
El Evangelio de este tercer domingo del tiempo ordinario (Mt 4,12-23) nos recuerda el comienzo del ministerio público de Jesús en Galilea en momento tan difícil como fue la encarcelación de Juan Bautista. Jesús “deja” Nazaret y, en consecuencia, a su madre y a su ambiente donde se había criado, para comenzar una nueva etapa en su vida. Nazaret será para siempre en la espiritualidad cristiana símbolo de la vida cotidiana donde, en la rutina diaria, nuestra humanidad madura. Pasado el tiempo, Jesús alabará a los que dejen casa, hermanos y hermanas, por Él y por el Evangelio.
El cambio de Nazaret a Cafarnaún, no solo es un cambio de domicilio sino de perspectiva vital. El evangelista lo interpreta como el cumplimiento de la profecía de Isaías (9,1) donde ya se anunciaba que una gran luz iluminaría la misma región de Galilea, aquella tierra que muchos siglos antes, el 732 a.C., fue testigo de la deportación masiva de galileos a Asiria por parte de Tiglath-Pileser III. Más tarde, la región fue repoblada con poblaciones extranjeras. Esta es la razón por la que la Biblia llama al lugar como “Galilea de los gentiles”.
El profeta Isaías anuncia a esta tierra maltratada y devastada que será la primera en recibir la luz de la vida. La etapa asiria de esclavitud y tiniebla, ahora con el inicio de la vida pública de Jesús, se convierte para aquellas gentes en tiempo de liberación y luz. La luz que salva es inicio del reinado de Dios e inicio de una nueva humanidad. La aceptación de este proyecto nuevo exige a la criatura que libremente se convierta, lo que implica, que deje de hacer el mal y comience a hacer el bien dentro de una nueva familia de discípulos del Maestro.
La aldea de Cafarnaúm se convierte en un referente teológico y centro de las actividades de Jesús. Bien situada, cerca de la desembocadura del río Jordán en el lago, cerca de la vía de Gaulanítide, estaba en aquel momento bajo la autoridad de Herodes Antipas. Tierra cercana al paganismo y proscrita por el judaísmo. En este lugar, y con esta situación concreta, Jesús comienza su predicación rompiendo los círculos de privilegio del judaísmo. De este modo, los que cumplen las leyes como los pecadores, están llamados al discipulado y a la misión.
En este contexto, Jesús llama a colaboradores para esta misión evangelizadora. Simón encabeza la serie de los que responden con generosidad. El Maestro conoce los defectos humanos de aquellos que llama, que por otra parte los evangelios no disimulan, para fijarse que su respuesta es generosa y sin rodeos, “al instante”, aunque su opción supusiera dejar las seguridades afecticas (familia) y materiales (barco/redes).
Manuel Pozo Oller
Párroco de Montserrat

