En la jornada de veneración de Ntro. P. Jesús Cautivo de Medinaceli

Homilía del obispo de Almería, D. Adolfo González Montes, del viernes de la II semana de Cuaresma

Jornada de veneración de Ntro. P. Jesús Cautivo de Medinaceli

(vulgo «El Cautivo»)

Lecturas bíblicas: Gn 37,3-4.12-13.17-28. Sal 104,16-121 (R/. «Recordad las maravillas que hizo el Señor»). Versículo: Jn 3,16 («Gloria y honor a Ti, Señor Jesús»)

Queridos hermanos y hermanas:

Acudimos hoy a venerar la sagrada imagen de Jesús Cautivo de Medinaceli, cuya talla original se talló en el siglo siglo XVII, para ser trasladada a territorio marroquí de dominación española después de la toma de la plaza de La Mámora, que se llamaría después de San Miguel de Ultramar. La imagen cayó en poder del sultán de Marruecos Mulay Ismaíl en 1681, al ser tomada militarmente por el ejército del sultán la plaza de dominación española. Como es sabido, poco después fue rescatada por los PP. Trinitarios y devuelta a la cristiandad, siendo trasladada a Madrid en 1682. El rescate de la sagrada imagen del Redentor se añadía de esa suerte al rescate de los cristianos a los que la generosa entrega de los Padres Trinitarios devolvería a la libertad, bien pagan el rescate o cambiándose por los liberados con su entrada en la cárcel. Huella de los frailes que rescataron la imagen es el escapulario que viste con la cruz trinitaria trazada en colores rojo y azul, a pesar de a haber sido encargada en su día por los Franciscanos Capuchinos de Sevilla y hallarse en Madrid domiciliada en una iglesia de la misma orden religiosa.

            Desde su retorno a la cristiandad, la devoción a Jesús Rescatado fue en aumento, porque en ella, como en otras que ilustran la fe en la redención, se expresa el amor inmenso que Dios ha tenido a humanidad, necesitada desde sus orígenes de redención y amparo. Tanta y tan grande ha sido la misericordia de Dios que ha entregado a su hijo por nosotros (cf. Jn 3,16). Este amor lleno de misericordia se hace visible en esta imagen de Jesús nuestro Salvador.

La fe sencilla y profunda de los fieles conoce la honda verdad que encierran las palabras de san Pedro: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos ser salvarnos» (Hch 4,12). Muerto y resucitado, dice la carta a los Hebreos que «a Jesús le vemos coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos» (Hb 2,9). Es lo mismo que dice san Pablo: Cristo Jesús, que como era Hijo de Dios no podía morir en su divinidad, murió en su humanidad para bien do todos. Para salvarnos el Hijo de Dios se hizo hombre, de suerte que «hecho semejante a los hombres, y así reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Fpl 2,7b-8).

En este abajamiento de Jesús hasta nosotros y en favor nuestro se manifiesta el amor de Dios por la humanidad herida por el pecado, que sufre sus consecuencias; y en razón de esta humillación, habiendo Dios manifestado su amor en la entrega de Jesús a la cruz y a la muerte, «Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre sobre todo nombre» (v. 2,9). La corona de espinas se transfiguró en corona de gloria, porque Dios constituyó Señor y Cristo al Crucificado (cf. Hch 2,36). Esta intuición de la fe del pueblo fiel es la que le lleva al venerar la imagen sagrada de Cristo cautivo y rescatado es confesar que «Cristo Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,11).

Los cristianos sabemos por la fe que Cristo Jesús ha cargado sobre sí los pecados del mundo y, firmes en la fe en su gloriosa resurrección, vemos hoy en la historia de José que narra el libro del Génesis una figura típica de la pasión del Señor. Gracias a los sufrimientos que sus hermanos ocasionaron a José, arrojándolo primero a una cisterna para que muriera y, poco después, vendiéndolo como esclavo a unos mercaderes ismaelitas que iban a Egipto (Gn 37,24.28), los hijos de Jacob fueron salvados por José convertido por el faraón en administrador de sus bienes, cuando sus hermanos acudieron a Egipto para aprovisionarse del trigo que necesitaban para combatir el hambre (Gn 42,5). Aquellos malos hermanos movidos por la envidia no pudieron tolerar la preferencia que Jacob sentía por José.

La semejanza con Jesús llega a expresarse en la misma túnica de largas mangas que Jacob hizo tejer para José, figura de la túnica inconsútil de Jesús que los soldados no rasgaron por ser de una sola pieza y echaron a suertes (cf. Jn 19,23-24). Sus hermanos, llenos de envidia, se reían de los sueños de José, al que despectivamente llamaban “el soñador” preguntándose por quién se tenía. También a Jesús sus adversarios le preguntarán despreciativamente y llenos de envidia, por quién se tiene. Le dicen: «¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?» (Jn 8,53).

La historia de José prefigura la pasión y muerte de Jesús, que hoy anticipa el evangelio de san Mateo en la parábola de los viñadores homicidas. En el fondo de este evangelio está la parábola alegórica de la viña, de la que habla Isaías; en esta parábola el dueño de la viña lamenta haberla cuidado con tanto amor la viña por la cual ya no cabía hacer nada más: «¿Qué más se puede hacer ya a mi viña que no se lo haya hecho yo? Yo esperaba que diese uvas. ¿Por qué ha dado agrazones?» (Is 5,4). El lamento y pesar por el comportamiento estéril de la viña da paso al castigo: «Haré de ella un erial que ni se pode ni se escarde, crecerá la zarza y el espino y prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella» (v. 5,6).

Esta parábola de la viña es modulada por Jesús, que con ella proféticamente anuncia su muerte a manos de las autoridades de Israel y del pueblo. Cuando el señor de la viña mandó a sus criados a recoger su fruto, sucedió que los labradores aparceros «agarraron a los criados, y a uno lo apalearon, mataron a otro, y a otro lo apedrearon» (Mt 21,35). Hicieron lo mismo con nuevos enviados del dueño, quien al final pensó en enviar a su propio hijo, y aconteció lo inaudito. La alegoría tipifica de tal modo el comportamiento malvado de los labradores homicidas que la muerte del heredero, el hijo del dueño asesinado fuera de la tapia que cerca la viña, prefigura la muerte del mismo Jesús ocurrida fuera de las murallas de Jerusalén[1].

Los criados que envió el dueño a recoger los frutos que le correspondían prefiguran a los profetas, como el hijo del dueño prefigura a Jesús Hijo de Dios, muerto por los labradores. La brutalidad criminal de aquellos labradores para hacerse con la viña fue aludida por Jesús mismo, al hablar de la muerte de los profetas «desde la sangre del inocente Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el santuario y el altar» (Mt 23,35). La parábola dicta una sentencia de muerte para los asesinos, pero Jesús, colgado ya de la cruz se muestra lleno de misericordia, disculpando a los que le ultrajan y le llevan a la muerte ignominiosa de la cruz, y suplica a su Padre el perdón para ellos: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

            En la imagen del Cautivo tenemos la representación de Cristo presentado por Pilato a los jefes religiosos y a su pueblo, escarnecido en la flagelación y coronado de espinas, dispuesto a acatar la sentencia del quien le juzga. Esta imagen nos ha de mover hondamente a arrepentirnos de nuestros pecados, cuyo peso cayó con crueldad extrema sobre las espaldas de Cristo, ajusticiado en nuestro lugar, para que a nosotros se nos abriera el acceso a la vida eterna. La ejecución de la imagen de Jesús por el escultor nos muestra, en efecto, al varón justo e inocente cruelmente castigado, que no puede escapar al veredicto de condena que sobre él arroja un juez amedrentado ante el riesgo de ser despojado de su poder, dignidad y riqueza. Este «Jesús de la sentencia» tiene que movernos a compasión, ciertamente, pero esta compasión tiene que suscitar en nosotros el arrepentimiento de nuestros pecados que exige la conversión. La Cuaresma tiene que llevarnos a la conversión de nuestra vida a Dios por medio de Cristo, porque por el sacrificio de Cristo, siendo nosotros pecadores y, por ello, «privados de la gloria de Dios, somos justificados por el don de su gracia en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Rm 3,24).

Los viñadores homicidas rechazaron con su crimen ser tratados como hermanos del heredero de la viña, del mismo modo que los hermanos de José no quisieron compartir con él su condición de hermanos, envidiosos de cuanto tenía José como preferido de su padre Jacob y lo despreciaron como soñador, dispuestos a darle muerte. También Jesús, Hijo amado y predilecto del Padre, al que es preciso escuchar como Elegido del Padre y heraldo del reino de Dios (cf. Mt 17,5; Mc 9,7; Lc 9,35), es portador de un sueño: vernos convertidos en hermanos suyos como hijos del mismo Padre. Que la compasión por el dolor y los sufrimientos de Cristo Jesús haga surgir en nosotros un corazón de carne, para que, convertidos a él, descubramos su presencia en nuestros hermanos que sufren y padecen los males que nosotros podemos remediar.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

5 de marzo de 2021

                        X Adolfo González Montes

                               Obispo de Almería

 


[1] Biblia de Jerusalén. Nota a Mt 21,33.

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