Solemnidad de San Indalencio

Homilía del Obispo del obispo de Almería, Mons. Adolfo González Montes, en la fiesta del Patrón de la Diócesis de Almería y de la Capital.

Lecturas bíblicas: Sb 5,1-4.14-16

Sal 88, 2.6.12-13.16-19

1 Cor 1,18-25

Jn 15,9-17

Queridos hermanos sacerdotes;

Ilmo. Sr. Alcalde;

Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades;

Queridos hermanos y hermanas:

Nos convoca a esta celebración de la santa Misa la solemnidad de nuestro Patrón el Obispo evangelizador y Fundador de la Iglesia de Almería san Indalecio, cuyas reliquias constituyen parte significativa del tesoro de esta Santa Apostólica Iglesia Catedral de la Encarnación. Después de su hallazgo en septiembre de 1084 en tiempos del piadoso Rey Don Sancho Ramírez de Aragón. Según el insigne Deán Orbaneja el evangelizador y fundador de la Iglesia Urcitana habría sucumbido a la persecución del emperador Nerón o de Domiciano.

La persecución de los cristianos ha sido una constante de la historia de la Iglesia, y lo sigue siendo porque hoy padecen por el nombre de Cristo millones de cristianos, que se encuentran en situaciones a las que no hemos prestado toda la atención que nos reclama. Esta persecución tiene tiene un carácter desgraciadamente cruento en el Oriente Próximo y en algunos países de Asia y África. Este año se ha cumplido en abril el estallido de la persecución en 1915 que condujo a Turquía al genocidio de los cristianos armenios, un aniversario que no podemos silenciar, como nos ha recordado el Santo Padre.

Las lecturas sagradas de esta fiesta nos ayudan a dar sentido a la persecución de los cristianos como participación de la Iglesia en los sufrimientos de la pasión de Cristo. El libro de la Sabiduría describe la suerte del justo sacrificado por aquellos que «le afligieron y despreciaron sus trabajos» (Sb 5,1). El autor sagrado confía al juicio de Dios la salvación del justo perseguido ante la sorpresa y el desconcierto de sus verdugos aterrorizados ante el tribunal de Dios. Jesús ben Sirac, el autor de este libro sapiencial, contrapone el juicio humano sobre la muerte aparentemente ignominiosa del justo frente al juicio de Dios, que salva al justo y ve su muerte como la entrada definitiva en la vida feliz. Frente a la injusticia de los malvados, el autor sagrado coloca la justicia de Dios, desvelando el carácter transitorio de los sufrimientos terrenos del inocente y la suerte feliz y eterna que espera al justo sacrificado. Mientras la seguridad de los impíos es «brizna que arrebata el viento, espuma ligera que arrastra el vendaval, humo que el viento disipa, recuerdo fugar del huésped de un día» (5,14), el libro sagrado declara la vida eterna como recompensa en el Señor que recibe el justo, tras la victoria sobre la muerte.

En los últimos diez años han sucumbido a la persecución contra los cristianos más de cien mil personas. El cristianismo es hoy en el mundo la religión más duramente discriminada y perseguida en sociedades donde los cristianos son minoría, pero aunque en los países de origen y tradición cristiana no se persigue a los cristianos por su fe de modo cruento, la hostil oposición a las convicciones de fe cristiana por parte de individuos y grupos intolerantes no deja de limitar el ejercicio de la libertad de los creyentes en Cristo, que ven restringido el ejercicio de derecho fundamental de la persona, al tener que aceptar por imperativo legal concepciones sobre la vida, el ser humano y la conducta moral que repugnan a su conciencia religiosa.

Se hace necesario decir que estas concepciones, del individuo y de la sociedad, que ciertos grupos de presión política pretenden imponer, considerándolas conquistas de libertad social son en ocasiones gravemente lesivas de los derechos fundamentales de la persona y su dignidad, a nuestro modo de entender. Si queremos preservar los derechos fundamentales genuinos no podemos menos de oponernos con energía, como acaba de pedirnos el Papa Francisco, a los intentos de llevar al orden jurídico concepciones antropológicas y sociales que pueden ser libremente sostenidas, e incluso toleradas con determinadas condiciones, pero no impuestas a todos los ciudadanos. Por nuestra parte, los cristianos no queremos imponer ni siquiera la moral católica a los demás, pedimos verdadera libertad social para proponerla, para defender con argumentos razonables la bondad de la concepción cristiana de la vida.

Los cristianos hemos de afrontar hoy una nueva evangelización de la sociedad que ha sido cristiana y, hablando de manera general, conserva los valores fundamentales de la civilización cristiana. En esta difícil tarea de evangelización sabemos que no podemos soslayar el mensaje de la cruz, necedad para unos y locura para otros. Contra la disolución del mensaje cristiano en el pensamiento correcto de nuestros días, los cristianos proponemos la conversión a Dios y a Cristo Jesús, camino, verdad y vida; la conversión que nos lleva a Dios, fundamento de la existencia recta y justa del ser humano. Sin Dios la vida del hombre pierde enraizamiento y queda a disposición de nuevas idolatrías ideológicas, de salvadores que no pueden ofrecer otra cosa que opiniones y ensayos de una felicidad que el hombre no está en condiciones de darse a sí mismo sin que Dios le haya liberado de las tendencias pecaminosas que permanentemente le rondan. El pecado está en el hombre y la conversión de las personas es el camino único de transformación de la sociedad.

El evangelio de san Juan que hemos proclamado hoy nos coloca ante el testamento de Jesús: sólo el amor salva y redime, pero el amor que es entrega de la vida por aquellos a quienes se ama, forma definitiva de cumplir los mandamientos de Dios, garantía moral de la vida del hombre sobre la tierra y principio de salvación para llegar a la vida eterna: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,13-14). El amor pasa por la generosidad del compartir y hacer partícipes a los más necesitados de los bienes que uno tiene y quiere para sí mismo, incluyendo de modo primordial el Bien Supremo que Dios es.

Una Iglesia servidora de los pobres que sólo propusiera el reparto de bienes materiales no pasaría de alistarse al populismo al uso que encubre la verdad de las cosas. Los obispos españoles acabamos de decir a cuantos quieran escucharnos que negar la primacía del ser humano sacrificándolo a una economía deshumanizadora, que no esté al servicio de las personas y de las familias, es el camino de la deshumanización de la sociedad; porque «el hombre no puede ser considerado como un simple consumidor, capaz de alimentar con su voracidad creciente los intereses de una economía deshumanizada. Tiene necesidades más amplias. Dice Benedicto XVI que no podemos olvidar que «el objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza»1. La experiencia, en efecto, así lo confirma, por est, añaden los obispos españoles en su reciente Instrucción pastoral que «urge recuperar una economía basada en la ética y en el bien común por encima de los intereses individuales y egoístas»2.

Hemos de reconocer con humildad, que negar la primacía de Dios en la vida personal y social no puede augurar un futuro feliz para la humanidad. No hay sociedad que perdure sin referir a Dios el fundamento de los valores y la práctica de las virtudes. No deja de ser triste contemplar el grado de materialismo al que hemos llegado, que se hace especialmente patente en situaciones de crisis social. El enfrentamiento de intereses y la pugna ideológica por el poder lleva con harta frecuencia al aferramiento de posturas y a la deslealtad a los principios rectores de la conducta ética privada y pública. Una vez más hemos de apelar
al principio de toda regeneración social que no puede ser sino la regeneración del corazón y de la mente, la conversión a Dios, fundamento trascendente de toda moral estable y duradera. Es lo que Cristo nos propone como garantía de la alegría, que sólo brota de un corazón convertido a Dios, frente al encerramiento en sí misma de una sociedad sin Dios incapaz de conjurar la tristeza en el ansia del placer siempre efímero.

Acudimos a Dios en la necesidad, pero Dios escucha a quienes se reconocen como hijos suyos y reconocen como hermanos de los hombres, socorriendo las necesidades de los pobres y desheredados. Por eso, mientras la crisis social actual no sea abordada en sus causas, siempre será una amenaza reiterada su prolongación. Mientras sólo se la entienda como una crisis de crecimiento de una «sociedad del conocimiento», que requiere tan sólo los mecanismos técnicos adecuados, no se llegará a la paz social necesaria para el verdadero progreso humano. En su reciente documento observan los obispos que «sin un fortalecimiento de la conciencia moral de nuestros ciudadanos, el control automático del mercado siempre será insuficiente, como se viene demostrando repetidamente»3; y continúan diciendo en el mismo lugar: «En este sentido, resultan difíciles de justificar apuestas educativas que privilegian lo científico y lo técnico en detrimento de contenidos humanistas, morales y religiosos que podrían colaborar a la solución».

La primacía de Dios es garantía de la vida humana y de su dignidad, porque nos impulsa a cuidar su fragilidad, porque no podemos disponer de ella de modo absoluto, pues la hemos recibido gratuitamente de Dios. Dice el Papa Francisco que «cuidar de la fragilidad de las personas y de los pueblos significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante y ser capaz de dotarlo de dignidad»4, añadiendo además que fortalecer la familia, tan agredida hoy por el discurso político correcto y la ideología de género.

Son palabras que resuenan con eco propio hoy, en la Jornada Internacional de la Familia, porque nos es obligado recordar en esta día que los españoles estamos en mínimos de natalidad y no es augurio de regeneración social rechazar la vida que nace del amor humano. Los obispos unidos al Papa Francisco nos recuerdan que «no hay verdadera promoción del bien común ni un verdadero desarrollo del hombre, cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una nación, sus bienes inmateriales, como son la vida y la familia»5.

La Fiesta de san Indalecio, nuestro Patrón, nos ayuda a recuperar la memoria del Evangelio que ha de seguir inspirando nuestro patrimonio espiritual, para lograr un futuro digno del hombre. Silenciar a Dios y relegar la religión expulsándola de la vida pública es no sólo es contrario a la razón y a los sentimientos, puesto que Dios puede ser conocido como autor del mundo, sino que es asimismo suicida; porque sin moral, que no es nunca resultado del mero consenso político, el ser humano está amenazado. Los males sociales no los pueden remediar las ideologías ni las estrategias de la ciencia y de la técnica, aun cuando nos sean necesarias, porque en lo más hondo de las almas, lo único de verdad necesario es que haya Dios y que haya salvación para el hombre. Nosotros así lo creemos y sabemos que Dios nos abre en Cristo su corazón y nos acoge y salva. Con santa Teresa de Jesús podemos por eso decir, en verdad «sólo Dios basta».

Que la Virgen del Mar, san Indalecio y la santa reformadora del Carmelo nos ayuden en este año de gracia jubilar a recuperar la memoria de la salvación que llegó a nuestras costas con la predicación del Evangelio.

SAI Catedral de la Encarnación

15 de mayo de 2015

San Indalecio

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería



1 BENEDICTO XVI, Carta enc. Caritas in veritate, n. 21.

2 CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Iglesia servidora de los pobres. Instrucción pastoral (Ávila, 24 de abril de 2015), nn. 15 y 16.

3 Iglesia servidora de los pobres, n. 18.

4 FRANCISCO, Discurso al Parlamento Europeo (2014), n.

5 Iglesia servidora de los pobres, n. 50; cf. FRANCISCO, Discurso de Varginha, en Río Janeiro (25 julio 2013).


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