El fruto de la Gracia

Cuando se acerca el final del curso pastoral, la Palabra de Dios, que se proclama viva en la Liturgia, nos invita a poner la mirada en los frutos de la siembra realizada a lo largo del año. La fortaleza de la fe se manifiesta en la capacidad de reconocer la acción del Señor en la propia vida y en la historia. Si creer es ver con los ojos de Jesús, la palabra que Jesús mismo nos regala en su Iglesia nos ayuda a conformar nuestra mirada a la suya. Esto es precisamente lo que tenemos la oportunidad de vivir a diario y en el ritmo semanal, cuando acogemos la Palabra de Dios en la liturgia de cada día y, sobre todo, del Domingo, primer día de la semana. Sin escucha y meditación de la Palabra de Dios, la vida cristiana se seca, nuestra manera de pensar se acomoda a los criterios del mundo y nuestras decisiones y forma de actuar ya no se diferencian en nada de los que no tienen fe. Cuando los cristianos de los primeros siglos, en un contexto de persecución, decían con firmeza: “sin el Domingo no podemos vivir”, declaraban una verdad fundamental para los seguidores de Cristo: sin la eucaristía, sin la escucha de la Palabra de Dios y sin la vivencia de la comunión eclesial, nuestra existencia cristiana se desmorona.

Llegando con la Iglesia al undécimo domingo del tiempo ordinario, Jesús sale a nuestro paso y nos propone dos enseñanzas fundamentales en torno a dos parábolas. En la primera, compara el reino de los cielos al sembrador que echa la semilla en el campo, duerme de noche y se levanta de mañana, y, sin que él sepa cómo, la semilla germina y va creciendo. El crecimiento de la semilla y los frutos que produce no dependen del control del sembrador. A él le toca realizar el trabajo cotidiano en la confianza del bien que alberga la semilla. Así sucede también en el seguimiento de Cristo: crece en fe, esperanza y caridad, quien colabora con la gracia, es decir, quien ejercita sus cualidades en el trabajo diario con la confianza puesta en que el Señor dará el fruto cuándo Él quiera, cómo Él quiera, dónde Él quiera. Sin abandono confiado no hay trabajo fructífero. Sin trabajo perseverante, no hay siembra.

En la segunda parábola, Jesús compara el reino de los cielos al grano de mostaza, la más pequeña de las semillas que se siembran en tierra, que, sin embargo, produce el fruto de un arbusto grande. Lección fundamental para la vida cristiana: no hay crecimiento sin el cuidado de lo más menudo. En la fidelidad al Señor, hasta en los detalles más pequeños, nos jugamos el fruto de la santidad. Y es que el amor verdadero es siempre detallista y, por eso, servicial en sencillez y humildad.

Trabajo perseverante y confiado, y cuidado de los detalles pequeños, en la relación con el Señor en su Iglesia. He aquí dos lecciones de vida eterna para no verse arrastrados por la mentalidad orgullosa del mundo que daña gravemente la dignidad infinita del ser humano.

 

+ José Rico Pavés

Obispo de Asidonia-Jerez

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