«Conocí a Dios tal cual es: misericordioso y a la vez justo; un Dios muy alegre, con un sentido del humor impresionante»

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La diócesis de Cartagena es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la catedral de Santa María, situada en la ciudad de Murcia.

Vladimir Revutskyy Matsevko será ordenado sacerdote el próximo domingo 25 de septiembre a las 20:00 horas, en la iglesia de Santiago el Mayor de Murcia.

Vladimir, de 31 años, nació en Ucrania, donde vivió hasta trasladarse a Murcia con sus padres, que habían emigrado en busca de una vida mejor. Para entonces tenía 9 años, y en esa época, que recuerda con cariño, había una comunidad ucraniana en la parroquia del Carmen que celebraba la Misa según el rito oriental. En esas celebraciones, Vladimir era monaguillo; aunque lo fue solo hasta los 12 años. «Lo pasaba muy bien, pero no tenía fe», recuerda. Su adolescencia, entonces en ciernes, iba a ser difícil.

Un verano, mientras visitaban a su familia en Ucrania, su padre sufrió un accidente de coche, donde también murió su tío, y quedó ingresado en el hospital. Vladimir, que tuvo que regresar a España, perdió el interés por los estudios. Repitió varios cursos de la ESO hasta abandonar el colegio y se desvió por otros caminos, con compañías que no le hacían bien. «Todo eso me iba matando, me iba alejando, primero de Dios; y luego de mí mismo, de mi familia… de toda la realidad», explica Vladimir. Empezó a trabajar, y vivía pendiente de cuidar a su padre, del pago de la hipoteca de la casa familiar y otras responsabilidades. Comenzó varios grados formativos, pero, como le ocurría en todas las facetas de su vida, no encontraba en ellos lo que buscaba.

Estaba, además, muy lejos de Dios. «No conocía prácticamente nada de la Iglesia, pero tenía el corazón roto, y no sabía por qué. Había una herida dentro de mí que no sabía cómo sanar», explica. Tenía demasiadas cosas en el corazón; demasiadas puertas abiertas que podían conducirle al mal, que luego tuvo que cerrar.

A los 21 años, uno de sus primos lo invitó a un retiro de la Renovación Carismática ucraniana de la Iglesia bizantina. Vladimir, sin saber en qué consistía, aceptó. La cantidad de jóvenes que vio allí le impactó, y también el estilo de música de alabanza. El quinto día de esa experiencia, el 1 de julio de 2012, fue para él un «segundo bautismo»; el momento en que «volvió a la vida». Ese día, una de las oraciones que realizaron culminó con una imposición de manos donde, de rodillas y con los ojos cerrados, sintió una fuerza grandísima que bajaba sobre él. Cuando abrió los ojos, el sacerdote le dijo: «Bienvenido a la familia», y Vladimir cayó en la cuenta: estaba dentro de la Iglesia. «Mi vida cambió completamente. Entendí cuánto Dios me amaba y conocí a Dios tal cual es: misericordioso y a la vez justo; un Dios alegre, muy alegre, con un sentido del humor impresionante; y conocí a una Iglesia muy viva», cuenta con entusiasmo. «Se me abrieron los ojos de par en par. Vi a Cristo sin verlo, lo toqué sin tocarlo», rememora emocionado.

Después de esa experiencia, viajó de nuevo a Ucrania para, mientras cuidaba a su abuela paterna, seguir formándose en la Iglesia; y al regresar a Murcia, dio con la comunidad de la Renovación Carismática de la iglesia de Pasos de Santiago, donde pudo vivir su fe. «Nunca pensaba en el sacerdocio», recuerda Vladimir. De hecho, entre los 21 y 24 años tuvo una novia, y estaba dedicado a estudiar un módulo de Técnico de Emergencias Sanitarias. Aun así, muchos comenzaron a decirle que sería cura. Él lo rechazaba; llegaba incluso a resultarle incómodo.

Cuando su novia y él rompieron, Vladimir pidió a Dios que, si quería que entrara al seminario, pudiera verlo claro, y el momento llegó: un día, haciendo oración en su casa, sintió una paz inmensa y todos sus miedos desaparecieron. «Entendí que Dios me estaba llamando al sacerdocio, y sentí paz y alegría», recuerda. Aunque su familia no terminó de entenderlo, él sabía cuál era su camino. Tenía decidido, además, optar por el celibato; aunque el rito greco-católico le habría permitido casarse. Entró al Seminario San Fulgencio en 2016 y, pese a la dureza del primer año por el cambio de vida que suponía, perseveró. Y mereció la pena: «No cambiaría ningún día de los seis años de seminario».

A su tiempo, llegó la ordenación diaconal. Recibió la noticia mientras estaba en aislamiento, pasando el covid-19; y fue para él una alegría. Como diácono, tuvo como destino la Basílica de la Purísima en Yecla. «A veces salía al altar con temblor de pies, pero a la vez seguro, porque sabía que Dios me asistía… Entiendo que tanto el diaconado como el don del sacerdocio no es algo mío, sino algo prestado. Por eso intento hacerlo todo como Jesús lo haría».

El domingo 25 de septiembre, a las 20:00 horas, recibirá el Orden Sacerdotal en la parroquia de Santiago el Mayor de Murcia. No imagina cómo puede ser ese día, aunque sí sabe qué llegará después: «Entiendo que mi Padre, Dios, me ha hecho un regalo grandísimo: una vida, otra oportunidad; y si él se deleita en mi Ordenación, yo seré feliz. Esa es mi paz».

Su primer destino como sacerdote será, curiosamente, la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Carmen, donde fue monaguillo en su infancia y será ahora vicario parroquial. «Dios lo tenía todo planeado», concluye.

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