Jesús enseña con palabras y obras

Carta del obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca

En la celebración de la fiesta de su Bautismo, Jesús se presentó a la humanidad como Hijo de Dios, Mesías esperado, Profeta, ungido por el Espíritu Santo. En la liturgia de este domingo vemos a Nuestro Señor en acción, precisamente en la sinagoga de Cafarnaúm y en la elección de los discípulos. El evangelista se cuida de poner un detalle que no puede pasar por alto, que quienes lo escuchan salen admirados al ver el poder y la autoridad de Jesús y que se llenan de admiración ante sus palabras de gracia, las cuales reciben con profunda alegría, llegándoles a lo más hondo del alma, ya que hablaba según verdad y no sonaban a palabrería hueca. Jesús habla en el nombre de Dios como un profeta y no se aparta de la voluntad de su Padre. Este acontecimiento nos lleva a entender que quien le abre la puerta de la fe a Jesús en su corazón tiene asegurada la alegría; cuando abres los ojos y los oídos para ver, oír y sentir a Jesús cerca tienes asegurado un gozo tan grande que te lleva a exclamar como Pedro en el Tabor: «Qué bueno es que estamos aquí» (Mc 9,5).

En este texto evangélico sí que podemos comprobar que Jesús es poderoso en palabras y obras. Nos detenemos un momento en aquel preciso instante, cuando Jesús repara en la persona enferma allí presente, la gente lo tenía como endemoniado. A este tipo de personas se les apartaba de la sociedad y nadie se relacionaba con ellas; este era el gran problema, tanto más grave, cuando el mismo individuo se llegaba a convencer de que era un maldecido y, por tanto, su vida se veía envuelta en un drama. La gran suerte que tuvo aquel enfermo fue que Jesús estaba allí y aprovechó la ocasión para decirles a todos que el demonio no era el dueño de ese hombre, que su mayor problema era enfrentarse él solo todos los días a su drama, sin ayuda de nadie, porque todos le habían dado la espalda. Este es un momento de una gran ternura de Jesús, porque junto a su autoridad les muestra el corazón de Dios rompiendo esas pesadas cadenas que llevaba. Jesús le devuelve su dignidad de persona amada por Dios. Si las palabras de gracia que salieron de su boca fueron impresionantes y llegaron al fondo del corazón de todos, este signo rompió todos los reparos que podrían tener para aceptarlo plenamente.

Jesús es la Vida y abre a las personas a la esperanza destruyendo toda clase de temores, porque Jesús es el amor en plenitud y, como decía san Juan: «No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor» (1Jn 4,18). Hoy Dios sigue revelando a la humanidad su gloria, con palabras y con obras, porque sigue haciendo callar al demonio con su poder. El Señor sigue diciéndonos que no temamos, porque somos sus criaturas bien amadas, que Dios está de nuestra parte, que sigue cerca de cada uno de nosotros y nos sigue haciendo libres, sigue rompiendo las cadenas del pecado y devolviéndonos la confianza y la libertad de corazón. Pero no podemos olvidar que, como en el caso de la pandemia que está sufriendo la humanidad, hay que protegerse, no exponerse al peligro. La mejor medicina que tenemos es acercarnos a Jesús para sentir el calor de su corazón y acercarnos a los demás, especialmente a los más necesitados, para ofrecerles el mejor regalo que hemos recibido del Señor: el amor y el perdón.

Feliz domingo.

+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

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