Homilía en la Natividad del Señor

Homilía de Mons. Adolfo González, Obispo de Almería, para el Día de Navidad.

Queridos hermanos y hermanas:

La Navidad nos revela qué cercano se nos ha hecho Dios. Creador del mundo y guía de un pueblo de su elección, Dios no ha permanecido mudo. Es él mismo quien sale al encuentro del hombre y dice a su pueblo: «No te hablé a escondidas, en un país tenebroso, no dije a la estirpe de Jacob: «Buscadme en el vacío» (…) Yo soy un Dios justo y salvador, y no hay ninguno más» (Is 45,19.21b). El Dios de Israel es un Dios cercano, como él mismo acredita con su presencia constante como guía y redentor de su pueblo. Como dice el autor de la carta a los Hebreos, Dios «habló antiguamente a nuestros padres por los Profetas» (Hb 1,1). Llamó a Abrahán para para darle una tierra y hacer de él un pueblo numeroso, pactó una alianza con Moisés en el desierto conduciendo a los israelitas nuestros padres a la libertad de la tierra prometida.

Los profetas hicieron presente a Dios en tiempos de dificultad, invitando a la conversión y a ser fieles a la alianza pactada en el monte Sinaí; y prometió que el Mesías que había de venir salvaría a su pueblo de sus pecados como heredero del trono de David. Esta historia de nuestra salvación encontró su cima en Jesucristo, en cuya humanidad el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Por eso, con toda justicia el autor de la carta a los Hebreos afirma: «En distintas ocasiones y de muchas maneras antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo» (Hb 1,1). Dios, en verdad, nos ha enviado a su Hijo para que nos desvelara el misterio de Dios y del hombre, pues por medio de su Hijo «ha ido realizando las edades del mundo» (Hb 1,2); y para que de este modo nos cumplida cuenta de su amor por nosotros.

Para hacerse cercano a nosotros —dicen los Padres de la antigüedad cristiana—, el que era invisible y eterno se hizo por nosotros visible y mortal, apareciendo en el tiempo al nacer de la Virgen María. Dice san Hipólito de Roma que, por el nacimiento del Hijo de Dios en el tiempo, «el que al principio era sólo visible para el Padre empezó a ser visible también para el mundo, para que éste, al contemplarlo, pudiera alcanzar la salvación» (cf. SAN HIPÓLITO, Tratado contra la herejía de Noeto, caps. 9-12: PG 10, 815-819).

Hoy celebramos la toma de nuestra carne por Dios, porque «la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria» (Jn 1,14). No sólo se revistió de nuestra carne el Verbo eterno de Dios, sino que se apropió de ella, la hizo suya; y después de haber padecido la muerte, al resucitar de entre los muertos, la incorporó para siempre a la gloria que del Padre. Comprendemos que la gloria del Padre ha brillado en Jesucristo y nosotros la hemos contemplado. La gloria del Hijo ha iluminado nuestras vidas y nos ha anticipado nuestro destino de resurrección.

Dice el relato de san Luca que los pastores acudieron presurosos a ver convertido realidad el anuncio del ángel del Señor: «Hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). Dios no mantiene para siempre la humillación del hombre caído y viene a socorrerlo mediante la encarnación de su propio Hijo. Dios no es un Dios indiferente a la situación desvalida de la humanidad, que se alejó de él por el pecado, y quiere recuperar una humanidad de hijos extinguiendo su condición de esclavos. Entendemos que diga san Agustín: «Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne de pecado, si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne de pecado» (SAN AGUSTÍN, Serm. 185: PL 38, 997).

Es así como los seres humanos de esclavos han sido hechos hijos, por la misericordia de Dios revelada en su amado Hijo, en cual Dios ha hecho suya la suerte y la historia de los humanos, para arrancarlos de la muerte. En Jesús, nacido de María como niño desvalido y menesteroso, el Hijo eterno se hace débil infante recostado entre pajas, para ofrecerse a la fe como el Señor.

En este Año de la fe, reafirmemos nuestra convicción de que sólo por medio de la fe se reconoce en Jesús nacido de María al Rey y Señor que se ha hecho Emmanuel, se ha hecho «Dios-con-nosotros» para siempre. El misterio de la Navidad viene a interpelar nuestras seguridades para que pongamos nuestra confianza en Dios y no en nosotros. Sólo podremos fortalecer esta fe en el poder de Dios, si nos dejamos tocar por la gracia que dimana de Belén, de la humanidad redentora del Salvador del mundo; si dejamos que Dios nos descubre mediante el poder de su Espíritu Santo quién es el débil Niño de Belén. La fe nos descubre así quién es, en verdad, Jesús. Es el Hijo de Dios, que es Dios de Dios y Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Él es la Palabra del Padre, que «en el principio ya existía y estaba junto a Dios y era Dios» (Jn 1,1); la Palabra «que sostiene el universo» (Hb 1,3); «porque en él fueron creadas todas las cosas (…) Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él» (Col 1,16a.17).

Toda la historia de la humanidad anterior a Cristo, aun sin saberlo los pueblos, caminaba hacia él. Nuestra historia, posterior a su nacimiento, sólo se entiende por referencia a su aparición en nuestra carne; y así contamos el tiempo desde su nacimiento. Nosotros vivimos, en efecto, después de él y su nacimiento es la referencia de sentido de cuanto somos. Como partícipes de una cultura y civilización cristianas, el nacimiento de Jesús ha iluminado nuestra vida, pero estamos amenazados por un paganismo nuevo, por la tentación de prescindir de Cristo y de la imagen de Dios que tenemos en él. Por eso, hemos de fortalecer la fe que profesamos. Creemos en la divinidad de Jesús y profesamos que nació de María Virgen, porque nació de lo alto, y en su gloriosa muerte y resurrección hemos contemplado su gloria revelándosenos como «el Hijo único que está en el seno del Padre» (Jn 1,18).

Al profesar esta fe en Jesucristo, confesamos que hemos sido amados por Dios, y si Dios nos ha amado de esta manera, también nosotros hemos de amar a nuestros hermanos. Nuestra sociedad es muy sensible a las desigualdades y sufrimientos de tantos seres humanos, pero el agnosticismo en que viven tantos millones de seres humanos les impide saber cuál es el fundamento de toda solidaridad. Nos cuesta pensar en la razón de nuestra suerte común como seres humanos y creemos resolver el misterio de nuestra fundamental igualdad de forma voluntarista, con una leve indignación ética, ya que seguimos viviendo como si la común dignidad de los seres humanos fuera más un deseo o, todo lo más, una fórmula convenida, que la verdad que dimana de nuestra común filiación divina en el Hijo en quien hemos sido creados en la misma dignidad, porque Dios nos ha amado a todos y a cada uno de forma inmerecida e inmensa.

Hoy, en este día de Navidad especialmente, pero siempre hemos de tener presentes los sufrimientos de nuestros hermanos, hemos de contar con cuantos padecen la injusticia de carecer de un puesto de trabajo, o carecen de hogar o lo han perdido; particularmente, aquellos que, habiendo dejado su país y sus familias, se encuentran solos, o están socialmente desamparados. Jesús nos descubre en su pobreza el amor de Dios, que se hace solicitud por nosotros y orienta nuestra mirada hacia aquellos hermanos nuestros donde se hace presente: los más pobres y necesitados. Pensamos sobre todo en los niños carentes de lo más necesario, en los de la calle y en todos los niños sometidos a vejaciones y explotación.

Aun cuando hay tanto dolor en el mundo, tanta injusticia y desamor, el nacimiento de Jesús en nuestra carne nos impulsa como a Isaías a anunciar al mundo con palabras y con obras que Dios ama a sus hijos y que hay esperanza porque su amor es más fuerte que nuestro desamor, y su gracia más poderosa que nuestro pecado. La Natividad del Señor es caus
a de nuestra alegría y fundamento de nuestra esperanza. Podemos gritar con el profeta: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria a Sión: «Tu Dios es Rey»!» (Is 52,7). Nuestra alegría tiene su razón de ser en este anuncio, que hemos de llevar ahora nosotros a los hombres de nuestro tiempo, a los cuales se les hace difícil la esperanza más allá de sus propias fuerzas y proyectos.

Pidamos a la Virgen Madre que nos ayude a renovar nuestra fe en la divinidad de su hijo, que es el Hijo eterno de Dios aparecido en nuestra carne. Pidamos a María y su esposo san José, custodio del Redentor, que nos acompañen en nuestras vacilaciones y dudas, para que la fe en Jesús nunca nos abandone y Jesús nazca interiormente en nuestro corazón; porque nacido por nosotros y entregado para nuestra salvación, por su resurrección gloriosa, que anuncia ya la luz de la Navidad, nos entrega su cuerpo y sangre para que la fe en él se fortalezca en nosotros.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Navidad de 2012

Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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