Homilía en el domingo de la Sagrada Familia

Homilía de Mons. Adolfo González, Obispo de Almería, en el domingo de la Sagrada Familia.

Queridos sacerdotes y diáconos;

Queridas familias reunidas hoy para esta fiesta navideña;

Hermanos y hermanas:

Celebramos hoy, en el domingo infraoctava de la Navidad, la Fiesta de la Sagrada Familia, que se halla cargada de enseñanzas y constituye un estímulo para vivir conforme a la ley de Dios la vida de familia. La Iglesia viene proponiéndonos diversos lemas, mediante los cuales apoyar la familia cristiana en un tiempo de particular dificultad para la vida de los esposos y de las familias. Este año, siguiendo las orientaciones del Año de la Fe, la Conferencia Episcopal Española nos propone la tarea siempre apasionante de la formación de la fe en familia, aunque en determinadas situaciones culturales y sociales, como es hoy el caso, resulte difícil llevarla a cabo.

La fe de la familia constituye el principal apoyo para su transmisión en la sociedad. Cuando falta la fe de los padres la labor de la parroquia queda sin apoyo, sin preparación que preceda a la catequesis de la infancia y de la adolescencia y sin prolongación en el hogar, verdadera Iglesia doméstica cuando la familia es célula eclesial además de núcleo social de organización colectiva. La familia y la escuela son parte sustancial de la educación de la fe, sin las cuales la catequesis parroquial alcanza con dificultad sus objetivos, porque queda el referente fundamental de la coherencia entre fe profesada y vivida, de la cual los hijos hacen experiencia al contemplar el comportamiento de unos padres cristianos.

La aportación de la familia a la educación de la fe de los hijos es fundamental para el arraigo de las convicciones de fe que se enraízan en el alma de los hijos. Es en la familia donde se aprende a orar y, donde el niño aprende de los labios y gestos de la madre a pronunciar las primeras oraciones, que lentamente van abriendo la inteligencia y el corazón del niño al misterio de la paternidad de Dios y a la experiencia de su amor por nosotros. Nunca ponderaremos lo suficiente el valor de la oración en familia, que es realidad constante en el hogar cuyos miembros poseen una fe desarrollada y adulta. Una fe que mueve a los padres a preparar de forma sustancial a sus hijos para la recepción de los sacramentos de la iniciación cristiana: después del bautismo la confirmación y la primera recepción de la Eucaristía.

Hoy son muchas las familias cristianas que tienen una fe débil y a veces meramente sociológica o cultural, cuando no influida por prejuicios ideológicos que llevan a posturas poco razonables. Desde hace algunas décadas muchas familias cristianas vienen pretextando que es necesario retrasar el bautismo de los niños, para que cuando sean responsables ellos mismos de sus decisiones pueden decidir si quieren o no recibir el bautismo. Es ésta una postura carente de realismo, porque no tiene en cuenta la influencia que sobre los niños y adolescentes ejerce la cultura ambiente en la que crecen, una cultura a veces beligerante contra el cristianismo. No se tiene en cuenta la influencia del medio social anticristiano, el lenguaje, las compañías e incluso la ideología que ha hecho de la escuela medio de adoctrinamiento no deseado por los padres. El crecimiento de los niños no sucede de forma neutral, porque la influencia de la educación y la transmisión de una determinada visión del mundo y del sentido de la vida humana configuran poco a poco la personalidad de los niños.

Es necesario decir que la fe se desarrolla al ritmo del crecimiento y de la configuración de la personalidad de los niños, en cuyo desarrollo la catequesis y la enseñanza religiosa cumplen una función de ptimera importancia. Para que esa fe crezca bajo el influjo bienhechor de la gracia la recepción del bautismo y de los otros dos sacramentos de la iniciación cristiana, es decir, la recepción de la confirmación y de la Eucaristía constituye un medio determinante de la experiencia de la acción de Dios en el alma de los niños y adolescentes.

Este año la crisis económica y social ha llevado a muchas familias al desempleo completo y la carencia de recursos que posibiliten con la manutención y el hogar la educación de los hijos. La destrucción del concepto histórico de matrimonio, que es el que corresponde a su realidad y verdadera identidad, la unión estable y libre de un hombre y una mujer, agrava aún más la falta de protección que padecen el matrimonio y la familia. La diferenciación sexual y la procreación se hallan en la base del matrimonio a la luz de la razón natural, que Cristo ha elevado a sacramento del amor divino por la humanidad, revelado en el amor de Cristo por la Iglesia.

El amor de entrega que Cristo nos ofrece es el modelo de la unión entre los esposos, para los cuales Cristo es representado por el varón y la Iglesia por la mujer, cuya figura consumada es la Virgen María. Es verdad que Cristo configura con él tanto al hombre como a la mujer, pero la sacramentalidad de la unión encuentra en cada uno de los esposos la realización de un significado propio de la unión esponsal entre Cristo y la Iglesia. La doctrina de san Pablo ilumina la realidad sacramental del matrimonio cristiano, poniendo de manifiesto que la familia se fundamenta sobre la complementariedad el hombre y la mujer. Cada uno ejerce funciones que se complementan tanto en la educación humana como cristiana de los hijos. En razón de estas funciones tan determinantes de la vida de los hijos, el libro del Eclesiástico, que hemos leído como primera lectura del día, dice que «Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole» (Eclo 3,3).

La relación de amor que se establece entre los esposos fundamenta sus funciones familiares con aquella autoridad que a los padres corresponde en la educación e sus hijos y que nadie puede suplir, ni el Estado ni la sociedad. La autoridad de los padres no va en detrimento del amor como vínculo entre todos los miembros de toda la familia, porque está al servicio del crecimiento y educación de los hijos en humanidad y ante Dios, que da asimismo razón de ser al cuidado filial de los hijos para con los padres que avanzan en edad y llega la debilidad de la ancianidad o parece la enfermedad.

Este amor paterno y filial acredita socialmente a la familia, que se convierte en el refugio y el sostén de los miembros necesitados, como ha puesto de manifiesto la crisis social que estamos viviendo, porque el mutuo y fraterno apoyo entre cristianos se convierte en las familias en cumplimiento bien manifiesto de los consejos de san Pablo: «Sobrellevaos mutuamente (…) El Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amo, que es el ceñidor de la unidad consumada» (Col 3,13-14).

La violencia ejercida sobre los seres humanos, la destrucción de embriones y el crimen del aborto parecen poner un cerco a la vida y no darle tregua, dejándola sin la necesaria protección de la ley. Jesús tuvo que ser protegido de la violencia de Herodes y sólo muerto el tirano pudo regresar Nazaret. Jesús, igual que Moisés perseguido por el Faraón, salvó la vida protegido por sus padres emigrantes en Egipto. ¿Cómo no tener presentes a los niños cuya vida peligra desde el seno materno o los que son arrojados a la calle y expuestos a la manipulación y violencia de los adultos? Del mismo modo, ¿cómo no sentirnos solidarios con los miles de familias afectadas por el desempleo y con las familias que han tenido que abandonar sus países de origen, en busca de trabajo y hogar, emigrados como la Sagrada Familia? ¿Cómo no recordar a las familias cristianas perseguidas por el islamismo radical en sus propios países?

Quiso Jesús que sus padres fueran ejemplo de familia protectora de la vida y amparo de su humanidad, que crece en sabiduría, estatura y gracia, configurándolo como persona. Por eso Jesús respondió a María, que le p
reguntaba por su alejamiento de ellos cuando se perdió en el templo: «¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2,49). Es de Dios Padre, como dice san Pablo, de quien toma nombre toda paternidad humana, toda autoridad y jefatura. El ser humano puede verse desamparado de la paternidad terrena, que representa una gran amputación para la vida, pero nunca está fuera del recinto del amor de Dios, de sus maternales entrañas de misericordia y paternidad universal. Cuando el hombre se aleja de la casa de Dios Padre no le queda ya futuro.

Jesús anunciaba así su destino, mientras «María conservaba todo esto en su corazón» (v.51). La Virgen María aparece en el evangelio como protagonista y testigo de la historia de nuestra salvación. María conserva en su corazón cuanto acontece y a ella le afecta como madre de Jesús, y medita en la fe el sentido último de los acontecimientos, que, sin embargo, sólo se esclarece a la luz de la resurrección de Jesús. También nosotros hemos de meditar sobre los hechos de nuestra salvación y con María y José sentirnos amados por Dios que nos ha dado a su Hijo como redentor y salvador nuestro, para devolvernos al amor y a la casa del Padre en la gran familia de los hijos de Dios que encontramos en la Iglesia como anticipo del hogar del cielo.

Que así nos lo concedan María y José de su hijo, por medio del cual hemos sido hechos hijos de Dios.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

30 de diciembre de 2012

Fiesta de la Sagrada Familia

Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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