Misa de Acción de Gracias por la Beatificación de la Madre Mª Catalina Irigoyen

Homilía del Obispo de Almería, Mons. Adolfo González Montes, en la S.A. Iglesia Catedral de la Encarnación.

Queridos sacerdotes,

Queridas Siervas de María ministras de los enfermos, religiosas de otras órdenes y congregaciones

Hermanos y hermanas: 

La Iglesia ha proclamado  bienaventurada a la Madre María Catalina Irigoyen Echegaray, religiosa de las Siervas de María, y hoy la celebración dominical de la Eucaristía asocia al sacrificio eucarístico de acción de gracias un motivo tan gozoso por el cual damos gracias Dios: la inscripción por mandato del Papa Benedicto XVI del nombre de Sor María Catalina en el libro de los beatos. Su figura de santidad, muy amada por las Siervas, a cuyo instituto religioso perteneció y en el cual murió en olor de santidad, no es muy conocida fuera de él. Por eso es oportuno presentar en este caso el diseño de su personalidad religiosa y su testimonio de santidad vivida en consagración religiosa a Cristo, esposo de su alma, entregada al generoso servicio y cotidiano ejercicio de amor a los enfermos como forma propia de amor al prójimo del carisma de la congregación de las Siervas.

La nueva beata nació el 25 de noviembre de 1848 en Errazu, villa navarra acostada en un hermoso valle de los Pirineos, hermana melliza de José María, que como otros dos hermanos más de los ocho hijos que el Señor concedió a sus amados padres, fallecería tempranamente víctima de mortalidad infantil de la época. María Catalina sería, pues, la última hija de una ilustre familia cristiana navarra, que educaba cristianamente a sus hijos desde la infancia en la fe con Jesús.  María Catalina  recibió una educación cristiana, posible entonces por la situación de sus padres. El padre de la nueva beata fue presidente de la Diputación foral de Navarra. La vida de Sor María Catalina nos descubre su definida personalidad religiosa, inclinada a la oración y al amor al prójimo, dispuesta siempre para ayudar a los pobres y necesitados, con una singular inclinación maternal para atender a los enfermos del hospital que tan frecuentemente visitaba.

Asociada a las Hijas de  María de la Catedral de Pamplona, María Catalina pronto es elegida presidenta de la asociación, ampliando ahora su apostolado a las jóvenes de la ciudad, hasta que descubre la llamada del Señor a  la vida religiosa. A la muerte de sus padres, María Catalina afronta con resolución el gobierno de su casa paterna y se convierte, aun siendo ella la más joven, en el alma del hogar familiar, en el cual permanecían dos de sus hermanos, una tía anciana y un tío deficiente.

El 4 de octubre de 1878, las Siervas de María, fundadas en Madrid en 1851, llegan a Pamplona y María Catalina, que va a cumplir 30 años, decidirá muy pronto sumarse a la nueva congregación. Cuando ya su familia no necesita de ella, tras la muerte de su hermano Pedro, al que cuidó con amor en su enfermedad, María Catalina entra con 33 años en la Congregación el 31 de diciembre de 1881. Viaja a Madrid a la casa central de la congregación, donde tiene la inmensa suerte de convivir con la fundadora del instituto, la santa Madre Soledad Torres Acosta, que influye y orienta su vida de religiosa. Mientras Europa es sacudida por la epidemia de viruela de 1882, María Catalina toma el hábito el día 12 de mayo y recibe el nombre de María de los Desposorios, en místicos esponsales con Jesucristo su Señor, que grava en su alma la verdad más profunda de su vida expresada en el nombre de religión. La profesión perpetua llegará el 15 de julio de 1889, entregándose por entero, según propias palabras, a “amar y servir cada día con más perfección a mi Amado Esposo Jesús”.

Desde entonces, la beata no vivirá sino para realizar la tarea que ha hecho vida propia de amor a Cristo en los enfermos. Una vida de consagración religiosa de gran sacrificio atendiendo a domicilio a los enfermos, María Catalina no vive sino para los necesitados, los enfermos pobres y sin salud, amenazados por una muerte ciertamente cercana para una gran mayoría. Con pobre hábito y despegada de las cosas que le eran necesarias, la beata hizo del despojo personal identificación con Cristo pobre y humilde, dispuesta a atender a los que nadie quiere frecuentar por hallarse atacados de cólera, tifus, viruela y gripe en una sociedad en la que la higiene y los cuidados sanitarios estaban muy lejos de la socialización de la sanidad en los tiempos actuales. Un testimonio evangélico así no podía pasar desapercibido para sus contemporáneos y menos para sus propias hermanas, entregadas como ella al servicio de los pobres y enfermos, en el cual la hermana María Catalina brillaba con la luz propia de una santidad que se transparentaba en su amor incondicional al prójimo. Los niños la adoraban.

Cuando ya mayor, el mal estado de su salud le impide la atención a los enfermos, su labor de limosnera, dura y siempre sacrificada hasta lastimarse los pies, la convierte en humilde y obediente provisora de una comunidad religiosa que vive gracias a la caridad. Obediente a sus superiores, se entrega a la oración y a la penitencia y vive en la presencia de Dios, que ella experimenta en cada momento de su vida. Los últimos años se agrava su estado de salud, viéndose la incapacita para las de tareas de congregación, asumiendo con humilde gozo su situación y alegrándose de poder consagrarse mucho más a la oración. Nunca se consideraba superior sus hermanas de religión, pues se veía siempre a sí misma necesitada de purificación y del perdón divino por sus faltas. Entrega su alma Dios el 10 de octubre de 1918 dejando tras de sí el testimonio de una vida y una muerte santa.

¿Cómo no aplicar a Sor María Catalina la descripción bíblica de la mujer fuerte, ella que era de débil complexión física y fortaleza de hierro en el servicio amoroso de los pobres? Una mujer hacendosa “vale más que las perlas” (Prov. 31,10). Sí, es verdad, también su divino Esposo se fió de ella y “no le faltaron riquezas” (Pr 31,10) para enriquecer a muchos con su pobreza. La descripción del libro sapiencial se puede aplicar literalmente a la nueva beata: “Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre” (Pr 31,20). Como Jesús mismo nos enseña en la parábola de los talentos, ¿qué otra cosa es la santidad que fidelidad al imperativo de la palabra divina, es decir, al designio de Dios, que quiere que hagamos producir aquellos talentos de los cuales nos ha adornado para común edificación, nuestra y de nuestro prójimo? Por eso, a quien habiendo recibido incluso poco hace producir los dones que Dios le dio, es el mismo Señor quien le dirá: “Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor” (Mt 25,21). Es decir, sólo alcanzaremos la santidad, que es vocación común y universal de los bautizados, tarea que hemos de realizar mediante obediencia al designio de Dios, si nos entregamos al ejercicio amoroso del servicio a Dios y a los hombres con aquellos dones y cualidades que Dios creador puso en cada uno de nosotros según medidas y proporciones diversas con miras al bien de todos.

El evangelio de hoy pone ante nosotros la insoslayable realidad del juicio divino, que será sin duda misericordioso, porque nunca podremos, a causa del pecado, colmar la medida del amor del que somos capaces. El desenlace condenatorio del juicio siempre es, sin embargo, una posibilidad real, si no nos convertimos a la misericordia de Dios y comprometemos nuestras vidas con la llamada de Dios. En el libro del Levítico, el Señor pide de los miembros del pueblo elegido: “Sed santos porque yo soy santo” (Lv 1,45). Esta llamada a la santidad la encontramos de nuevo en el evangelio de san Mateo como exhortación vehemente de Jesús a sus seguidores: “Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Esta perfección divina consiste en su amor misericordioso, por eso nos invita a la misericordia y a la compasión, carisma de la congregación de la beata María Catalina, que vio en la compasión para con los enfermos la perfección del amor que es caridad divina. Por eso, el evangelio de san Lucas traduce la llamada de Jesús a la perfección como llamada a la compasión: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Lc 6,36).

La vida de consagración mediante la práctica de los consejos evangélicos radicaliza el seguimiento de Cristo y lleva el mandamiento del amor a la realización posible, no al mundo utópico de lo imposible, como a veces pensamos que es la santidad. La vocación a la santidad es ciertamente realización de lo posible, porque sólo es Dios con su gracia quien garantiza el éxito de la vocación a la perfección, a la cual ha llamado a todos sus hijos en Cristo. Hay formas bien diversas de alcanzar la santidad, pero entre ellas brilla con luz propia la vida en religión como opción libérrima por la pobreza y la obediencia de Cristo, como entrega al amor sin esperar recompensa; y conscientes, por eso, de que sólo el amor permanecerá cuando ya la fe y la esperanza y la vida virtuosa den paso definitivo a la contemplación amorosa de Dios y a la participación de su vida por toda la eternidad.

La promoción de la mujer es un signo de nuestro tiempo y nos ha ayudado mucho a todos a estimar el conjunto de talentos de los que es portadora como realización propia y singular de la persona humana. Esto, sin embargo, contra un feminismo avasallador que parece ignorar la diferenciación constitutiva de los sexos,  no supone la merma de aquellos dones que adornan la natural inclinación de la mujer y cuanto en ella está dispuesto por el Creador con miras a la maternidad, vocación específica de la mujer. Afirmarlo así no supone, sin  embargo, merma de los derechos sociales y laborales que una ordenación verdaderamente justa y democrática de la sociedad ha de reconocerle a la mujer. Por eso, por causa del reino de los Cielos, también la vocación religiosa, que ofrece a la mujer el camino de la virginidad consagrada, le ofrece la posibilidad de realización personal en la maternidad espiritual. Esta maternidad espiritual quiso para sus hijas la fundadora de las Siervas de María al proponerles la atención a los enfermos como vocación y carisma.

Pidamos a la beata María Catalina su intercesión para que Dios nos conceda vocaciones femeninas a la vida en religión que enriquezcan la Iglesia, que juntos hemos de hace realidad en nuestro mundo y cultura. Le pedimos que unida a la Santísima Virgen nos alcance vocaciones de muchachas capaces de entregar su vida al servicio de los enfermos, de su salud de cuerpo y alma, forma evangélica de contrarrestar el dominio de una cultura que oculta, en el culto extremado al cuerpo promovido por una publicidad engañosa, la condición mortal de nuestra existencia terrena.

Al celebrar hoy la Jornada anual de la Iglesia diocesana, que coincide con esta misa de acción de gracias por la beatificación de Sor María Catalina, pedimos a la nueva beata que, mediante el impulso de la vida religiosa, la comunidad eclesial pueda trasparentar mejor aquella caridad que es manifestación del amor de Dios revelado en la entrega de Jesucristo por nosotros. El compromiso de sostener con nuestras aportaciones la Iglesia diocesana, necesario para lograr la financiación de la Iglesia, tiene que ir parejo del crecimiento en santidad, para que nuestro testimonio resulte convincente.

Si al final de la vida seremos examinados de amor, como decía san Juan de la Cruz, sólo podremos superar el juicio de Dios si hemos sido, como la mujer hacendosa de la Escritura, capaces de hacer producir los talentos que cada uno hemos recibido, actuando, como exhorta san Pablo a los Tesalonicenses: “para que ese día no os sorprenda como como ladrón, porque sois hijos de la luz e hijos del día” (1 Tes 5,4s). Cierto que, a todos nos corresponde financiar nuestra Iglesia, pero su futuro depende de cómo sepamos responder a la gracia de Dios para llevar el Evangelio de Cristo a una sociedad que se aleja, pero que necesita de la Iglesia, de su mensaje de salvación y de la vida de santidad que brilla en la caridad de la beata María Catalina para con los pobres, enfermos y necesitados.

Almería, a 13 de noviembre de 2011 

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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