Ordenación sacerdotal de Méthode Twagiramungu

Homilía del Obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes. Parroquia de San Pablo de Murcia, 22 de julio del 2013.

Ilmo. Sr. Vicario General, Ilmo. Sr. D. Juan Tudela;

Vicario Episcopal de la Zona de Murcia, Ilmo. Sr. D. José Sánchez;

Vicarios Episcopales;

Queridos rectores y formadores de los seminarios diocesanos San Fulgencio y Redemptoris Mater de la Diócesis de Cartagena;

Rvdo. Sr. D. José Antonio Rodríguez, Adjunto Nunciatura Apostólica en Nigeria;

Hermanos sacerdotes, religiosos y seminaristas;

Sr. Cura Párroco de San Pablo, D. Pedro Lozano;

Un especial saludo a los familiares de Méthode y a su Comunidad;

Queridos feligreses, hermanos y amigos, especialmente a los compatriotas de Méthode: Muraho Bavandimwe.

Nyagasani abane Namwe

Querido MUFANDIMUE, Méthode,

Tu vida entregada a Nuestro Señor ha permitido que nos reunamos hoy aquí, en este bello templo de San Pablo, para asistir, emocionados, a tu ordenación sacerdotal. Esta es una historia siempre nueva, porque cada persona que está delante del Obispo para recibir las órdenes sagradas tiene una historia diferente, ha venido por caminos distintos, aunque convergen en una misma decisión, en una misma respuesta a Cristo: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad».

Pero, ¿cómo es posible llegar a esta disponibilidad de entrega total? Las lecturas de la Misa de este domingo nos ayudan a entender, una vez más, que es Dios el que tiene la iniciativa. Como en el caso de Abraham, ha sido Dios el que ha venido a visitarte, el que se ha plantado delante de la puerta de tu tienda, has tenido la generosidad de acogerle en tu corazón y te ha regalado una promesa que garantiza en ti su presencia y, por consiguiente, la esperanza y la vida.

Escuchad en vuestro corazón la Palabra de Dios, el Evangelio de San Lucas, y veréis resaltadas las dos maneras de acoger a Dios en el corazón y en la vida, porque siempre se hace presente. El prototipo de María, que se sienta a los pies del Señor para escuchar embelesada la palabra del divino Maestro; y el prototipo de Marta, que se afana para darle a Jesús todo lo que necesite, el alimento, el descanso, porque para ella, todo le parece poco. Las dos recibieron con amor a Jesús en su corazón, de formas diferentes, pero auténticas y complementarias. Las dos actitudes son expresión del amor, a una le lleva a escuchar y a la otra a dar lo que tiene.

Abre bien los ojos, querido hermano y aprende como hace Dios las cosas, ha sido Él, el que ha peregrinado a ti, el que te ha salido al encuentro, en tu situación concreta, en tu patria, entre los tuyos…; te puso delante de un mundo de sufrimiento y de mucho dolor y te dio la fuerza y el coraje para darle la cara. A ti, tan joven, te mostró la cruz y te enseñó su itinerario hacia Jerusalén, el camino a través del cual quiso realizar la obra confiada por el Padre: es el camino del humilde don de sí mismo hasta el sacrificio de la vida, el camino de la Pasión, el camino de la Cruz. Conozco bien tu arrojo y tu valentía cuando no te acobardaste y le dijiste al Señor que contara contigo, a pesar de todas las dificultades por las que tuviste que pasar. Méthode, sigue confiando en Dios, que sabe hacer las cosas bien y te ha venido preparando para que adquieras una gran sabiduría para que en la contemplación no te olvides de presentarle las necesidades de los hermanos y en la acción, en el ejercicio de tu ministerio de servicio, no te distraigas tanto, que dejes de oír a Dios.

A estas alturas, tú estás en disposición de comprender perfectamente lo que te pide Dios, no como el caso de los dos hermanos Zebedeos, que aún no habían hecho el necesario «éxodo» de una mentalidad mundana a la mentalidad de Dios. En aquel momento, los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, pidieron a Jesús sentarse en los primeros puestos junto a Él en la «gloria», todavía no habían entendido nada, su objetivo de vida manifestaba expectativas y proyectos de grandeza, de autoridad, de honores, según el mundo. Pero Jesús, que conoce muy bien el corazón del hombre, no se turbó por ese pedido sino que en seguida les ayudó a situarse con una simple afirmación: «vosotros no sabéis lo que pedís»; a partir de este momento comenzó a enseñarles lo que significaba seguirle.

La lección que les dio Jesús tiene especial actualidad, no ha perdido fuerza y me va a ayudar a centrar este itinerario, también válido para el que haya sentido como el divino peregrino se ha presentado delante de tu vida. Lo primero que les indica Jesús a estos jóvenes discípulos es que para seguirle, las cosas claras, deben comenzar por la total obediencia a Dios, es decir, estar dispuestos a compartir la opción de realizar hasta el final la voluntad del Padre, a recorrer el camino que pasa por la humillación, el sufrimiento y la muerte por amor. Esto hay que pensarlo bien y no contestar a la ligera, como hicieron Santiago y Juan con su rápida respuesta, «podemos», mostrando que no habían entendido nada. Por esta razón, Jesús, con paciencia, les hace dar un paso más y les explica que en esta aventura no se trata de puestos, ni de primeros, sino de abandonarse en Dios, sin más pretensiones que hacer la voluntad de Dios.

Ya comenzamos a entendernos, seguir a Jesús, significa alejarnos del criterio mundano de ascender, de los honores… que no se trata de la búsqueda de un proyecto propio o de una ambición propia, sino que se trata de conformar la propia voluntad a la del Padre que está en los cielos, como Cristo en Getsemaní (cfr. Lc. 22, 42). Por eso, es necesario ver a Jesús, escuchar a Jesús, aprender de Él, para entender como debe ser la propia misión en la Iglesia como auténticos discípulos. Digamos que la primera lección termina sencillamente así: «quien quiera ser grande, que se haga vuestro servidor, y quien quiera ser el primero, que se haga servidor de todos».

Este nuevo modelo que está explicando el Señor lo podrán ir viendo sus discípulos todos los días, estando con Él. No es la lógica del dominio, del poder según los criterios humanos, sino la lógica de arrodillarse para lavar los pies, la lógica del servicio, la lógica de la Cruz que es la base de todo ejercicio de la autoridad. Jesús te dirige la propuesta de seguirle cada día, y también a nosotros nos recuerda que para ser sus discípulos es necesario apropiarnos del poder de su Cruz, culmen de nuestros bienes y corona de nuestra esperanza. Tomar la cruz significa comprometerse a derrotar al pecado que obstaculiza el camino hacia Dios; acoger cotidianamente la voluntad del Señor; acrecentar la fe, sobre todo, ante los problemas, las dificultades, el sufrimiento. Hoy podemos decir que muchos son los cristianos en el mundo que, animados por el amor por Dios, asumen cada día la cruz, sea la de las pruebas cotidianas, sea la procurada por la barbarie humana, que a veces requiere el valor del sacrificio extremo. Conozco también, querido hermano, el sufrimiento que puede haber en tus recuerdos y en tu corazón, entre otras cosas, al ver que ha sido imposible que pudiera venir tu madre a tu ordenación sacerdotal, por cuestiones de fronteras humanas. Que Dios nos conceda poner la esperanza en Él, seguros de que, al seguirle, llevando nuestra cruz, lleguemos con Él a la luz de la Resurrección.

También es verdad que a ti, que hoy te ordenas sacerdote, no te va a pedir el Señor algo distinto de lo que te pedía ayer, te va a pedir lo mismo: que sepas amar de verdad a los hermanos con entrega, con capacidad para saber perdonar siempre, con donación de amor humilde y total a la Iglesia, su esposa, en la Cruz. Pero, eso sí, te exigirá más por ser sacerdote, para que sepas caer en tierra y morir, como el grano de trigo. Para ti será más exigente estar arraigado y edificado en Cristo, mantenerte firme en la fe, como les decía a todos los jóvenes el Papa Emérito en la JMJ de Madrid. Tu vi
da estará estrechamente unida a Cristo por ser sacerdote, cuídala y mantén esta vinculación siempre, potencia la oración y celebra los sacramentos, hasta que puedas decir como San Pablo «no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20), pero Cristo Crucificado, el Dios Amor clavado en la Cruz.

Recuerdo, Méthode, que el Crucificado te llama para que vayas a los crucificados. En ningún lugar podremos rastrear mejor sus huellas que en el dolor y el abandono, en la opresión y la humillación, allí donde la vida y la dignidad del ser humano están en peligro y bajo amenaza. Ayuda con tu ejemplo y con tu palabra a bajar de la cruz a los crucificados, ayúdales a encontrar la esperanza a los que la han perdido y les estarás dando la vida. Tu ministerio consiste en animar, a que la gente se deje reconciliar con Dios. Animar no en el sentido de decir que todo va bien, sino que, aunque las cosas no vayan bien, hay una esperanza para ti, hay una plenitud de realización humana y divina para ti. «Dejaos reconciliar con Dios»: con las personas que os rodean, con vuestro trabajo, con vuestras enfermedades, con vuestras angustias, con todo aquello que detestas en ti. Anima a que se acerquen a Cristo, por medio de tu ejemplo y, si es preciso usa la palabra; acompáñales siempre como un hermano y no temas, porque para esto hay que hacerse siervo. De esta manera, tu servicio será sereno, alegre y dará el fruto que espera el Señor de ti.

Voy a terminar con la exhortación de un joven de 78 años, Benedicto XVI, que se dirigía a los jóvenes al comienzo de su pontificado con una fuerza apasionante:

«¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, de par en par las puertas a Cristo!

¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo, si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él, miedo de que Él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad?». Y todavía el Papa decía con más fuerza: «¡No! Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida (Benedicto XVI. Homilía en el solemne inicio de su pontificado. 2005)».

Que el Señor os bendiga a todos. Rezad por los sacerdotes y rezad por este hermano que le ha dicho al Señor que estará dispuesto a seguirle toda su vida, para que el Espíritu le dé fuerza para cumplir su Palabra. Que la Santísima Virgen María te cuide y te proteja todos los días de tu vida.

+ José Manuel Lorca Planes

Obispo de Cartagena

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