Tiempo providencial

Carta de inicio de curso del obispo de Cádiz-Ceuta.

Queridos diocesanos:

Estamos viviendo un tiempo providencial con nuevas oportunidades para el Evangelio y la evangelización. Es un tiempo en que la Iglesia se abre a la llamada de una renovación profunda de su vocación discipular, misionera y profética. San Juan Pablo II lo dijo con insistencia y sabiduría pastoral: “la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones”[1]. El Papa Francisco quiere “despertar aún más la conciencia misionera de la missio ad gentes y retomar con un nuevo impulso la transformación misionera de la vida y de la pastoral”[2]. Nos hace recordar que el bautizado es misionero por naturaleza y encuentra su fuerza en el amor de Dios. Hemos de aceptar, por tanto, y configurar el momento presente como kairós, como tiempo de gracia que nos es dado por Dios.

Culminado el plan de pastoral anterior, ha llegado el momento de presentar una nueva programación que nos oriente con unos objetivos pastorales para nuestra diócesis para los próximos años. Hemos de dar gracias a Dios por los muchos avances que hemos experimentado en las líneas propuestas hasta ahora, que son, sin duda, la base y garantía para seguir avanzando en la evangelización de modo acompañado y compartido en la diócesis entera, y para abrir nuevos caminos que nos permitan afrontar los retos cambiantes que experimentamos en la sociedad y que condicionan el anuncio y seguimiento de Cristo viviendo como discípulos suyos.

La Iglesia, si está unida al Señor Jesús y quiere vivir el evangelio, no puede prescindir del esfuerzo de una salida misionera que brota de la alegría de la misericordia. Y debe hacerlo afrontando los desafíos del cambio de época, porque esta situación marca un momento histórico de fuerte llamada a la renovación para la humanidad y para la Iglesia. “Se ha dado un gran cambio social que ha generado una sociedad desvinculada, desordenada e insegura en la que crece la desconfianza y el enfrentamiento. En este contexto tan transformado, es necesario seguir afirmando que la vivencia religiosa, la fe en Dios, aporta claridad y firmeza a las valoraciones éticas. Hemos de hacer este anuncio con audacia y esperanza. Dios nos sale al encuentro, la fe en Dios es razonable y el corazón humano está inquieto y con sed”[3].

El esfuerzo entre fidelidad y novedad

La Iglesia vive en permanente fidelidad a un doble mandato del Señor: «id y anunciad el Evangelio» y «haced esto en conmemoración mía». Este mandato que, gracias a la eucaristía acontece hoy, ha de ser vivido en la novedad de cada momento histórico, lo que supone un permanente diálogo entre fidelidad y novedad que marca la vida de la Iglesia, pero que es causa de muchas de sus tensiones internas. Ser fiel al acontecimiento esencial y eterno en la novedad de cada tiempo exige hacer discernimiento permanente de la voluntad de Dios en la vida y en la historia en cada momento. Desde el Concilio Vaticano II la Iglesia ha ido interpretando progresivamente estos “signos de los tiempos” –como aconsejaba Gaudium et Spes— a través de los sucesivos sínodos y magisterios pontificios posconciliares que han incrementado el diagnóstico, como también las orientaciones pastorales para salir a su encuentro.

No se trata de cambiar por cambiar ni de estar a la moda, sino que la Iglesia ha de cambiar para permanecer fiel a su identidad y vocación –como ha dicho Francisco retomando una afirmación central de la teología de San John Henry Newman[4] —, porque hay que asumir una conversión siempre inacabada para vivir y comunicar el acontecimiento de Cristo en cada época: «La historia de la Iglesia está marcada siempre por partidas, desplazamientos, cambios… paradójicamente, se necesita partir para poder permanecer, cambiar para poder ser fiel»[5].

Han sucedido en estos últimos años acontecimientos significativos dentro y fuera de la Iglesia que nos determinan y enriquecen, y que no pueden ser soslayados ahora en una nueva programación. No podemos dejar de valorar la situación insólita vivida en la pandemia del Covid-19 que ha sembrado el mundo de temor y ha descabalado la vida social y económica. También ha afectado sensiblemente a la actividad pastoral y ha puesto a prueba la fe y la pertenencia de muchos a la Iglesia. Hay que recordar que “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Rm 8,28) y confiar en la providencia de Dios, pero, por todo ello, hemos de asumir de nuevo nuestro compromiso para anunciar la salvación de Cristo de un modo especial, más urgente y decidido, y ofrecer al mundo el consuelo del amor de Dios.

Es imprescindible asumir hoy en nuestras propuestas el eje doctrinal de Evangelii Gaudium y Gaudete et exultate: Discipulado misionero y santidad; así como el anuncio a la familia y a los jóvenes de Amoris laetitia y Christus vivit; la dimensión social de Laudato si’: La economía de Francisco, y la encíclica Fratelli Tutti. En la misma línea se han publicado la carta Iuvenescit Ecclesia, el Nuevo Directorio de Catequesis y la instrucción La Conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia, que son determinantes para orientar la vida pastoral como verdadera misión.

Sinodalidad y discernimiento

Por lo que se refiere a nuestra diócesis hemos vivido no hace mucho una amplia consulta a toda la comunidad diocesana –que se ha dilatado dos cursos— y que ha supuesto una aportación significativa en orden a una gran renovación. La reflexión y el dialogo nos han abierto los ojos a la voluntad de Dios ante los retos de hoy a la comunidad diocesana. Hemos apreciado lagunas y carencias propias y deseamos corregirlas, deseos y anhelos dignos de atención, y una gran disponibilidad por parte de muchos. Se ha animado una colaboración que pide seguir progresando. También nos ha enriquecido enormemente participar en el Congreso Nacional de Laicos, precedido del trabajo de un Instrumentum Laboris, así como las aportaciones posteriores solicitadas por la reflexión del documento Hacia un nuevo Pentecostés –una guía de trabajo de referencia para madurar en las ponencias y propuestas del Congreso y sus itinerarios—. Hemos recibido, además, la aportación de los jóvenes después de ocuparse de la exhortación papal Christus Vivit, etc. Estas abundantes reflexiones diocesanas, unidas a las propuestas en diferentes foros diocesanos o arciprestales, son muestra de un esfuerzo intenso de discernimiento y sinodalidad que hemos venido ejercitando.

He aquí el resultado de un camino hecho en el diálogo, que esperamos continuar. En efecto, la sinodalidad y el discernimiento están siendo ya los ejes transversales de todas nuestras propuestas pastorales y acciones. La Iglesia debe ser capaz de captar los signos de los tiempos y de discernir bajo la guía del Espíritu Santo para caminar juntos. Después de vivir excepcionales momentos de escucha en el Consejo Presbiteral, en los Arciprestazgos, en los Consejos Pastorales Parroquiales, en las Delegaciones Diocesanas y Secretariados, se han puesto de manifiesto los desafíos para la Iglesia en nuestra sociedad y nuestra diócesis, sus fortalezas y sus carencias. Hemos iniciado, como se puede observar, el camino de un auténtico proceso con el que llevamos a cabo una experiencia de Iglesia, y hemos sacado unas conclusiones y propuestas que ahora están en nuestras propias manos. Nos corresponde a nosotros, una vez más, dar continuidad al camino que hemos iniciado. Y esto es tarea de todos. Estamos ante una auténtica obra del Espíritu que ha actuado en la comunidad y en cada uno de nosotros. Tenemos ahora la responsabilidad de transmitir lo vivido y reflexionado, de concretarlo y llevarlo a cabo con ilusión, entusiasmo, confianza en Dios y una gran esperanza de que “lo que es imposible para los hombres es posible para Dios” (Lc 18,27). Con su gracia y nuestra firme decisión lo alcanzaremos en el dinamismo de la santidad vivida en la Iglesia.

Hemos de focalizar la vida y misión de nuestra Diócesis en tormo al objetivo de conseguir una Iglesia Diocesana “en salida misionera”. Es un proyecto ambicioso pero, como ha manifestado Francisco— “la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia”[6]. Se nos pide hacer “una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la auto-preservación”[7].

“Es vital que hoy la iglesia salga anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie (EG 23). “Constituyámonos en todas las regiones de la tierra en un ‘estado permanente de misión’” (EG 25).

Para comprender bien este proyecto diocesano hay que aclarar que no es propiamente una programación concreta –algo que vendrá después— sino un tronco común o esqueleto del que se ha de partir para que toda la Iglesia diocesana se vea reconocida y enviada, intentando hacer suyos los presupuestos pastorales y poner los medios posibles para adecuarse a él. La vida diocesana es mucho más rica y amplia de lo que en él se refleja, pero aquí se indican líneas de acción y medios concretos –más frecuentes o más nuevos— que nos pueden ayudar. Lógicamente después debe hacerlo suyo cada parroquia, delegación, movimiento o comunidad llevándolo a su propia actividad, buscando cómo asumirlo en su realidad, incluyéndolo en su programación y revisándolo.

No olvidemos la fuerza de la pastoral ordinaria en la que día a día ofrecemos con perseverancia la vida de la Iglesia, la presencia de Dios, el ofrecimiento de su gracia, la predicación de su Palabra, el consuelo a los necesitados, la comunicación cristiana de bienes. En absoluto queda desplazada ni desvalorizada. Al contrario, en ella se insertan las propuestas renovadoras que ahora se nos proponen.

La recepción del presente Plan de Pastoral supone y una actitud y un tiempo de escucha del Espíritu, de reflexión y discernimiento para ver cómo hoy y aquí́ somos una Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo. Y la súplica humilde y constante, porque “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (Salmo 127).

Agradezco de antemano vuestro esfuerzo y os invito a ponerlo en manos de Nuestra Señora, la Virgen María, estrella de la evangelización. A ella encomendamos la diócesis entera y nuestras personas para que nos enseñe a seguir a Jesús, el Señor, a vivir como discípulos y apóstoles experimentando con gozo nuestra fe y a proclamarla decididamente con esperanza.

+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta

[1] San Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris missio. Roma, 1990, n. 2

[2] Carta del Papa Francisco con ocasión del Centenario de la Promulgación de la CartaApostólica Maximum illud 1919-2019.

[3] Será de gran ayuda repasar el documento de la Conferencia Espiscopal Española “Fieles al envío misionero”(2021) –fruto de un ejercicio de discernimiento compartido por los obispos, los órganos colegiados de la CEE y los colaboradores—, para aproximarse a la realidad social y para iluminar la orientación de nuestra pastoral para los próximos cursos. Sus orientaciones y líneas de acción quedan, en parte, asumidas en esta reflexión y programa pastoral.

[4] Cf. J.H. Newman, El desarrollo de la doctrina cristiana.

[5] Francisco, Discurso de Navidad a la Curia romana, diciembre de 2019.

[6] EG 15.

[7] EG 27.

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