Ordenación sacerdotal de Francisco Acosta

Homilía del Obispo de Catagena, Mons. José Manuel Lorca Planes, en Puerto de Mazarrón, el 30 junio del 2013.

Queridos sacerdotes

Ilmo. Sr. Vicario Episcopal de la Zona Pastoral de Lorca, Don Francisco Fructuoso.

Ilmo. Sr. Rector del Seminario Mayor San Fulgencio, Don Sebastián Chico y Formadores.

Ilmo. Sr. Rector Seminario Diocesano Misionero Redemptoris Mater y Formadores.

Religiosos y Religiosas, Hijas de la Caridad.

Seminaristas,

Ecxmo. Sr. Alcalde de Mazarrón.

Familiares del ordenando.

Hermanos y Hermanas.

Querido Francisco:

Con mucha alegría contemplamos las obras de la grandeza de Dios, entre las que se encuentra este regalo de tu ordenación sacerdotal. Dios salió a tu encuentro y te llamó para ser sacerdote. Tú has contado muchas veces como fue esa aventura, que ni tú mismo te podías imaginar, como te pidió el Señor que dejaras atrás las redes en la barca y tantas otras experiencias y proyectos de tu vida. Desde que le dijiste sí al Señor todo ha cambiado, lo que te parecía imposible resulta que lo ha hecho posible Dios. Lo grande es que ahora, preparado para servir, podrás anunciar al mundo las maravillas del Señor.

Hoy, como San Pedro y San Pablo, te pondrás a disposición del Señor y conocerás más de cerca el sacerdocio enteramente nuevo de Jesús, su hondura, sus dimensiones, su originalidad, e irrepetibilidad, porque tu vida girará entorno al alcance de la onda expansiva del sacrificio de Cristo. Dios te regala vivir un sacerdocio como el de Pedro y Pablo, en el ejercicio del ministerio apostólico y evangelizador, hasta la muerte, como ellos que se tomaron la vida muy en serio para evangelizar, servir a la Palabra y ofrecer el mensaje entero y sin adulterarlo, como dijo el mismo San Pablo. Ten muy presente en tu vida este momento, graba en tu corazón este don, que viene del Señor. Ya podrás ver lo que supone ser sacerdote, las actitudes que comporta, lo que puedes ofrecer a los hermanos, el temple que se te pide, las motivaciones que empujan tu vida de evangelizador y dónde reside la fuerza de tu ser misionero.

Francisco, agárrate muy fuerte al que sostiene tu ser y pídele que te ayude a centrarte en tu vocación, acercándote a la Palabra y no perdiendo el horizonte, con la ayuda de la Iglesia. Pronto serás un sacerdote, asumirás una identidad nueva e inmensa, porque vas a ser discípulo y maestro de la fe, sacerdote y profeta. Conviene que le des unidad a esa vida sacerdotal y misionera, tan dispersa y rota muchas veces, agotadora y agotada en muchos. Huye con toda la velocidad que puedas de la dispersión, porque esta te romperá por dentro, te privará de la ilusión y secará tu alma sacerdotal; la dispersión le quita a nuestra vida la hondura y la grandeza incomparable de la misión la convierte en rutina, superficialidad, oficio, arrastrándote a una dinámica de mínimos y esto es lo más desaconsejable para un sacerdote que tiene un ministerio tan alto. Para evitar esa desorientación, pon el rumbo a Cristo, ajusta la brújula a Nuestro Señor. Fíjate como lo hicieron otros y verás que es posible para ti: ¿Quien unificó la desbordante actividad de Pablo, una actividad que conocía el dolor y el rechazo? Ya sabes que fue el amor apasionado a Cristo, porque Jesús lo amó primero a él y Pablo se fió y se entregó por él a predicar sin descanso el Evangelio. El amor a Cristo unificó toda su vida y actividad incansable. Y es que, como él mismo confiesa, le urgía, le impelía y le empujaba a evangelizar el amor que Cristo le tenía hasta dar la vida por nosotros, de modo, dice él, que ya no vivimos para nosotros, sino para Él. Este amor es el que unificará tu vida de buen pastor.

La Solemnidad de San Pedro y San Pablo nos trae a la memoria la importancia de ser testigos del Señor, del que ha dado la vida hasta derramar su sangre por amor a todos nosotros. Continuar la tarea de Jesús ha sido el todo de sus existencias y los dos han vivido para esto, no les cabía en su vida otra cosa o trabajo. Viven para eso, por amor a Cristo, para servir, «siervos vuestros» les dice San Pablo a los corintios. Por eso les habla con franqueza y les abre totalmente el corazón, para que también ellos ensanchen su corazón y se lo abran a Pablo (2 Co 6, 11-13). Prepárate, porque Dios te sorprenderá todos los días, harás milagros. Sí, créetelo, cuando perdones los pecados en el Sacramento de la Penitencia habrás sacado a una persona de las garras de la muerte y le devolverás la vida, un milagro. Que tu vida se destaque por la caridad.

Querido hermano, si ponerte a disposición del Señor es fundamental y fijarte en el modelo de los apóstoles orienta tu vida claramente hacia el Señor, te puedo ofrecer otra vía de no menor calado: mirar a la Santísima Virgen María. Decía Benedicto XVI a los seminaristas en Colonia durante la XX Jornada Mundial de la Juventud, en agosto 2005: «Es precisamente la Madre quien les muestra a Jesús (a los Magos), su Hijo, ella es quien se lo presenta; en cierto modo se lo hace ver, tocar, tomar en sus brazos. María les enseña a contemplarlo con los ojos del corazón y a vivir de él. En todos los momentos de la vida… se puede experimentar esta amorosa presencia de la Virgen, que introduce a cada uno al encuentro con Cristo en el silencio de la meditación, en la oración y en la fraternidad. María ayuda a encontrar al Señor sobre todo en la celebración eucarística, cuando en la Palabra y en el Pan consagrado se hace nuestro alimento espiritual cotidiano». La espiritualidad mariana es una dimensión intrínseca a la espiritualidad eclesial y nosotros los sacerdotes estamos llamados a crecer en una sólida y tierna devoción a la Virgen María, testimoniándola con la imitación de sus virtudes y con la oración frecuente. (Cf. Pastores Dabo Vobis).

En la espiritualidad sobre el sacerdocio ministerial es frecuente observar la invitación a vivir la relación interpersonal con María. Ella «es Madre del eterno Sacerdote y, por eso mismo, Madre de todos los sacerdotes… de una manera especial siente predilección por los sacerdotes, que son viva imagen de su Jesús» (Pio XII, Menti nostrae, 124). «Por ser «Madre de los sacerdotes», en cierto modo, somos los primeros en tener derecho a ver en ella a nuestra Madre» (Juan Pablo II, Carta del Jueves Santo 1979). Por esta razón tan evidente, para ti que comienzas tu vida de servicio a los hermanos, te propongo un vínculo que no puedes olvidar nunca, «profundizar constantemente nuestro vínculo espiritual con la Madre de Dios» (Juan Pablo II, Carta del Jueves Santo 1988).

Todos los sacerdotes de esta Diócesis estamos consagrados a la Santísima Virgen María, Reina de los Corazones, según una antiquísima tradición del Seminario de San Fulgencio, nuestro lugar no es otro sino el corazón materno de María. Con razón insiste tanto el Beato Papa Juan Pablo II en recordárnoslo, pocos meses antes de morir: «¿Quién puede hacernos gustar la grandeza del misterio eucarístico mejor que María? Nadie como ella puede enseñarnos con que fervor se han de celebrar los santos Misterios y como hemos de estar en compañía de su Hijo escondido bajo las especies eucarísticas. Así pues, la imploro por todos vosotros, confiándole especialmente a los más ancianos, a los enfermos y a cuantos se encuentran en dificultad. En esta Pascua del Año de la Eucaristía me complace hacerme eco para todos vosotros de aquellas palabras dulces y confortantes de Jesús: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27)» (Carta Jueves Santo, 2005, 8).

Francisco, como los marineros, mira a la Estrella del mar, a la Madre de Dios, porque te asegurará siempre el camino para estar junto a Él. Reza a María y ayuda a los hermanos que se te confiarán para que también orienten sus vidas al Señor, a través de la Madre de Dios, porque ella es Madre nuestra, modelo, intercesora, ayuda, maestra, guía, discípula… y sabe hace
r muy bien las cosas. A ella encomiendo tu vida y el ejercicio del ministerio.

Que Dios te acompañe siempre. Amén.

+ José Manuel Lorca Planes

Obispo de Cartagena

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