Pascua del Enfermo

El amor cristiano tiene como horizonte a todo el hombre y se dirige a todos los hombres que esperan justicia, ayuda o respeto. La enfermedad figura entre las pobrezas que esperan nuevas respuestas de nuestra caridad cristiana.

Celebramos el domingo 22 de mayo la Pascua del Enfermo que tiene como fin sensibilizar sobre la necesidad de asistir a los enfermos y a quienes los cuidan. Los Evangelios nos narran los continuos encuentros de Jesús con las personas enfermas para acompañar su dolor, darle sentido, curarlo. Como discípulos suyos, estamos llamados a hacer lo mismo, más aún cuando la pandemia de la Covid-19 ha mostrado nuestra vulnerabilidad y nos ha hecho percibir la necesidad de acompañar a los que sufren cualquier tipo de enfermedad, incluidas las enfermedades mentales, las neurodegenerativas o las denominadas “enfermedades raras”, para las que se destinan menos recursos humanos y materiales. El enfermo “es siempre el centro de nuestra caridad pastoral. No podemos dejar de escuchar al paciente, su historia, sus angustias y sus miedos. Incluso cuando no es posible curar, siempre es posible cuidar, siempre es posible consolar, siempre es posible hacer sentir nuestra cercanía” (Mensaje de los Obispos 2022). Pero la peor discriminación que padecen los pobres –y los enfermos son pobres de salud— es la falta de atención espiritual. Si cada vida es sagrada no podemos dejar de ofrecerles la cercanía de Dios, su bendición, su Palabra, la celebración de los sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y maduración en la fe (cf. Evangelii Gaudium, 200). Junto al cuidado del cuerpo, hemos de ofrecer «aquella caridad gracias a la cual el enfermo y sus familiares ocupan un lugar central».

Vivimos en una época en la que la cultura del descarte está muy difundida y ni al enfermo ni a la vida se le reconoce siempre su íntima dignidad por la que ha de ser acogida, protegida y vivida desde su concepción hasta su término natural. En efecto, la reforma de la ley del aborto que se acaba de aprobar es una pésima noticia, porque la defensa y la promoción de la vida es una de las fuentes de la civilización, de un mundo humanizado. Una sociedad que defiende la vida en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural, muestra la salud moral y la esperanza de un pueblo en construir un futuro de bien común. Existe el derecho humano a la vida, a nacer, y como derecho debe ser garantizado y respetado. No existe el derecho humano al aborto, a no nacer. Esta es una de las líneas rojas que nunca se debería pasar si queremos defender la dignidad ontológica de todos los seres humanos, o, de lo contrario, la vida de las personas se verá comprometida y sometida a consensos, reducida a un mero acuerdo, tan arbitrario como la mayoría de las decisiones políticas, fruto de intereses particulares o de los consensos egoístas que en cada momento convenga a algunos. Como afirmó el profesor Jérôme Lejeune, gran defensor de la vida y uno de los mejores genetistas de su época: “La calidad de la civilización puede medirse por el respeto que tiene hacia sus miembros más débiles. No existe otro criterio”. Esto sitúa nuestra actual civilización en una situación de franca decadencia que exige de todos nosotros un decidido compromiso en favor de la vida y la dignidad humanas, y, por eso, también de los enfermos. Allanar el camino al aborto es restringir el camino hacia la vida y la libertad. No hace falta ser religioso para comprender este retroceso social y pérdida de valores. ¡Qué razón tenía el teólogo H. de Lubac cuando afirmó que ciertamente es posible llegar a hacer una sociedad sin Dios! Ahora bien, si hacemos una sociedad sin Dios, haremos una sociedad contra el hombre. A la vista está.

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