La vivencia del Evangelio dentro del monasterio y de la mano de María Inmaculada

Diócesis de Cádiz-Ceutahttps://www.obispadocadizyceuta.es/
La diócesis de Cádiz y Ceuta es el resultado de la unión de la Gadicensis y Septensis bajo un único obispo titular, proceso que se inició en 1857 y culminó en 1933. Es sufragánea de la Archidiócesis de Sevilla y no tiene enclaves territoriales en otras diócesis ni de otras en su demarcación.

La Iglesia en la Solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita a poner nuestra mirada en nuestro Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, para agradecerle y alabarle su continuo amor, su salvación y su vida. En este marco litúrgico, el pueblo cristiano es invitado a tomar conciencia, valorar y agradecer la presencia de la vida contemplativa.

En nuestra Diócesis de Cádiz y Ceuta somos ocho Monasterios, tres en Cádiz de los cuales dos de Concepcionistas, Monasterio de Nuestra Señora de la Piedad y el Monasterio de Santa María, y uno de Carmelitas Descalzas del Monasterio del Santísimo Corpus Christi y San José; dos en Medina Sidonia de Agustinas Ermitañas, Convento de San Cristóbal y Agustinas Recoletas, Convento de Jesús, María; dos en San Fernando de Carmelitas Descalzas, Monasterio de la Santísima Trinidad y Capuchinas, Monasterio de Nuestra Señora del Rosario y uno en Chiclana de la Frontera de Agustinas Recoletas, Convento de Jesús Nazareno.

Desde la clausura de nuestros monasterios las monjas contemplativas «dedicamos todo nuestro tiempo únicamente a Dios en la soledad y el silencio, en oración constante y en la penitencia practicada con alegría» como nos definió el Vaticano II (PC, 7). En cada uno de los lugares en donde nos encontramos os encontráis vosotros, siempre os tenemos presente, con vuestros gozos y sufrimientos, problemas e ilusiones. Nunca penséis que nos encerramos para desentendernos, más bien nos apartamos un poco del ruido para poder presentar al Corazón Misericordioso de Jesús y de su Madre Inmaculada, más intensamente, las intenciones de nuestra querida Diócesis, que somos cada uno de nosotros.

Quizás alguna vez te has preguntado qué significa para una monja contemplativa la contemplación. Pues verás, para mí, monja de la Orden de la Inmaculada Concepción, la considero, ante todo, un don de Dios. Un don que, como tantos otros, ya se nos da en nuestro bautismo. Cierto que en germen, pero está. Nuestra tarea es dejarlo desarrollar, colaborando con el Espíritu Santo y de la mano de María Inmaculada, con la propia iniciativa y con los medios que tenemos a nuestro alcance. Es vivir en búsqueda de Dios, para descubrir en nuestras realidades el rastro de las huellas de Dios. Es verlo en cada rostro, en la naturaleza, ver más allá y poder tocar delicadamente la mano de Dios a lo largo de cada día. Es descubrir el lado bueno de cada persona y de cada acontecimiento. Es mirar la cruda realidad y lograr ver detrás a nuestro Dios que nos hace un guiño de complicidad y confiar… Y, ¿cómo no?, contemplación son también esos momentos de iluminación y de gozo interior a los cuales tienes que volver algunas veces en la vida para poder coger un poco de respiro. Son momentos que te hace ver la grandeza y la ternura de Dios y tu pequeñez de criatura débil y necesitada de Él. Tendríamos pocas palabras para darle gracias por la contemplación que nos regala cada día en su Palabra, en la Eucaristía, en la fraternidad, etc… porque en estos lugares privilegiados descubrimos los sentimientos y actitudes de Jesús y de María Inmaculada.

Para terminar y no alargarme os quisiera trasmitir desde mi Monasterio un mensaje de esperanza, de cariño, de felicidad. Para que vivamos la vida como el niño que no le preocupa nada, que solo vive y disfruta del cariño de sus padres. Creer que nuestro Padre Dios nos ama, creerlo de verdad, con el corazón, no solo con la cabeza. Si creyéramos esto, lo demás se nos daría por añadidura. Cómo cambiaría nuestra vida si nos ejercitáramos en ser felices, en disfrutar de todo lo que Él nos regala cada día, en dar gracias al Señor por todo, en dejarle a Él que lleve el timón de nuestra barca, dejándole voluntariamente, porque al final Él la lleva, pero como no queremos ir a donde nos lleva, por eso sufrimos más de la cuenta. Fiarnos de nuestro Dios, que nos creó para la felicidad, la felicidad de haberle encontrado. Que nuestros hogares sean un lugar de encuentro, de acogida y de escucha, con disponibilidad para Él y para los demás.

A los jóvenes, les diría que son nuestra esperanza, que se fíen de Jesucristo y de su Madre Inmaculada, que abran el corazón al Espíritu y vivan a tope la entrega a Dios y a los demás desde los lugares en donde se encuentren.

Vivir con alegría es la mejor manera de comunicar a quién se nos acerque el carisma de nuestras Ordenes Contemplativas. Desde mi corazón agradecido a Dios Trinidad me sale el anunciar que las monjas contemplativas «Somos las personas más afortunadas porque Dios pensó en nosotras para estar con Él y dedicarle toda nuestra vida».

Hermanas de la Orden de la Inmaculada Concepción

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