«Os ungiré las manos: manos de bautismo, de Eucaristía, de perdón, de ayuda, de gestos de ternura»

Diócesis de Almería
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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

LECTURAS Is 61, 1-3ª; Sal 88, 21-22. 25-27; Ef 4, 1-7. 11-13; Mt 9, 36-38

Querida Comunidad. Especialmente os saludo a vosotros:

  • Los padres de Antonio Jesús: María del Mar y Jesús, a su familia y a las comunidades de Los Gallardos, Bédar, Turre, Mojácar, Vera, Antas, Lubrín y Uleila del Campo.
  • Los padres de Juan Antonio: Antonia María y Juan Salvador, a su familia y a las comunidades de Felíx, Adra y sus barrios, Canjayar y los pueblos del Río Andarax, de Tíjola, Serón y Purchena, los pueblos del alto Almanzora y Aguadulce.
  • Los padres de Jesús Manuel: Ana María y Jesús, a su familia y a las comunidades de Antas, Cantoria, las parroquias de la Sierra de Filambres, de Albox y de san Isidro de Almería.

Si he olvidado a alguien, perdonadme. Queridos Antonio, Juan y Jesús, que con vuestra familia y amigos venís a recibir el orden de los presbíteros, después de un largo recorrido.

Recordad y dad gracias por vuestras familias, vuestros padres, hermanos, abuelos, tíos…

Recordad y dad gracias también hoy a vuestros sacerdotes amigos y a los que os han acompañado en vuestras parroquias, desde la infancia y en las tareas pastorales de estos últimos años.

Recordad y dad gracias por los rectores, formadores, profesores y directores espirituales del seminario.

Recordad y dad gracias por vuestros compañeros seminaristas, por todas las personas que Dios ha puesto en vuestra vida porque entre todos se ha ido formando vuestro corazón para llegar aquí hoy a nuestra Iglesia Madre.  Recibid mi enhorabuena, mi cariño y el de toda la diócesis. Sr. Rector, sacerdotes, diáconos y seminaristas de Almería.

Queridos Vicario General y de Evangelización, Sr. Deán y Cabildo de nuestra Santa y Apostólica Catedral. Religiosas y religiosos de la vida consagrada. Jóvenes de los distintos grupos y asociaciones que hoy estáis presentes, no olvidéis que el Señor sigue llamando. Hermanas y hermanos. Nos felicitamos porque “el Señor ha estado grande con nosotros”. 

En las lecturas que habéis elegido para vuestra ordenación, la primera de Isaías, que el mismo Cristo repite en Nazaret su pueblo, es una lectura de jubileo y de esperanza, ‘porque el Señor me ha ungido’, por eso proclama el año de gracia. No olvidéis nunca vuestra unción. No vamos por libre.

Este año, en la Misa Crismal, donde consagré este crisma que ahora os ungirá, recordaba a los sacerdotes, que podemos repetir hermosas frases teológicas, o piadosas recomendaciones, que nos pierdan en envolturas exteriores o que nos hagan creer que, por apacentar el rebaño, tenemos un cierto dominio sobre él. Olvidando que somos siervos inútiles, y que todo se nos ha dado por gracia, ¡por la sangre del cordero! para que entreguemos la vida y no nos sirvamos, como los criminales operarios de la viña, para nuestro provecho. A veces los fieles distinguen cuando un sacerdote tiene unción y cuando no.  Cuando nos creemos los dueños de nuestros templos y comunidades, y solo somos administradores, y a los administradores del Evangelio se les exige trabajo, prudencia, justicia, misericordia, perdón y caridad, mucha caridad.

¡Cuántas veces hemos reflexionado sobre la caridad pastoral! Nuestra ganancia está sólo en ser otros Cristo. Porque ser ungidos como Cristo, no como los poderosos de este mundo, significa asumir un servicio para los demás y este servicio de donación nos expropia de nosotros mismos y nos pone de por vida a la disposición del otro, especialmente de aquel que más necesidad tenga: ya sea espiritual, corporal o del tipo que sea. Recordad las obras de misericordia.

Los reyes, los profetas y los sacerdotes en el Antiguo Testamento eran ungidos por la cabeza. Recordad el salmo 133: ‘Mirad, qué bueno y agradable es que los hermanos permanezcan unidos. Es como el aceite que perfuma la cabeza y baja por la barba de Aarón [el sacerdote], hasta la orla de sus vestidos’. Fijaos, nuestra unción tiene mucho que ver con que los hermanos permanezcan unidos.

Hablando de ungidos como Cristo, no sé si os habéis dado cuenta, que Jesús, el Mesías, el Ungido, en los evangelios aparece cómo le ungen los pies, con perfume y con lágrimas (Lc 7, 36-50 y Jn 12, 1-8). Estos días he dado muchas vueltas a este doble pasaje. ¿Tendrá que ver esta unción con el tipo de mesianismo elegido por el Señor? Como un cordero llevado al matadero, no desde el poder sino desde la humildad y la misericordia. En el salmo 88 proclamábamos como David era ungido con aceite sagrado para darle la fuerza. Pero Jesús es ungido por los pies, Jesús el que lava los pies como un siervo, Jesús y los pies del mensajero que por los montes anuncia la paz.

A vosotros os ungiré las manos: manos de bautismo, de eucaristía, de perdón, de ayuda, de gestos de ternura. ‘Haced esto en memoria mía’ engloba el lavatorio de los pies, la institución de la eucaristía (cuerpo y sangre entregados) y el mandamiento del amor. Son caminos de misericordia.

Estos caminos de misericordia, en este mundo, no más convulso que el de la primera predicación evangélica, son los únicos que nos pueden llevar a Cristo y llevar a Cristo a los demás. Las diatribas en la familia, en la calle, en las redes sociales e incluso en las parroquias y en neustros grupos y hermandades, nos llevarán al enfrentamiento, pero nunca a la conversión del corazón, pues estos enfrentamientos nacen del orgullo y de posicionamientos ideológicos, no solo políticos sino incluso religiosos, que nos conducirán a la destrucción y al sectarismo más radicalizado.

La lectura de Efesios, dirigida a toda la comunidad, no solo al presbítero, pero cuánto más a nosotros, ¡Dios mío! nos sirve de examen de conciencia: sed humildes, amables, comprensivos, soportaos con amor. Para empezar, nosotros no somos los “puros” y el que diga lo contrario se desliza por sendas farisaicas. Es un peligro andar por estas sendas de la autocomplacencia.  Nosotros, somos los amigos del Señor, sus hermanos, con nuestras carencias y nuestros pecados y un mandato, que lavemos los pies, que nos partamos y repartamos con su Cuerpo, que nos amemos como él nos ha amado, que seamos uno, para eso hemos sido elegidos. He descubierto que los grandes maestros espirituales fueron misericordiosos con los demás y muy exigentes consigo mismos. Que todos se convenzan por vuestra vida, ahí radica la verdadera autoridad. Una buena conducta vale más que un gran sermón.

Termina el texto elegido: consolidad las ataduras de la paz de la unidad, porque solo hay un Señor, una fe un bautismo. Nos unimos a nuestro Papa León XIV a la conmemoración del 1.700 aniversario del Concilio de Nicea y su Credo, redactado por el obispo Osio de Córdoba. Todo esto, hasta que alcancemos la talla de Cristo. ¡Madre mía! alcanzar la talla de Cristo. Esta tarea vocacional y espiritual nunca llega a su fin.

Mis queridos hijos, la Iglesia os ha elegido. Que esta Iglesia, Cuerpo de Cristo: laicado, vida consagrada, sacerdotes, diáconos y obispo, os acompañemos siempre. Con esta ordenación a todos nos ha nacido una nueva responsabilidad hacia vosotros.

Y ahora finalizo con el Evangelio. No olvidemos que ‘la mies es mucha y los obreros pocos’.  Pidamos para que el Señor mueva los corazones de los niños, adolescentes, jóvenes y adultos, para que escuchen su llamada. Y a vosotros tres ¡Gracias por responder a la llamada! pero no os quedéis dormidos, como los otros tres, en el Huerto de los Olivos. ¡Ánimo y adelante!

CATEDRAL de ALMERÍA 29 de noviembre de 2025

+ Antonio, vuestro obispo

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