
Tarde de playa: sillas, mesas, una luz de camping, la nevera llena de bebidas frescas y unos bocadillos preparados de forma apresurada en la cocina de la casa parroquial con el toque que le dan los curas, los “santos bocatas”. Así los bautizó una de las feligresas que participaba en estos planes estivales. Conversaciones, risas, encuentro… sin duda, la mejor manera de pasar el verano, con los pies y el culo en el agua.
La Iglesia no siempre comienza en el templo. Comer, caminar junto al mar, conversar y estar con los demás… me suena a un plan nada nuevo, quizá lo he leído en alguna parte. Puede ser que el estilo y los tiempos hayan cambiado, pero el alma del ser humano sigue siendo la misma. Necesitamos estar juntos y tener tiempo para abrir el corazón con quienes nos acompañan. Una tarde aparentemente insignificante puede servir para que Dios se cuele en alguna vida.
El peligro está en pensar que la Iglesia solo crece cuando hacemos “cosas de iglesia”. La clave no es convertir un plan social en una reunión religiosa, sino reconocer que la comunidad cristiana ya está siendo iglesia mientras comparte vida. No es organizar algo para que la gente venga, más bien hay que aprender a estar juntos y disponibles para otros. Poder invitar incluso a quien nunca se acercaría al templo para rezar.
Al caer la noche también cambia el tono de la conversación y la fe sale a la palestra de la forma más natural, se comparten las historias, se escucha dejando espacio para que Dios haga algo en medio. Seguramente este plan no aparezca en ningún manual de pastoral porque es sencillo. Me cuesta trabajo entender cómo hemos convertido lo normal, compartir la vida, en algo extraordinario, cuando debería ser la forma más habitual de hacer crecer a la Iglesia.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera

