
En la mañana serena del Viernes Santo en nuestra tierra de Almería, donde el silencio de las calles se mezcla con el rumor de los pasos y el latido de los tambores, la Iglesia nos invita a mirar la Cruz no solo como signo de dolor, sino como cumbre de la misericordia.
Una antigua tradición cuenta que, en su huida hacia Egipto, la Virgen María y San José hicieron un alto en una humilde posada. Allí, el agua con la que fue bañado el Niño Jesucristo sirvió también para sanar a un niño enfermo de lepra. Aquel niño, según la leyenda, crecería con un destino torcido hasta convertirse en ladrón. Su nombre era Dimas.
Hoy lo contemplamos de nuevo, no ya como niño sanado, sino como el hombre clavado en una cruz, a la derecha del Señor. Su vida había tomado caminos oscuros, pero en el instante final, cuando todo parecía perdido, algo en su interior se encendió. Tal vez un recuerdo lejano de una historia contada por su madre, tal vez un susurro de la gracia, tal vez el simple hecho de mirar a Cristo en su sufrimiento. Y entonces pronunció una de las oraciones más breves y más profundas del Evangelio: «Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino».
En aquel Calvario, entre gritos, burlas y abandono, nadie más alzó una confesión tan clara: ni los poderosos, ni los sabios, ni siquiera muchos de los cercanos. Solo un condenado reconoció al Rey en un hombre derrotado. Solo un pecador supo ver un trono en una cruz.
Y la respuesta de Cristo no se hizo esperar: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». En ese «hoy» se encierra toda la esperanza del cristiano: no mañana, no cuando todo esté resuelto, no cuando seamos mejores…, sino hoy. Porque la misericordia de Dios no conoce plazos ni condiciones humanas. Basta un corazón que se abre, aunque sea en el último instante.
Dimas, el ladrón arrepentido, nos enseña que nunca es tarde; que ninguna vida está definitivamente perdida; que incluso con las manos clavadas, sin posibilidad de reparar el pasado, todavía se puede confiar, todavía se puede amar, todavía se puede creer.
¡Qué consuelo tan grande para nuestro mundo herido! En una sociedad que a veces señala, juzga y descarta, la Cruz nos revela a un Dios que acoge, perdona y salva. Un Dios que no se cansa de esperar.
Por eso, en este Viernes Santo, cuando en Almería contemplamos a Cristo crucificado recorrer nuestras calles, quizá podamos mirarlo como lo hizo Dimas: sin máscaras, sin excusas, con la verdad desnuda del corazón. Y atrevernos a decirle, en silencio o en voz baja: «Señor, acuérdate de mí». Porque esa súplica sencilla puede cambiarlo todo.
Al final, el Evangelio nos deja una certeza luminosa: el primero en entrar en el Paraíso tras Cristo no fue un justo reconocido ni un sabio admirado, sino un ladrón que confió. Un hombre que, en el último suspiro, lo arriesgó todo… y lo encontró todo.
Y quizá esa sea la gran enseñanza que hoy resuena entre los pasos y las procesiones: que Dios no espera perfección, sino entrega. No busca méritos, sino corazones.
Como dijo también el Señor a san Jerónimo, según otra tradición, no le bastan nuestras obras ni nuestros sacrificios… lo que quiere que le entreguemos, con confianza, es incluso aquello que más nos pesa: nuestros pecados.
Ahí, precisamente ahí, comienza la verdadera salvación.
Andrés Rodríguez Quesada
Delegado episcopal de Hermandades y Cofradías

