Progreso es preservar y dignificar la vida

El sábado 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, la Iglesia celebra el misterio de la encarnación, cuando el Verbo de Dios asumió, por amor, nuestra naturaleza humana para llevarla a su plenitud, y, por ello, la JORNADA POR LA VIDA.

La vida es el primer derecho humano, pero en la vida social se ha instalado un gran vacío de amor y un desprecio generalizado a la persona. Por eso es especialmente importante hacer una seria reflexión para ser conscientes de nuestra responsabilidad en la marcha de la sociedad y acompañar la vida humana, la vida de cada persona, en todas las fases de su existencia, desde su concepción hasta su muerte natural, aumentando los cuidados cuando la vida es más vulnerable. Por nuestra responsabilidad cristiana y social debemos comprometernos en la transformación de este mundo al cual Dios ama tanto. Es mucho lo que podemos hacer con nuestro testimonio personal y con nuestro compromiso, con propuestas de acción realistas, comenzando por orar sin cesar por la defensa de la vida humana y acompañando a las personas que más lo necesitan. Nos jugamos mucho cada uno y nuestra sociedad.

Las leyes que promueven y amplían el supuesto «derecho al aborto» son absolutamente injustas porque legalizan la muerte de personas inocentes e indefensas. Plantear al inicio de su existencia que eliminar una vida humana pueda ser solución para algún problema es una grave equivocación, como ocurre en el caso de un embrión o un feto en el seno de su madre. Ni se puede abandonar al no nacido ni dar a entender que el embarazo es como una enfermedad.

También es necesario el acompañamiento para los refugiados e inmigrantes que llegan a nuestras fronteras, la mayoría de las veces en condiciones tan trágicas. Nos recuerda el Papa Francisco en Fratelli tutti que, en la práctica, con las decisiones y el modo de tratarlos, se expresa que se les considera menos valiosos, menos importantes, menos humanos.

¿Y qué decir del alarmante aumento de suicidios, especialmente entre los más jóvenes? Debemos afrontar este tema espantoso que merece ser considerado seriamente. Ante todo hay que acoger y acompañar con respeto el dolor de los familiares y amigos de las personas que se han suicidado, pero también analizar sus causas y poner remedio para que los jóvenes descubran el sentido de la vida y el don de vivir con esperanza.

Así mismo, hemos de valorar la vida en la ancianidad y ayudar a los mayores porque siempre tienen mucho que perder en una sociedad del descarte y la desvinculación. Procuremos que las personas mayores sean protagonistas, dejando cauces para escuchar su voz y para darles su espacio y valor.

Y al final de la vida, cuando la vida humana vuelve a ser frágil, no caigamos en la tentación de buscar falsas vías que, con la excusa de eliminar el sufrimiento, lo que hacen es acabar con la vida de la persona. La eutanasia y el suicidio asistido no son un derecho sino una trágica derrota del ser humano. No hace falta ser creyente para decir que la muerte provocada nos es el camino para una buena muerte. Una vez más debemos manifestar nuestro rechazo a la ley que regula la eutanasia y pedir la aprobación de una ley integral de cuidados paliativos, dotada de los recursos necesarios, para acompañar de manera verdaderamente humana a las personas en la fase final de su vida.

Amigos: No hay nada más moderno que defender la vida, en todo momento y lugar, y nada más retrógrado e inhumano que promover la muerte con excusas insoportables y a base de falsos argumentos ideológicos que tan solo reflejan el egoísmo por el que evitamos auxiliar a quienes más lo necesitan. Preservar y dignificar la vida debe ser el objetivo de una sociedad humanista y de progreso.

Acompañemos siempre la vida de cada persona, en todas las fases de su existencia, con cuidado, con amor, con esperanza. La Virgen María, Madre de la Vida, infundirá en nosotros un amor concreto y creativo para instaurar la cultura de la vida, acompañando y acogiendo a cada persona. Somos seres valiosos creados por amor a imagen y semejanza de Dios, con una vida de valor inviolable.

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