que cuando la vida interior se pliega solo a los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ni para los pobres, ni siquiera tiempo para escuchar la Palabra de Dios, por eso es urgente la conversión. La solución está en dejarnos guiar por el Espíritu Santo, que nos introduce en el misterio de Dios, nos da la fortaleza y nos impulsa a abrir las puertas para salir de nosotros mismos a anunciar y testimoniar valientemente la resurrección de Cristo al mundo de hoy. Así mismo, el Espíritu Santo también nos mostrará los caminos y lugares donde se precisa de esa agua viva que es Cristo, que salta a la vida eterna (cf. Jn 4,10).

+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

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