Homilía en la conmemoración de la muerte del Señor

Mons. Adolfo González Montes, Obispo de Almería. Lecturas bíblicas: Is 52,13-53,12

Sal 30,2.6.12-13.15-17

Hb 4,14-6; 5,7-9

Jn 18,1-19.42

«Nuestro castigo saludable vino sobre él,

sus cicatrices nos curaron»

(Is 53,5).

Queridos hermanos y hermanas:

El Siervo sufriente nos es presentado en esta liturgia de la Palabra como el varón de dolores, que ha soportado tantos sufrimientos y ha sido sometido a tantas torturas que «desfigurado no parecía hombre ni tenía aspecto humano» (Is 52,14). Nos preguntamos buscando respuesta en la misma palabra proclamada: ¿por qué sufre el siervo de Dios? Este cuarto cántico del siervo que leemos en Isaías presenta al siervo como aquel que vicariamente es cargado de sufrimientos en lugar de otros. Por eso, se dice en el cántico que «nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron» (Is 53,5) Las Escrituras responden así a nuestra pregunta indagando la razón de los sufrimientos de Cristo, porque es el mismo Jesús quien ha querido interpretar los sufrimientos que le acarrea su misión a la luz de este misterioso personaje que carga con los crímenes y el consiguiente castigo de los pecadores.

Para el autor sagrado hay una relación intrínseca entre sufrimiento y situación de pecado, una concepción que interpreta el dolor y los sufrimientos como castigo del pecador. Partiendo de este punto de vista los autores sagrados del Antiguo Testamento, en la medida en que se acercan al tiempo del Nuevo Testamento se ven ante la dificultad de explicar por qué sufre el justo, el inocente, aquel que no merecería castigo porque no ha pecado. El interrogante que plantea el sufrimiento del justo alcanza en el libro de Job una expresión desgarradora, porque en realidad el dolor del justo, los sufrimientos a veces terribles del inocente no tienen fácil explicación. Los cánticos del siervo de Dios de Isaías arrojan notable luz sobre tan acuciante problema, esbozando una respuesta. El dolor del justo es vicario y redentor, lo padece el siervo de Dios para que no lo padezcan aquellos que merecerían ser castigados con sufrimientos en justa compensación de sus pecados; por eso el sufrimiento del siervo de Dios es expresión del amor, de quien hace propio el dolor de otros para soportarlo con paciencia y sin protesta ni rebelión. Esta comprensión del sufrimiento tiene su propia cima en la afirmación del profeta: «Sus cicatrices nos curaron» (Is 53,5).

En las lecturas, responsorios y antífonas del oficio divino del Viernes Santo que hemos recitado esta mañana, contemplamos el desolador sufrimiento de aquel que es el Justo entre los hombres, el Cristo de Dios, que hizo suyo todo el dolor del mundo. Cargado con los sufrimientos de su pasión, que recapitulan el dolor de la historia de los hombres, hace suya la lamentación del autor sagrado por la desoladora situación de Jerusalén después de la deportación, y demanda respuesta diciendo: «¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino! Mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor» (Lam 1,14). Sólo la resurrección arrojará la luz que requiere la pasión de Cristo para comprender todo su alcance; a esta luz, la desolación de Cristo flagelado y coronado de espinas, escarnecido y crucificado aparecerá como un camino de amor por nosotros como revelación de la misericordia de Dios. El castigo padecido en nuestro lugar por Cristo Jesús es así interpretado por la carta a los Hebreos como generosa y obediente entrega del Hijo a la pasión y a la cruz para redención de los pecadores.

El autor sagrado interpreta la pasión de Cristo como ofrenda sacrificial de un culto nuevo, existencial, alejado del culto antiguo en el que se ofrecían sacrificios de animales, cuya sangre no podía limpiar del pecado. El sacrificio de Cristo le convierte en «sumo sacerdote de los bienes venideros» (Hb 9,11); es decir, de los bienes de la salvación que esperamos y que Cristo con su oblación sacrificial nos ha obtenido penetrando en los cielos: no ha penetrado en una tienda como aquella de la antigua Alianza, sino en la tienda nueva que es el santuario del cielo. Haciendo suyo el amor del Padre por el mundo, Jesús aceptó la muerte por nuestro amor y nos obtuvo por la misericordia de Dios la liberación del pecado y la plena reconciliación. El autor de la carta invita a los que han venido a la fe en Cristo a mantenerse en fidelidad a la fe profesada diciendo: «Mantengámonos firmes en la fe que profesamos» (Hb 4,14); y, dando ánimos a aquellos primeros cristianos, que tienen dificultades en mantener la fe, les añade: «Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para ser socorridos en el tiempo oportuno» (Hb 4,16).

Queridos hermanos y hermanas: No hemos de interpretar que el Padre entregó a la muerte a Jesús como si quisiera castigar a su propio Hijo, sino que la muerte de Jesús es el resultado de su misión: la proclamación del evangelio acarreó a Jesús su pasión y su muerte, y él acepto sufrirla para llevar a consumación su amor al Padre que lo había enviado al mundo por nosotros. De este modo, obedeciendo el designio del Padre, Jesucristo se revela como Hijo y retorna al Padre pasando por la muerte en la cruz.

Esta es el sacerdocio de Cristo que nos presenta el autor de la carta a los Hebreos; y esta es la contemplación del misterio de la cruz que coloca ante nosotros el evangelista san Juan. El evangelista no sólo da cuenta de la soberanía con la que Cristo se presenta ante el tribunal de Pilato, sino que destaca el alcance redentor de la muerte de Jesús, que va a su pasión y muerte «como cordero llevado al matadero como oveja ante el esquilador, que enmudece y no abre la boca» (Is 53,7). Jesús crucificado se nos revela de este modo traspasado por nuestras rebeliones, como anunció el profeta. Él es aquel al que mirarán los ojos de la humanidad, también los ojos de aquellos mismos que le llevaron a la cruz y le traspasaron, abriendo en su costado una ancha puerta de acceso al Corazón de Dios.

Jesús subiendo al patíbulo de la cruz iluminó el sentido del sufrimiento no buscado, porque inevitablemente sobreviene en nuestra condición. Podemos vivirlo como castigo purificador, pues lo tendríamos merecido. Jesús después de curar al tullido de la piscina de Betesda, volvió a encontrarse con él y le dijo: «Mira, has recobrado la salud; no peques más, para que no te suceda algo peor» (Jn 5,14). Siempre es posible ver en nuestros sufrimientos el castigo que merecemos, porque todos los males que padecemos en esta vida son consecuencia del pecado; pero Dios quiere que veamos en todos nuestros sufrimientos un medio de purificación y perfeccionamiento espiritual, y sobre todo una ocasión de amor a Dios y los hombres, uniendo nuestro dolor al dolor de Cristo, como nos exhorta san Pablo, para «completar lo que falta a las tribulaciones de Cristo en mi carne, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).

Hoy rechazamos todo dolor físico y moral, y estamos prestos a decir que la vida no tiene sentido «sin calidad», pero la vida siempre tiene sentido. Nada de lo que nos acontece está al margen del amor de Dios por nosotros y de su misericordia. El dolor de los enfermos y cuantos sufrimientos padecemos pueden ser fuente de redención si sabemos vivirlos con amor, incluso cuando nos esforzamos por superarlos y recobrar la salud del cuerpo y del espíritu. San Pedro exhortaba a los cristianos de aquellas comunidades de primera hora a saber padecer con Cristo, no como padecen los criminales a causa de sus maldades, sino poniéndonos en manos del que juzga justamente. Fue así como «Cristo sufrió por nosotros dejándonos un ejemplo, para que sigamos sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al contrar
io, se ponía en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado» (1 Pe 2,21b-24).

La cruz forma parte de nuestra vida terrena, que Dios transformará por la pasión, muerte y resurrección de Cristo; y hemos de cargar nuestra cruz, la propia de cada uno de nosotros, sabiendo que los sufrimientos que lleva consigo reciben el sentido redentor que la cruz de Jesús proyecta sobre ellos. Pidamos a la Madre dolorosa, que estuvo de pie junto a la cruz de su Hijo que nos ayude a llevar cada día nuestra cruz, para poder vivir el sentido redentor de nuestro dolor unido al dolor de Cristo crucificado por nosotros.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
25 de marzo de 2016

Viernes Santo

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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