
Querida comunidad: laicado y vida consagrada, seminaristas, servidores del altar de distintas parroquias, pero especialmente hoy, queridos hermanos sacerdotes y diáconos, que celebramos como una familia de hermanos la MISA CRISMAL.
Antes de escribir una homilía, doy vueltas, medito, escribo y borro, pienso y contemplo a los que debo dirigirme, pero sobre todo le digo al Señor, ilumina mi corazón y mi pensamiento para que seas tú y no yo quien se comunique. Y creo que este es el camino, muchas veces costoso, de la homilía, para que no sean palabras huecas e intranscendentes. Y esto el Pueblo Santo de Dios lo intuye. Las palabras que os trasmito también van dirigidas a mí, no puede ser de otra manera.
- La verdadera sabiduría
Este año hemos vivido, con intensidad espiritual, la beatificación de nuestro Cura Valera, que debe suponer un antes y un después en nuestra vida de clero diocesano. Para ello debemos marcar un camino pautado y revisable que nos lleve a vivir la comunión sacerdotal, entre unos y otros, poniendo al servicio de todos nuestra vida y nuestra misión. Este año celebramos el 11 de mayo en Huércal-Overa el día de nuestro patrón, con los sacerdotes de Cartagena y Guadix, que desean unirse a nosotros. Vendrá a acompañarnos el cardenal François-Xavier Bustillo, de Ajaccio, en Córcega.
Cuando contemplo la vida del beato Salvador Valera Parra, releo lo que nos dice San Pablo, que nadie ande presumiendo, pues no pasamos de ser seres humanos. No nos engañemos, si alguno de vosotros presume de ser un sabio, según los criterios de este mundo, que se convierta en necio para alcanzar la verdadera sabiduría. Dios sabe qué vacíos son los pensamientos de los sabios, -y continúa con fuerza- a nosotros la gente nos ha de considerar como lo que somos: servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Y a un administrador lo único que se le pide es que sea fiel. Cfr. 1Cor 3,18-4,2. Esta es nuestra primera tarea apostólica, buscar e integrar en nuestra vida la verdadera sabiduría de Dios. Y esto nos exige, a todos, una conversión del corazón.
- Vivir como ungidos
En lo que llevamos de este curso hemos tenido la gozosa bendición de tres nuevos presbíteros y un diácono, para nuestra Iglesia Diocesana.
Durante la homilía de la ordenación de los presbíteros, recordaba cómo podemos ser otros Cristo: reiterando lo que significa ser ungidos.
¡Cuántas veces hemos reflexionado sobre la caridad pastoral! Nuestra ganancia está sólo en ser otros Cristo. Porque ser ungidos como Cristo, no como los poderosos de este mundo, significa asumir un servicio para los demás y este servicio de donación, nos expropia de nosotros mismos y nos pone de por vida a la disposición del otro, especialmente de aquel que más necesidad tenga: ya sea espiritual, corporal o del tipo que sea. Recordad las obras de misericordia.
Jesús, el Mesías, el Ungido, en los evangelios aparece cómo le ungen los pies, con perfume y con lágrimas Lc 7, 36-50 / Jn 12, 1-8. He dado muchas vueltas a este doble pasaje. ¿Tendrá que ver esta unción con el tipo de mesianismo elegido por el Señor? Como un cordero llevado al matadero, no desde el poder sino desde la humildad y la misericordia. En el salmo 88 vemos como David era ungido con aceite sagrado para darle la fuerza. Pero Jesús es ungido por los pies, Jesús el que lava los pies como un siervo, Jesús y los pies del mensajero que por los montes anuncia la paz.
A nosotros nos han ungido las manos: manos de bautismo, de eucaristía, de perdón, de ayuda, de gestos de ternura. ‘Haced esto en memoria mía’ engloba el lavatorio de los pies, la institución de la eucaristía (cuerpo y sangre entregados) y el mandamiento del amor. Son caminos de misericordia.
Estos caminos de misericordia, en este mundo, no son más convulsos que los de la primera predicación evangélica, son los únicos que nos pueden llevar a Cristo y llevar a Cristo a los demás. Las diatribas en la familia, en la calle, en las redes sociales e incluso en las parroquias y en nuestros grupos y hermandades, entre nosotros mismos, en la Iglesia, nos llevarán al enfrentamiento, pero nunca a la conversión del corazón, pues estos enfrentamientos nacen del orgullo y de posicionamientos ideológicos, no solo políticos sino incluso religiosos, que nos conducirán a la destrucción y al sectarismo más radicalizado. Qué tienes que decir contra los cargos que presentan contra ti, -le preguntaba Pilatos- pero Jesús callaba. Mt 26, 62-63. Como cordero llevado al matadero no abría la boca, profetizó Isaías. Del Cura Valera, no recordamos sus palabras, pero permanece viva su vida entregada.
Y continué diciendo en el día de la ordenación de los nuevos presbíteros. Para empezar, nosotros no somos los puros, y el que diga lo contrario o intente disimularlo, se desliza por sendas farisaicas. Para nosotros es un peligro andar por estas sendas de la autocomplacencia, la falsa sabiduría, o la connivencia con los poderes de este mundo buscando nuestro propio prestigio. Nosotros, somos los humildes amigos del Señor, sus hermanos, con nuestras carencias y nuestros pecados y un mandato, que lavemos los pies, que nos partamos y repartamos, como su Cuerpo, que nos amemos, como él nos ha amado, que seamos uno, para eso hemos sido elegidos. He descubierto que los grandes maestros espirituales fueron misericordiosos con los demás y muy exigentes consigo mismos. Que todos se convenzan por vuestra vida, ahí radica la verdadera autoridad. Una buena conducta –y lo vemos en el Cura Valera- vale más, y permanece en la historia, más que un gran sermón.
- Alimentados de la Palabra
El día 28 de febrero, los seminarios de Almería y Cartagena, con otros tantos, pudimos visitar al Papa, convocados por él. Sus palabras dedicadas a los seminaristas, y también a los sacerdotes, nos llegaron al corazón. Lo comentaban los seminaristas cuando salimos. Nos decía: podemos hacer prácticas intrínsecamente buenas, la oración, el estudio, las celebraciones, la vida comunitaria… pero interiormente pueden estar vacías, pues las desnaturalizamos convirtiéndolas en un mero cumplimiento. Y citando el Papa a Alejandro Casona, añadió: se dice que los árboles mueren de pie, erguidos, conservan la apariencia, pero por dentro ya están secos. Algo semejante puede ocurrir en la vida de un seminarista —y más tarde también en la de un sacerdote— cuando se confunde la fecundidad con la intensidad de muchas actividades, o con el cuidado meramente exterior de las formas. La vida espiritual no da fruto por lo que se ve, sino por lo que está profundamente arraigado en Dios. Cuando esa raíz se descuida, todo acaba secándose por dentro, hasta que, silenciosamente, se termina por morir de pie. Quizás eso nos puede ocurrir a todos a base de repeticiones, como árboles muertos al lado del arroyo de agua viva, conservando, tan solo, la apariencia.
Cuando pensamos en claves mundanas, el ministerio se confunde con un derecho personal, un cargo distribuible, una función burocrática, una justificación para mí mismo, no para el servicio a la comunidad. Y nos olvidamos que el maestro llamó a los que él quiso para que estuvieran con él Mc 3,13-14. No nos creamos que somos importantes si no servimos de corazón.
- Padre, que todos sean uno
La Carta Apostólica de nuestro Papa León XIV “Una fidelidad que genera futuro”, un título cargado de esperanza, con motivo el 60 aniversario de los decretos conciliares sobre el sacerdocio: Optatan Totius y Presbyterorum Ordinis, nos puede ayudar a trazar un camino juntos. Os invito a leerla o releerla, si ya lo habéis hecho, y refrescar nuestros compromisos.
Es una pequeña y profunda carta de tan solo 29 párrafos numerados. El párrafo 14, el eje de la carta, es en el que me voy a parar, porque nos invita a custodiar y hacer crecer la vocación. Una tarea que nunca se acaba, custodiar y hacer crecer. El mismo texto nos dice que es un camino y un recorrido ¡os dáis cuenta, otra vez la unción de los pies! Camino y recorrido de conversión y de fidelidad, pero no es una peregrinación individual, pues la misma ordenación nos compromete a trabajar juntos y a cuidarnos unos a otros, si no fuera así nos llevaría al narcisismo y al egocentrismo. Si actuamos solos, individuamente, la comunión, la sinodalidad y la misión, no podrían realizarse, pues el ensimismamiento, que es como un fuego fatuo, nos impediría la escucha y el servicio a los demás.
Todo nuestro servicio está enraizado en Cristo, por Cristo y con Cristo. Por favor, si alguna vez notáis que yo mismo, o alguno de nosotros, nos salimos de este camino, que me busco solo a mi mismo y mi prestigio, que me mundanizo con los poderes de este mundo que tiene tantos rostros, tantos como la pobreza, si veis que no hablo con la unción del servidor fiel y prudente, que me predico a mí mismo, que huyo del servicio callado y humilde, que busco halagos y vanaglorias, que me enredo con mis propios intereses del tipo que sean, que he olvidado mis compromisos de sacerdote de Cristo, por favor avisadme, corrijámonos unos a otros con caridad fraterna, por nuestro bien y por el bien de nuestra Iglesia, que camina peregrina por estas tierras de Almería.
Que Nuestra Señora, en cada una de nuestras queridas advocaciones, Madre de Dios y Madre nuestra, interceda por todos y cada uno de nosotros para que crezcamos todos juntos en el amor de Dios y nos esforcemos por irradiarlo a los demás. Amén.
+ Antonio Gómez Cantero, vuestro obispo

